Yo, como muchos niños y niñas que nacimos y crecimos en los estados del Golfo de México, pertenezco a una generación que lleva el petróleo en la sangre.
Mi abuelo fue petrolero. Mi papá fue petrolero. Pero hoy, soy parte del equipo de Oceana, donde impulsamos acciones para proteger las aguas profundas en el Golfo de México de la exploración de hidrocarburos.
Cuando iniciamos esta campaña, una parte de mí entró en conflicto. Muchas personas tuvimos acceso a educación, hogar y alimentación gracias a las oportunidades que el petróleo brindó a nuestras familias en los estados petroleros. Sin embargo, actualmente el mundo exige un cambio de modelo si queremos tener futuro.
Las niñas y niños del petróleo hoy somos adultos que creemos que México necesita romper paradigmas y replantear sus modelos de desarrollo, así como sus propias identidades.
Apostarle como país a la industria petrolera -un recurso no renovable que inevitablemente se agotará- no solo implica un riesgo ambiental constante, como el derrame ocurrido en febrero de este año en las costas de Veracruz y Tabasco, cuyas consecuencias aún no conocemos plenamente; también representa un riesgo social profundo.
La industria petrolera ha consolidado un sistema de desigualdad que concentra la riqueza en unos cuantos y reproduce condiciones de pobreza para muchos.
¿Qué ocurre con las familias cuyo sustento depende de océanos sanos y abundantes? ¿Qué ocurre con las infancias que crecen respirando el aire contaminado por la actividad petrolera?
En abril se celebra el Día de la Niña y el Niño. En estas fechas abundan los mensajes nostálgicos sobre “los tiempos mejores” y las promesas de un futuro más esperanzador.
Pero no podemos seguir atrapados en la añoranza ni sostener la idea de un mañana sin acciones en el presente.
El futuro no se hereda: se construye con lo que hacemos hoy. Sin acciones para proteger nuestro planeta -y los ecosistemas fundamentales como el Golfo de México- el presente que habitamos empeora cada día. Y ese deterioro, en muchos casos, ya no tiene marcha atrás.
Las niñas y niños del petróleo, el México petrolero, deben transformarse en una ciudadanía socioambiental capaz de actuar para cambiar el presente y abrir paso a un futuro sano, azul y vibrante.
Las niñas y niños del petróleo, el México petrolero, tenemos la oportunidad -y la responsabilidad- de decidir si cruzamos los brazos y nos volvemos testigos de cómo el país se va en declive por la industria petrolera, o si damos el paso hacia una transformación real, a una nación que ve por los intereses de sus familias y su biodiversidad. El futuro no se pospone: se define en el presente.
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El autor es Guillermo Pérez, especialista en Comunicación Senior de Oceana.