Hace algunos meses, cuando en la Facultad de Ciencias Sociales organizamos el Conversatorio sobre Cultura, Violencia y Derechos Humanos, un alumno me preguntó qué podían hacer como ciudadanos para reducir la violencia en nuestro estado. Mi respuesta fue, que, con actos como ese que estábamos realizando en ese momento; esos pequeños actos de resistencia, son en su conjunto, los que hacen la diferencia.
Ante un panorama como el que atraviesa todo México es fácil caer en el pesimismo, asumir que todo está fracturado y que el deterioro es inevitable. Pero vale la pena mirar hacia abajo, hacia lo inmediato, hacia lo local. Donde, a pesar de todo, persisten pequeños actos de resistencia cívica que no hacen ruido, pero sostienen el tejido social.
Ahí, en ese terreno casi invisible, se despliega una forma de política que rara vez se nombra. No ocurre en las grandes plazas ni en los discursos oficiales, sino en los gestos mínimos, en la vida diaria. Es lo que James C. Scott llamó, con precisión, el arte de la resistencia.
En su obra, Scott plantea que la dominación nunca es total porque siempre existen formas discretas de oposición. Los grupos subordinados y, en general, los ciudadanos comunes, no solo resisten cuando protestan abiertamente, sino también cuando suavemente desafían las reglas en su vida cotidiana. Son “discursos ocultos”: prácticas silenciosas que no buscan protagonismo, pero que erosionan, poco a poco, las lógicas del poder.
Mazatlán, por ejemplo, está lleno de esos gestos. Están, las asociaciones civiles que combaten la corrupción o impulsan la transparencia y rendición de cuentas. Pero también, en una escala más íntima, están quienes respetan la fila en una tienda de autoservicio o en una clínica del IMSS. Puede parecer menor, pero en un país donde el “colarse” ha sido normalizado, hacer fila es una forma silenciosa de afirmar que lo público importa. Ese gesto mínimo es una especie de voto diario por una convivencia posible.
Están también los pequeños y medianos empresarios que sostienen la economía local más allá de las temporadas altas. No son los grandes capitales los que mantienen viva la ciudad, sino esa red de esfuerzos cotidianos que abre todos los días, incluso cuando el panorama es incierto. Persistir, en este contexto, es también resistir.
Están los funcionarios que hacen su trabajo con decencia. Puede parecer ingenuo decirlo, pero en un entorno donde la desconfianza hacia lo público es alta, el servidor público que no roba, que cumple horarios, que resuelve trámites sin pedir “mordida”, está haciendo un acto de resistencia. Es, en términos de Scott, una forma de transformar desde dentro las expectativas de un sistema que muchas veces se percibe como corrompido.
Y están también las expresiones culturales: los escritores, los promotores de lectura, los artistas. Desde quien barre la banqueta hasta quien paga impuestos; desde quien respeta una norma de tránsito hasta quien decide no aprovecharse del otro, se configura una ética minimalista pero persistente. Es una acumulación de gestos que evitan que todo se descomponga.
Nada de esto implica negar los problemas. Mazatlán, como cualquier ciudad mexicana, enfrenta retos serios: desigualdad, inseguridad, tensiones urbanas. Pero tampoco se puede permitir que esa narrativa lo opaque todo. Porque lo que funciona, aunque no aparezca en los titulares, es lo que, al final, sostiene la ciudad.
Los países no se salvan solo desde arriba. Se salvan, muchas veces, desde abajo. Desde los barrios, desde las universidades, las escuelas. Desde los ciudadanos que, sin discursos ni reflectores, practican todos los días una forma discreta y persistente de hacer resistencia.
Es cuanto...