¿Qué tienen en común la violencia (en Sinaloa) y la obesidad (en una persona)?

10/05/2026 04:02
    La verdadera 'dieta' requiere fomentar una economía lícita, robusta y nutritiva que elimine la dependencia de las calorías vacías del narcotráfico

    Actualmente, Sinaloa se caracteriza por altos niveles de violencia, y de manera paralela, por altos niveles de obesidad (en las personas). Dos enfermedades distintas en dos organismos distintos, pero profundamente entrelazadas por la misma lógica sistémica. Ambas no representan incidentes aislados, sino estados crónicos derivados de un entorno tóxico que ha normalizado el exceso y el daño. Durante décadas, la respuesta social a estas crisis ha caído en la trampa de la gratificación inmediata, buscando “soluciones mágicas” que ignoran la raíz del problema.

    En el ámbito de la salud (obesidad), esto se traduce en la búsqueda de dietas milagro y productos fraudulentos que prometen resultados sin esfuerzo; en el ámbito de la seguridad (violencia), se refleja en operativos mediáticos y despliegues militares de corto aliento que saturan las calles sin transformar las instituciones o las dinámicas sociales.

    Estas intervenciones superficiales comparten un destino inevitable: el efecto rebote. Así como un cuerpo sometido a una restricción calórica extrema entra en modo de supervivencia y recupera el doble de peso al terminar el régimen, la estructura criminal sinaloense ha demostrado una capacidad de adaptación similar. Cuando el Estado se limita a “descabezar” organizaciones sin sanear el tejido social, genera un vacío de poder que es llenado por células más jóvenes, desorganizadas y violentas, provocando un pico de inseguridad más agresivo que el original. Es el metabolismo social reaccionando a un tratamiento que reduce el síntoma temporalmente, pero deja intacta la infección subyacente.

    Para que Sinaloa logre una verdadera salud social, debe abandonar la esperanza en los atajos y abrazar un cambio de estilo de vida profundo y permanente. El pilar fundamental de esta transformación es la nutrición; una sociedad que se alimenta de recursos ilícitos y mantiene conductas nocivas (corrupción, falta de civismo, etc.) es comparable a un organismo que sobrevive a base de azúcares refinados y falta de actividad física. La verdadera “dieta” requiere fomentar una economía lícita, robusta y nutritiva que elimine la dependencia de las calorías vacías del narcotráfico. Acompañando a esta nutrición, debe existir un ejercicio constante de participación ciudadana y educación. El sedentarismo civil, que delega la responsabilidad de la paz exclusivamente en manos ajenas, atrofia los músculos de la democracia. El rechazo activo a la narcocultura, el fortalecimiento de la denuncia y el fomento de valores cívicos son el entrenamiento diario que endurece el carácter de la sociedad contra las recaídas.

    La paz no es un evento estático que se alcanza una vez y para siempre, sino un estado de homeostasis que se mantiene mediante la disciplina diaria, el fortalecimiento de las policías locales y la creación de oportunidades reales para las nuevas generaciones. Solo a través de este compromiso con la constancia, y no mediante el uso de fajas políticas o suplementos de mano dura, podrá Sinaloa sanar su metabolismo y dejar de ser un paciente crónico para convertirse en un cuerpo social vigoroso, sano y en equilibrio.

    “Locura es hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes” (frase atribuida a Albert Einstein, aunque él nunca la dijo). Seguir apostando por la confrontación directa sin desarrollo social es como querer curar la obesidad con una cirugía estética mientras el paciente sigue alimentándose de chatarra. El cambio de estrategia debe ser metabólico, moviendo el enfoque del “ataque al síntoma” hacia la “prevención y vida saludable”.

    Por otro lado, la sociedad civil enfrenta su propio desafío de constancia. La indignación pública y las marchas son el equivalente social de “la resolución de Año Nuevo”: un arranque de energía y buenos deseos que suele morir a las pocas semanas. Una marcha es un grito, pero la acción ciudadana es el ejercicio diario. De nada sirve marchar un domingo si el resto de la semana normalizamos la pequeña corrupción, consumimos narcocultura o somos apáticos ante lo que sucede en nuestra cuadra.

    La verdadera salud (y la paz) no es un evento de un día, sino la consecuencia de un estilo de vida que se elige y se defiende todos los días. Sin ese compromiso, seguiremos siendo locos esperando un milagro que ninguna pastilla nos va a dar. ¿Hasta cuándo nos pondremos las pilas como sociedad y dejaremos esta enfermedad crónica (violencia) en el pasado?