PISA y los tenis

15/09/2026 04:02
    Resulta curioso que podamos pasar algunos días hablando con enorme preocupación sobre la capacidad de nuestros jóvenes para comprender un texto o resolver un problema matemático y, al mismo tiempo, en muchas instituciones educativas, algunas de ellas consideradas entre las mejores del País, buena parte de las conversaciones cotidianas de adultos y autoridades sigan girando alrededor de asuntos como el largo del cabello, el peinado, el tipo de zapatos, los tenis que utilizan o si la camisa está correctamente fajada y aquí aparece una contradicción que me parece profundamente incómoda, nos preocupa que nuestros jóvenes no sepan pensar, pero seguimos dedicando una enorme cantidad de energía a enseñarles a obedecer.

    Los resultados de PISA volvieron a escandalizarnos y con razón. Una vez más, los datos nos recuerdan algo que sabemos desde hace tiempo, pero que preferimos mirar de lejos, nuestros estudiantes tienen enormes dificultades para comprender lo que leen, resolver problemas matemáticos y utilizar el conocimiento para enfrentarse a situaciones nuevas.

    Detrás de esos resultados hay, sin duda, una enorme cantidad de factores, hay problemas estructurales, desigualdad, pobreza, diferencias entre regiones, condiciones familiares, formación docente, políticas educativas equivocadas y una larga lista de circunstancias que sería irresponsable ignorar, pero hay algo que también deberíamos preguntarnos, ¿qué tanto nos escandalizan realmente los resultados de PISA?

    Porque resulta curioso que podamos pasar algunos días hablando con enorme preocupación sobre la capacidad de nuestros jóvenes para comprender un texto o resolver un problema matemático y, al mismo tiempo, en muchas instituciones educativas, algunas de ellas consideradas entre las mejores del País, buena parte de las conversaciones cotidianas de adultos y autoridades sigan girando alrededor de asuntos como el largo del cabello, el peinado, el tipo de zapatos, los tenis que utilizan o si la camisa está correctamente fajada y aquí aparece una contradicción que me parece profundamente incómoda, nos preocupa que nuestros jóvenes no sepan pensar, pero seguimos dedicando una enorme cantidad de energía a enseñarles a obedecer.

    No estoy diciendo que las escuelas no deban tener reglas, por supuesto que las necesitan, la convivencia requiere límites, acuerdos y responsabilidades, el uniforme puede tener una función; la presentación personal también puede formar parte de una cultura institucional, pero para mí, el problema comienza cuando confundimos orden con educación, porque un cabello perfectamente recortado no demuestra disciplina, una camisa perfectamente fajada no demuestra responsabilidad, unos zapatos de acuerdo con el reglamento no demuestran respeto y unos tenis que no corresponden al color autorizado no dicen absolutamente nada sobre la capacidad de un joven para comprender el mundo que le estamos dejando, sin embargo, somos capaces de llamar la atención de un estudiante durante varios minutos porque trae el cabello demasiado largo, mientras quizá no hemos encontrado la manera de lograr que lea un libro completo y pueda explicar lo que entendió, podemos mandar a un adolescente a dirección porque sus zapatos no cumplen con el reglamento, pero quizá no sabemos qué hacer cuando ese mismo adolescente es incapaz de argumentar una opinión propia, podemos preocuparnos profundamente porque una camisa esté fuera del pantalón, mientras dejamos pasar con mucha mayor facilidad que un alumno no tenga curiosidad, que no haga preguntas o que tenga miedo de equivocarse, y entonces quizá el problema no sea únicamente educativo, es también cultural.

    Porque las instituciones suelen ser mucho más cómodas controlando aquello que pueden ver, que transformando aquello que verdaderamente importa.

    Es fácil revisar un uniforme, es mucho más difícil formar criterio, es fácil medir el largo del cabello, es mucho más difícil despertar el gusto por la lectura, es fácil sancionar a quien incumple una regla, es muchísimo más difícil construir una comunidad donde los jóvenes comprendan por qué ciertas reglas existen y aprendan, al mismo tiempo, a cuestionarlas cuando sea necesario y esto último debería ser uno de los grandes objetivos de la educación, formar personas capaces de pensar por sí mismas.

    Personas que sepan leer no solamente las palabras de un texto, sino también la realidad, que puedan enfrentarse a un problema y no esperar inmediatamente que alguien les diga cómo resolverlo, que sepan distinguir información de conocimiento, opinión de argumento y autoridad de razón, que tengan la confianza para preguntar “¿por qué?” incluso cuando la respuesta incómoda sea que algo siempre se ha hecho así.

    Por eso creo que los resultados de PISA deberían provocarnos algo más que indignación, deberían provocarnos una profunda revisión de nuestras prioridades, porque sería bastante hipócrita indignarnos ante los bajos resultados de nuestros estudiantes si, en nuestra práctica cotidiana, seguimos confundiendo una buena educación con una buena conducta, un estudiante perfectamente uniformado puede ser un estudiante perfectamente deseducado y también puede ocurrir lo contrario, que detrás de un cabello largo, unos tenis que no cumplen con el reglamento o una camisa que no está fajada exista un joven curioso, brillante, creativo, responsable y profundamente comprometido con aprender, tal vez deberíamos preocuparnos un poco menos por cómo se ve un estudiante cuando entra al salón y mucho más por lo que sucede dentro de su cabeza cuando sale de él, porque al final, cuando ese joven se enfrente a la universidad, al trabajo, a una familia, a una sociedad llena de problemas o a las decisiones difíciles de su propia vida, nadie va a preguntarle si llevaba los tenis correctos.

    Le van a pedir que piense, que resuelva, que decida, que argumente, que cree, que se equivoque y vuelva a intentarlo.

    Y si queremos jóvenes capaces de hacer todo eso, quizá tengamos que empezar por aceptar que educar no consiste en conseguir que todos se vean iguales, sino en ayudar a cada uno a convertirse en alguien capaz de pensar por sí mismo.

    Quizá ese sea el verdadero resultado que deberíamos estar evaluando.

    Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.

    Es cuánto.