Hace 30 años, los pilotos de dos barcas unimos nuestro destino y navegación en un solo velero, para internarnos en el ancho mar. No conocíamos el puerto de arribo, pero sí contábamos con la fortaleza de nuestros brazos para amar y remar. El reto era inmenso, mas el aliento de nuestro vigoroso pecho nos fundió en tiernos y cálidos abrazos, e inflamos las expectantes velas con el sutil ósculo de nuestros labios.
La travesía ha sido rica en experiencias y aventuras; las dichas y recompensas nos acompañan en todos los puertos en que nos abastecemos, pues la fortuna, dice un antiguo refrán, ayuda a los audaces y a quienes en Dios nos fortalecemos.
Es incontable la tripulación que nos ha acompañado y sostenido en este prodigioso viaje, brindándonos consejo, apoyo, ánimo, estímulo, fortaleza y orientación, teniendo presente que la oración se acompaña siempre de la acción.
Como fruto de este viaje, dos nuevos grumetes, hombre y mujer, se han incorporado a la tripulación para emprender su propio destino. Así, el horizonte del inicial viaje se amplía y redimensiona con más aspiraciones y mayor bagaje.
Sin demasiada ciencia empuñamos con fuerza el timón, asumiendo con paciencia las lluvias de primavera y las tormentas del Monzón. Como recomienda en su poema Constantino Kavafis, mantenemos elevado el pensamiento y cuidamos la medida exacta de la emoción, pues acometemos la meta con acendrado ánimo y enérgica pasión.
Han sido muchas nuestras frescas y estivales mañanas, al igual que los nostálgicos y bucólicos atardeceres; nuestras risas han sido cual tañer de campanas y nuestras complicidades, el mayor de los placeres.
Amada Ely, jamás dejaré de admirar tu generosidad, fortaleza y valentía. Entre todos los caminos elegiste el más difícil. Gracias por tu amor, devoción y fiel compañía.
¿Emprendo un venturoso viaje?