8 de marzo de 2026. Mientras me vestía de morado y verde, recordaba las razones por las que he ido a tantas marchas y seguiré yendo. Son, sin duda, muchas: por las mujeres que ya no están, por las que no pueden hablar, por las que vienen detrás de nosotras y por las que siguen peleando todos los días por existir con dignidad en México y en el mundo.
Mientras me preparaba para tomar el camino, recordé el comentario que alguien escribió en un chat. Alguien, con toda cortesía preguntaba si el hecho de que ahora tengamos una mujer en la Presidencia en México no debería cambiar la situación de las mujeres en el País. De paso, aclaraba, con una elegancia lingüística que casi conmovía, que “presidente no tiene género” y que por ello le llamaba presidente y no presidenta.
Las palabras construyen realidades. Por eso decimos presidenta, gobernadora, ministra, diputada. Lo hacemos también porque las palabras nombran aquello que todavía nos cuesta ver, porque mientras a muchas personas les conflictúa la aceptación gramatical de la realidad, en México asesinan en promedio once mujeres al día y porque una de cada tres mujeres en este país y en el mundo, ha vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida.
No sé cómo describirlo, pero el hecho de que cada año el 8 de marzo vuelvan las mismas conversaciones resulta un poco frustrante. Están quienes preguntan para qué marchamos si ya hay mujeres en el poder, qué más quieren, no están todas capacitadas igual. Están quienes dicen que el problema es milenario, que siempre ha sido así y que tomará generaciones resolverlo, que lo tomemos con calma y con menos arrojo. Están quienes comparan nuestra situación con países donde las mujeres viven bajo regímenes todavía más restrictivos, “no están como en Afganistán bajo el mando talibán”, como si eso debiera tranquilizarnos. No faltan, por supuesto, quienes prefieren discutir si las paredes se pintan o no se pintan, si los monumentos se tocan o no se tocan, si la marcha es demasiado ruidosa o demasiado violenta.
Si a mí me hubieran arrancado, desaparecido a una hija, hermana, madre, amiga, seguramente gritaría hasta que me oyeran del otro lado del planeta y rompería cristales, pintaría paredes y haría lo que fuera necesario para que alguien me hiciera caso e hiciera justicia, gritaría hasta encontrarla y ayudar a todas las mujeres que viven lo mismo. Lo que me sigue resultando incomprensible es que haya gente más indignada por una pared pintada que por una niña o joven violada, asesinada o desaparecida.
México es uno de los países más violentos en el mundo para las mujeres por la violencia de género que se vive. No se trata de una consigna feminista ni de un exceso retórico: es una realidad documentada por organismos nacionales e internacionales. La violencia de género atraviesa la vida cotidiana, desde la casa hasta el espacio público, pasando por la escuela hasta el trabajo. A eso se suman otras desigualdades menos visibles a primera vista pero igualmente persistentes: brechas salariales, cargas desproporcionadas de trabajo de cuidados, menores oportunidades económicas y políticas, entre muchas otras.
La paradoja es que, al mismo tiempo que vemos más mujeres en espacios de poder, las estructuras que (re)producen la desigualdad siguen casi intactas. Tener una mujer en la Presidencia es, sin duda, un hecho histórico. Pero ninguna mujer -ni en México ni en ningún país- puede transformar por sí sola estructuras sociales, culturales y económicas que llevan siglos reproduciéndose.
Este año también me sorprendieron algunos mensajes en mis redes sociales de mujeres criticando la marcha. Nada especialmente nuevo, pero siempre es bueno recordar que la sororidad no es automática,que hay que construirla y recordarle a quienes dicen que no tienen nada que ver con el feminismo porque no las representa, que hoy pueden decir lo que piensan, abrir una cuenta de banco, estudiar y votar gracias a esas “feministas exageradas” que no se callaron y se jugaron la vida para que ellas hoy tengan las libertades que tienen.
El feminismo no nació para complacer a nadie. Nació para cuestionar el poder patriarcal y sus mandatos y para desafiar al mundo con una realidad que parece que a muchas personas les resulta terriblemente violenta y amenazadora: que las mujeres tenemos derechos, igual que los hombres.
Por otro lado, cuando veo a las jóvenes marchando, a madres jóvenes llevando a sus hijitas a la manifestación y bailando al ritmo de batucada con ellas, algo cambia. Están diciendo a sus hijas que tienen voz, que el silencio no es un mandato y que no deben aceptar la violencia como destino ni la desigualdad como tradición. Eso, aunque le moleste a muchas personas, es profundamente esperanzador.
Este año el 8 de marzo también llega en un momento particular de mi vida. Ese día cumplí 60 años, lo que significa, entre otras cosas, que ya puedo empezar a tramitar mi credencial del INAPAM. Mis amigas me dieron la bienvenida con gran humor y me hice preguntas también. Me di cuenta de que también marcho por el derecho a vivir con aceptación cada etapa de nuestra vida. De niñas jugamos a arreglarnos para vernos mayores, y cuando tenemos décadas vividas, nos venden cremas antienvejecimiento para parecer más jóvenes. ¿Resultado? La cultura gerontofóbica nos dice que siempre estemos insatisfechas y que nuestros cuerpos no sólo son territorio sobre el que la sociedad puede y debe opinar, sino un espacio que nunca debemos sentir como propio. Las mujeres “viejas”, cualquiera mayor de 25 años, debe enfrascarse en una lucha a muerte con la edad porque pierde valor con las canas y la experiencia. Su valor radica en la juventud.
Recordé también la conversación que tuve hace no mucho tiempo con un amigo. Le decía que en este país me preocupan muchas cosas: la violencia, la inseguridad, los secuestros, el crimen organizado pero que con la edad me había dejado de preocupar que me violaran. Después de cierta edad, las mujeres dejamos de existir para una mirada social que nos mide por nuestra juventud, nuestro cuerpo o nuestra utilidad. Me quedé helada con lo que salió de mi boca.
Pienso en las jóvenes, en las niñas y en las adolescentes que crecen en un país donde el miedo todavía ronda muchas de sus decisiones y las acompaña cada vez que salen a la calle, o peor aún, cuando están en sus casas.
También reflexioné sobre las invitaciones que nos brinda el 8 de marzo, entre otras cosas, nos invita a ampliar la mirada. Las jóvenes ecofeministas de la marcha nos recordaron que la violencia y la explotación que han marcado la historia de las mujeres, son reflejo de la lógica de dominación que atraviesa nuestra relación con la naturaleza y con otras formas de vida. Se trata de algo profundo: los sistemas que explotan los cuerpos de las mujeres suelen ser los mismos que explotan la tierra y que reducen a las hembras de otras especies a simples instrumentos de producción. No es una comparación literal ni simplista, pero sí una invitación a pensar en la ética del cuidado, la interdependencia y la vida como centro.
Quizá por eso, cuando marchamos, marchamos también por una idea más amplia de justicia.
Por todo esto sigo y seguiré marchando.
Marcho por las que ya no están. Por las que no pueden hablar. Por las que vienen detrás. Por las que siguen resistiendo. Por las de otras especies que no tienen voz y nosotras somos su voz.
También marcho por las que, como yo, seguimos intentando pensar en voz alta qué significa ser mujer en un país como éste.
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La autora es internacionalista y politóloga, fundadora de Mujeres Construyendo.