No basta con indignarnos. (Mover la cultura)

04/08/2026 04:02
    Pensar que la inseguridad desaparecerá únicamente con discursos o con operativos sería desconocer cómo funcionan realmente las sociedades, si la violencia logró abrirse paso porque fue aprendida, normalizada y reproducida, la paz también tendrá que ser aprendida, normalizada y reproducida. Eso exige algo más difícil que la indignación, exige participación

    El sábado pasado asistí a la inauguración de un torneo de futbol en Mazatlán. Una iniciativa impulsada y respaldada por empresas como Grupo Pinsa, encabezado por José E. Carranza; Grupo Alerta, con Rodolfo Madero; Grupo Marino, con la familia Lizárraga; RedPetroil, con Amado Guzmán; Grupo Dportenis, con Óscar Sánchez; y Armando Álvarez desde su iniciativa, además del esfuerzo de muchas personas más que sería imposible mencionar en un solo espacio, pero cuyo trabajo hizo posible que cientos de jóvenes y colaboradores se reunieran alrededor de una cancha y no de una confrontación.

    Podría parecer un evento deportivo más, pero no lo es, menos en un estado marcado por años de violencia, en donde cualquier esfuerzo serio por fortalecer los vínculos entre las personas tiene un significado que va mucho más allá del marcador de un partido. Lo que estaba en juego ese día no era únicamente un torneo, era una apuesta por la comunidad.

    Desde hace casi dos años me encuentro realizando una investigación documental sobre cultura y construcción de paz. La pregunta que la originó es sencilla de formular, pero extraordinariamente compleja de responder, ¿es posible que Sinaloa transite de una cultura donde la violencia ocupa un lugar central hacia una cultura de paz? Para intentar responderla he entrevistado a académicos, periodistas, investigadores y especialistas en seguridad, justicia, cultura y resolución de conflictos en México, Colombia y Estados Unidos, todavía falta camino por recorrer y sería irresponsable adelantar conclusiones definitivas, pero sí hay una idea que aparece una y otra vez, independientemente del país, la disciplina o la experiencia de quien la plantea.

    Las culturas cambian, pero nunca cambian solas.

    Durante mucho tiempo pensamos la cultura como algo inmóvil, una especie de destino colectivo del que las personas simplemente somos producto, sin embargo, la evidencia científica de las últimas décadas muestra una realidad mucho más interesante, la psicología cultural, la antropología y las ciencias cognitivas coinciden en que la relación funciona en ambos sentidos, la cultura moldea profundamente a los individuos, pero son también los individuos, actuando junto con otros, quienes terminan modificando la cultura. Dicho de otra manera, nacemos dentro de una cultura que influye en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar, pero esa misma cultura se mantiene o se transforma dependiendo de las acciones que millones de personas realizan todos los días.

    La investigadora Hazel Markus, de Stanford, y Shinobu Kitayama han mostrado durante décadas cómo la cultura influye incluso en procesos psicológicos básicos como la identidad, la motivación y la forma en que interpretamos el mundo, al mismo tiempo, investigadores como Damon Centola, profesor de la Universidad de Pensilvania, han demostrado experimentalmente que las normas sociales pueden cambiar cuando una minoría comprometida logra generar suficiente coordinación y ejemplo colectivo. El cambio cultural no ocurre porque alguien tenga una buena idea; ocurre cuando esa idea deja de pertenecer a una persona y comienza a convertirse en una práctica compartida y ahí está la diferencia. Nos gusta hablar del cambio como si dependiera de héroes individuales, esperamos al político perfecto, al empresario perfecto o al líder perfecto, pero la evidencia apunta hacia otro lugar, las transformaciones culturales importantes casi siempre nacen de la acción colectiva, personas comunes organizándose alrededor de propósitos comunes, y por eso iniciativas como este torneo importan.

    No porque un campeonato de futbol vaya a resolver por sí mismo los problemas de violencia que enfrenta Sinaloa, sería ingenuo afirmarlo, importan porque envían un mensaje distinto sobre aquello que una comunidad decide premiar, celebrar y hacer visible, porque crean espacios donde jóvenes, familias, empresarios, organizaciones y ciudadanos participan de una narrativa distinta a la del miedo, porque fortalecen algo que ninguna estrategia de seguridad puede sustituir, el tejido social.

    Con frecuencia discutimos sobre seguridad exclusivamente en términos de patrullas, armamento, inteligencia o legislación, todo eso tiene un papel importante, pero la paz también se construye mucho antes de que intervenga el Estado, se construye en las escuelas, en las empresas, en las familias, en los clubes deportivos, en los parques, en las organizaciones civiles y en cada espacio donde aprendemos a convivir, la cultura de la violencia no apareció de un día para otro, fue el resultado de miles de incentivos, ejemplos, omisiones y decisiones acumuladas durante años.

    Pensar que desaparecerá únicamente con discursos o con operativos sería desconocer cómo funcionan realmente las sociedades, si la violencia logró abrirse paso porque fue aprendida, normalizada y reproducida, la paz también tendrá que ser aprendida, normalizada y reproducida.

    Eso exige algo más difícil que la indignación, exige participación.

    Quizá esa sea una de las conclusiones más valiosas que me ha dejado esta investigación hasta ahora, la pregunta correcta no es si una persona puede cambiar la cultura de Sinaloa, porque no puede hacerlo por sí sola, la pregunta correcta es cuántas personas estamos dispuestas a actuar para empezar a cambiarla juntos, porque la cultura nos forma, sí, pero también espera, todos los días, la suma de nuestras decisiones para decidir en qué dirección avanzar y tal vez ahí resida la mejor noticia de todas, si fuimos capaces de construir una cultura, también somos capaces de construir otra.

    Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

    Es cuánto.