A todos nos conviene que los pobres sean primero. Los ciudadanos hicieron historia en 2018 pero el Gobierno debe hacerla, también, con los pobres. Y eso sólo se traduce en generar bienestar para todos, en distanciarse del poder económico y en devolverle la dignidad a una Nación que fue entregada a una minoría; eso se debe traducir en acciones puntuales contra la impunidad y la corrupción; contra todo tipo de violencias y contra el uso de la mentira como herramienta de control.

    Debo confesar que leo por puro morbo lo que garabatea Vicente Fox en redes sociales. Por un lado me divierte verlo enojado y desesperado, en una derrota muy personal. Y a la vez, cuando destaco que no puede escribir un párrafo sin faltas de ortografía, hago notar qué tan lejos puede ir la élite con tal de retener el poder. La Presidencia de Fox fue una imposición costosa para las mayorías, pero perfecta para los del dinero: Fue un “tengan su guiñapo, no nos importa; diviértanse con su democracia electoral, pero no se metan con nuestras concesiones del poder”.

    Esa última parte es, en cierto modo, dolorosa. También debo confesarlo. Pero debe decirse para que no se olvide y no se repita. La élite decidió que nos gobernara un empleado de Coca Cola antes que permitir un Gobierno de izquierda, uno nacionalista. Mejor ese personaje sin inteligencia, pero con ambición por el billete a permitir la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas. Sin embargo, esa burla, la de meter a un abierto engañabobos de Presidente, apresuró la descomposición de México. Le siguió un Gobierno militarista de derechas, con Felipe Calderón; y luego, uno descarado y profundamente podrido, con Enrique Peña Nieto. La élite contenta, cómo no. Pero en el descaro perdió control. Se le pasó la mano.

    La idea de un Gobierno de izquierda en México fue una ilusión que flotó por más de un siglo en éter, y mientras estuvo allí fue conveniente para muchos. Familias y pueblos sufrieron; mujeres y hombres pagaron con su vida sólo para que se mantuviera viva la posibilidad. Una élite que se instituyó en una fuerza operó, casi siempre desde el Estado, para que nunca se concretara. Es decir, para que se quedara en apenas una idea, en el éter, y no pasara de allí.

    El General Lázaro Cárdenas fue sustraído de la izquierda hacia el centro por esa fuerza que lo doblegó al final de sus días hasta llevarlo a votar por Gustavo Díaz Ordaz. Carlos Salinas de Gortari se apalancó en esa fuerza para echar a andar otro Gobierno que simulara acercamiento con las mayorías, y la mejor manera de hacerlo fue metiéndose a la bolsa a los intelectuales “de izquierda” para ganar en el discurso. Visto a la distancia, ni glamour hubo en su estrategia. Fue la fórmula más vulgar: lanzó monedas a esos intelectuales; les dio un frasco con olor a poder y los puso a bailar como monos de cilindrero. La imposición del neoliberalismo a partir de un discurso “validado” fue costosa para las mayorías y perfecta para los del dinero y el poder, pero fue tan descarada que condujo a una mayor pérdida de control. Y así llegó 2018.

    Durante un siglo se secuestró la idea de un Gobierno de izquierda para simular la toma de control desde la élite. La misma Revolución de 1910 fue secuestrada por bandidos que además tomaron los colores de la Bandera. Su estrategia fue, francamente, genial: la élite parasitaria se disfrazó de padre y madre; de abuela dulce y abuelo fuerte y orgulloso; de niño que ve hacia el futuro y encuentra progreso y solidaridad. Pura basura. Puras mentiras. Lo sabemos 90 años después, cuando apenas queda petróleo y los bienes nacionales están repartidos entre ese puñado que simuló interés por las mayorías para adormilarlas con su discurso “de paz social”.

    Escribo esto porque a veces es necesario recordar, como mexicanos, que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador debe sopesarse de más de una manera. No es un comunicado, no es un escándalo, no es una acusación, no es el momento; no es un tuit ingenioso o uno embustero; no es un tropiezo o un acierto: es el conjunto, es lo que representa.

    Primero hay que medirlo en el contexto histórico; en cómo pudo romper, en 2018, un círculo vicioso cargado de mentiras; en cómo pudo poner al PRI en su lugar: nunca fue izquierda ni lo será, es un partido vulgar y traicionero y ha servido de plataforma de la élite. Luego el PRI evolucionó en PAN o se fusionaron en uno mismo con un objetivo compartido y eso no debe olvidarse para entender lo que significa esa fuerza que llegó al poder en 2018 y por qué las resistencias. Hay que comprender que no iba a ser fácil descarriar una rueda que da vueltas desde hace un siglo. Y hay que tenerlo en mente cuando se generan turbulencias.

    Una segunda forma de sopesar a este Gobierno es por su intención: el qué quiere, el qué busca. Porque pudo romper con 100 años de engaños, sí, y ahora hay que exigirle que mantenga el rumbo a partir de lo que prometió: defender los intereses de los que menos tienen. A todos nos conviene que los pobres sean primero. Los ciudadanos hicieron historia en 2018 pero el Gobierno debe hacerla, también, con los pobres. Y eso sólo se traduce en generar bienestar para todos, en distanciarse del poder económico y en devolverle la dignidad a una Nación que fue entregada a una minoría; eso se debe traducir en acciones puntuales contra la impunidad y la corrupción; contra todo tipo de violencias y contra el uso de la mentira como herramienta de control.

    Y luego, y es quizás lo más importante, hay que medir a este gobierno sin pasiones y con base en resultados. ¿Ha logrado lo que ofreció? ¿Está encaminado a hacerlo? Y esto hay que preguntárselo a diario para sopesar adónde va. En resumen, se ofreció poner las bases para una sociedad más justa: ¿camina hacia allá?

    ***

    Saber cómo llegó, a qué se iba a enfrentar, el qué busca y cómo va nos permite entender mejor al gobierno de López Obrador. Afuera hay mucho ruido y unos y otros bandos querrán resumir todo en pocas palabras y eso no es ni justo ni lo deseable. Los ciudadanos debemos entender que el bando que perdió privilegios que mantuvo por 100 años va a patalear, duro, y hasta cierto punto es comprensible. Es una disputa por la Nación y se vale que, en términos democráticos, ambos bandos busquen convencer.

    También se debe tener presente, siempre; y hay que repetirlo cuantas veces sea necesario, que las experiencias del pasado nos dicen que los caminos de la izquierda han sido dinamitados con todas las estrategias disponibles y eso incluye la mentira y el fraude. Los ciudadanos tienen derecho a saber que ha habido fraudes electorales durante años y campañas de engaño para cortarle las alas a la izquierda. Y eso se debe repetir una y otra vez por una simple razón: estas estrategias no se han ido, siguen presentes; no son una tentación, una idea: el PRI y el PAN se han servido de ellas.

    Quería llegar a este punto. Advierto, como ya sucedió, que las élites económicas, intelectuales, mediáticas y políticas acentuarán sus estrategias de guerra sucia y si se les permite, porque así lo dice la historia, construirán un discurso que justifiquen un “fraude patriótico” o un “golpe patriótico” para recuperar lo que perdieron y regresar a la izquierda, o a esta izquierda, a la banca, al éter conveniente; a una esquina donde no afecte los intereses de esa minoría que se acostumbró a vivir de lo que pertenece a todos.

    Es cierto que me divierten mucho los tuits de Vicente Fox, pero no me divierte en lo absoluto la élite que llevó a ese hombre poco inteligente y casi analfabeta a la Presidencia. Nadie dude que son capaces de absolutamente todo porque se juega el poder y el dinero, que es lo que realmente les interesa. El top 10 de los más ricos de México está compuesto por individuos y familias que básicamente construyeron patrimonio con el sudor de los trabajadores y con las concesiones del Estado. Un Carlos Slim, un Roberto Hernández, un Germán Larrea, un Claudio X. González Laporte, un Emilio Azcárraga o un Ricardo Salinas hicieron fortunas que no se gastarán en 10 generaciones básicamente por servirle al poder y servirse de él. ¿De cuál poder? Del que ahora está en la banca. Entonces muchos de ellos, aunque jueguen a no tocarse con el actual Gobierno, harán cualquier cosa para volver a administrar el Poder Ejecutivo federal como si fuera un puesto en una empresa, o como lo hicieron con los últimos presidentes de México.

    Y querrán que se vea como un acto “patriótico”. Porque ese es el discurso: que “nos salvaron” durante 100 años de gobiernos de izquierda porque “son patriotas” y porque es “una causa justa”. Y no, la causa de la élite no es “una causa justa”. Es lo que es: deseo de más poder y más dinero, aunque dejen a decenas de millones de mexicanos encuerados, como lo hicieron hasta hoy, sin tocarle el alma.

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