Nostalgia por el verdadero otoño

EL OCTAVO DÍA
25/10/2026 04:02
    ¿Será que nos hace falta un buen y soporífero otoño para volvernos una sociedad más pacífica, más reflexiva, menos tensionada por la brasa solar que nos agobia desde mediados de mayo hasta finales de octubre?

    Los sinaloenses tenemos un otoño demasiado sutil: casi nunca vemos el soplo del viento agitando caudas de hojas secas en las calles e incluso formando fugaces esculturas en las plazuelas.

    Tampoco miramos los árboles totalmente desnudos, con sus brazos en actitud de garra, señoreando como en los bulevares de Paris, el Paseo de la Reforma o las melancólicas ilustraciones de ciudades europeas.

    Escribo desde Morelia y aquí sí hay otoño. Salgo a un patio a media mañana y veo caer pequeñas hojas que se confunden con la llovizna desleída, así como con el glogloteo de una fuente de cantera al centro del claustro. Hay viento y Dios silba una cantata de Mozart.

    El Conservatorio de las Rosas en su origen fue un convento y esa aura de clausura y soledad viene a bien a los aires de fin de mes. La luz de las mañanas aquí es como la de las ocasionales tardes nubladas de nuestro atribulado Sinaloa.

    Corre un viento frío y la piedra de los muros y la cantera de las baldosas adquieren mayor condición conventual. Un árbol de naranjas alza sus racimos, desafiando un sol cariacontecido tras las nubes, incapaz de imponerse a una llovizna que se deshoja en chispas de claridad.

    Otra señal del otoño es que comienza a oscurecer más rápido. Las luces se encienden más temprano y, por la falta de costumbre, sorprende ver los comercios tan llenos a horas que parecen tardías. Como si ya fuera diciembre, pero no.

    En el centro y sur del país se nota más ese efecto, tanto por los cambios de latitud como por la presencia de las montañas que oscurecen pronto a las ciudades.

    Y esa sensación es la que generó la celebración del Día de Muertos, tanto en el cristianismo como en los pueblos indígenas de América. La cercanía del invierno, la oscuridad que comienza a envolvernos desde las cinco de la tarde.

    En Mazatlán el sol siempre se oculta entre pocas nubes y el mar funge como espejo que reverbera la luminosidad largo rato, aun después de que el astro solar se ha desvanecido.

    Los valles de Culiacán y del Fuerte provocan Un efecto similar. Hay una suave umbra en la que aún se puede correr en el malecón sin caerse con sus peculiares obstáculos.

    El cambio climático y la excesiva pavimentación de nuestros entornos nos ha llevado a un sostenido verano.

    Ya tenemos solo dos estaciones. La de calor y la del tren. A ver si nuestros gobiernos nos cumplen con el “Tren Mayo”, que así le digo yo a ese proyecto.

    Nuestro otoño es verde por las recientes lluvias del verano y el calor que aún bosteza su tibia bocanada. Este color verde se mantendrá con suerte hasta las lluvias de febrero que tanto sabor y desasosiego les dan a nuestros carnavales.

    Sólo el agua del mar estará más fresca, aunque no tanto como la frialdad de Semana Santa.

    En centro y norte de Sinaloa existe otra vegetación y sus ríos permiten un otoño más perceptible. Desde las playas de Ceuta hasta el Maviri se llenan de mariposas amarillas. Y en la sierra al fin refresca bajo las coníferas y catedrales de roca basáltica.

    ¿Será que nos hace falta un buen y soporífero otoño para volvernos una sociedad más pacífica, más reflexiva, menos tensionada por la brasa solar que nos agobia desde mediados de mayo hasta finales de octubre?

    Reviso este texto refugiado ya en mi igloo, aprovechando los últimos estertores de la tarifa de verano.

    Por lo pronto el destello del clima irá bajando un poco su intensidad, con rachas de altas y bajas, según tengan las lluvias la caridad o la calamidad de visitarnos.

    Hay otras ciudades donde la gente usa suéter o chamarra todo el año y la vestimenta no siempre da una idea del tiempo vivido. Nosotros los sinaloenses, a un ritmo que se nos hará lento, comenzaremos a sacar las camisas de manga larga y esos cambios oscuros que sería un suicidio ponérselos incluso para una salida breve.

    Somos tan refractarios a reconocer que tenemos un frío que nos burlamos del amigo que se pone una bufanda en octubre o diciembre, aunque el pobre tenga una calentura terciana y se encuentre obligado a salir a la calle.

    Por lo pronto, oficialmente ha nacido ya el otoño, el falso otoño que tenemos en el Trópico de Cáncer: quizá por eso nos sentimos eternamente jóvenes, ante la falta de una estación que sirva de intermedio entre el tiempo de la plenitud y el tiempo del recogimiento; el tiempo de la pausa y el tiempo de la melancolía; el tiempo de la luz cegadora y los momentos del descanso.

    El otoño es algo tan exótico para nosotros que sólo lo usamos para hablar de modas o referirnos con supuesta cortesía las personas maduras.

    Los franceses dicen que si una primavera sale muy fría o lluviosa es una falsa primavera: a ver si algún día los sinaloenses nos toca un otoño verdadero, de hojas volando y aroma de carcaza que se quema flotando entre la floresta de la plazas.

    Por lo pronto este fin de semana ha sido candente en este estado de macilentos once ríos y uno más en la frontera con Nayarit.