Para jubilarse, no todos los trabajos son iguales

ENTRE COLUMNAS
24/08/2026 04:01
    No es igual llegar a esa edad después de cuatro décadas sentado frente a un escritorio, impartiendo clases, investigando, o administrando una empresa, que después de cuarenta años cargando materiales, trabajando en el campo, en una fábrica, o en la construcción bajo el sol. No todos se desgastan de la misma manera

    Durante décadas, México fue un país con una población joven, pero esa imagen comienza a cambiar con rapidez. Nuestra población está envejeciendo y, con ello, también tendrán que cambiar muchas de las reglas con las que organizamos la seguridad social y las jubilaciones.

    De acuerdo con las proyecciones oficiales, México cuenta ya con más de 17 millones de personas adultas mayores y, hacia 2050, podrían ser alrededor de 33 millones, cerca de una quinta parte de la población nacional. Al mismo tiempo, la edad mediana de los mexicanos continúa aumentando y la estructura de la pirámide poblacional comienza a invertirse.

    Durante mucho tiempo, el modelo de jubilaciones funcionó: una población amplia de trabajadores jóvenes sostenía, mediante sus aportaciones e impuestos, a una proporción menor de personas jubiladas. Pero conforme disminuye la natalidad y aumenta la esperanza de vida, la ecuación cambia. Ante este panorama, muchos mexicanos han optado (o se han visto obligados) a trabajar más años.

    Pero ahí habrá que reflexionar sobre el tipo de trabajo que realiza cada persona, porque no todos los trabajadores llegan de la misma manera a los 65 o 70 años.

    No es igual llegar a esa edad después de cuatro décadas sentado frente a un escritorio, impartiendo clases, investigando, o administrando una empresa, que después de cuarenta años cargando materiales, trabajando en el campo, en una fábrica, o en la construcción bajo el sol. No todos se desgastan de la misma manera.

    Ante el cambio demográfico que estamos viviendo, este es uno de los grandes debates que nuestros legisladores deberían de tener. Una reforma justa que considere el tipo de trabajo que realizó una persona durante su vida.

    Porque, por ejemplo, pensemos en dos mexicanos que comenzaron a trabajar a los 18 años. Uno pasó 40 años en la construcción, cargando cemento, subiendo andamios y trabajando bajo temperaturas extremas. El otro desarrolló su carrera en una oficina. Ambos llegan a los 60 años con cuatro décadas de experiencia laboral. Sin embargo, resulta difícil sostener que ambos han acumulado el mismo nivel de desgaste físico.

    Yo lo sé porque hay profesores universitarios que han llegado a la edad de jubilación, pero se encuentran en perfectas condiciones físicas e intelectuales para seguir trabajando, y así lo deciden. En cambio, nunca he sabido de un obrero que a los 65 años desee extender su vida laboral.

    Esto no significa que un trabajo intelectual carezca de desgaste. Existen profesiones sometidas a estrés, jornadas excesivas, presión emocional y agotamiento mental. Tampoco se trata de establecer una absurda competencia sobre quién trabaja más. Se trata de reconocer que el envejecimiento no es solamente biológico, también tiene una dimensión laboral y social.

    La propia realidad demográfica mexicana muestra que las vejeces son diversas. Las trayectorias de vida, las condiciones económicas, el lugar de residencia y las experiencias acumuladas producen formas distintas de llegar a la vejez. Por eso, una política pública uniforme puede ignorar desigualdades que se construyeron durante décadas.

    Para ello podrían establecerse categorías de ocupaciones de alto desgaste físico, condiciones peligrosas, exposición ambiental y esfuerzo corporal permanente. Se trataría de construir criterios técnicos que reconozcan una realidad evidente.

    El país envejece. Esa es una realidad demográfica irreversible. Pero sería un grave error enfrentarla con soluciones uniformes para vidas laborales distintas.

    Es cuanto...