La migración venezolana a gran escala es, en términos históricos, un fenómeno reciente. Hasta 2010, apenas unas 300 mil personas nacidas en Venezuela residían fuera de su país, lo que representaba alrededor del uno por ciento de la población total. En ese momento, Venezuela seguía siendo más un país de recepción que de expulsión de migrantes.
Todo cambió de forma acelerada a partir de 2014. Durante la administración de Nicolás Maduro, la combinación de crisis económica, hiperinflación, deterioro institucional y colapso de los servicios públicos detonó una de las diásporas más grandes del mundo contemporáneo. De acuerdo con estimaciones de organismos internacionales como la OIM y ACNUR, alrededor de ocho millones de venezolanos han abandonado el país en poco más de una década.
Si a esa cifra se le suma la población que aún reside en Venezuela -alrededor de 28 millones de personas- el país tendría hoy un universo poblacional potencial de 36 millones. Dicho de otro modo, Venezuela presenta una migración neta negativa cercana al 22 por ciento de su población, un dato que habla por sí solo de la magnitud del fenómeno.
La mayor parte de esta diáspora se ha concentrado en países de la región. Colombia encabeza la lista con cerca de 2.8 millones de venezolanos, seguida de Perú (1.6 millones), Chile (729 mil) y Brasil (673 mil). En conjunto, más del 85 por ciento de los migrantes venezolanos se ha asentado en países vecinos. México aparece muy por debajo en términos comparativos, con una población estimada de poco más de 106 mil venezolanos, cifra basada en registros de residencias temporales y permanentes del Instituto Nacional de Migración hasta 2025.
En los últimos días, a raíz de los acontecimientos políticos recientes, ha vuelto a surgir una pregunta recurrente en medios y espacios públicos: ¿Regresará la diáspora venezolana a su país de origen? Algunos medios de comunicación me hicieron esta pregunta. Mi respuesta es clara y quizá incómoda: no sólo no regresará en el corto plazo, sino que incluso podría aumentar.
La primera razón es de carácter económico. La mayoría de los venezolanos que emigraron lo hicieron empujados por la pobreza, la pérdida del poder adquisitivo y la falta de oportunidades laborales. Aun en escenarios optimistas, la recuperación económica de Venezuela tomará muchos años. El retorno masivo sólo ocurre cuando existen condiciones materiales objetivas para reconstruir un proyecto de vida, y esas condiciones, hoy, no están a la vista.
La segunda razón tiene que ver con las políticas migratorias de los países de destino. En años recientes, naciones como México, Chile, Perú, España o Estados Unidos han endurecido sus requisitos de entrada mediante la exigencia de visados. Paradójicamente, estas restricciones no detienen la migración, sino que la aumentan. Para muchos migrantes, regresar a Venezuela implicaría el riesgo de no poder volver a entrar al país donde ya trabajan, estudian o han logrado cierta estabilidad. Es lo que en estudios migratorios se conoce como el efecto “ahora o nunca”.
Este efecto genera una dinámica conocida como causación acumulativa: los migrantes que ya están instalados en el extranjero, al no poder circular libremente, optan por traer a sus familiares mediante mecanismos de reunificación (legal o ilegalmente). Así, las fronteras más cerradas no reducen los flujos, sino que los hacen más permanentes.
Entre los especialistas en migración circula una frase que resume bien este proceso: “No hay nada más permanente que una migración temporal”. Y es que, con el tiempo, la gente echa raíces, construye redes, escolariza a sus hijos y redefine su identidad entre dos países. El retorno deja de ser un plan y se convierte, en el mejor de los casos, en una nostalgia.
Pensar que la diáspora venezolana regresará de manera masiva es desconocer cómo funcionan realmente las migraciones contemporáneas. Los países no sólo expulsan población; también, con sus políticas y omisiones, contribuyen a que esa salida se vuelva casi siempre definitiva.
Es cuanto...