Imagínese que usted vive en una colonia donde todos se conocen. Durante años, los vecinos arman las carnes asadas, mantienen las calles y los parques, cuidan a los niños de los demás, comparten la vuelta al súper, y patrullan las calles juntos si ven algo raro. Hay orden, hay confianza y, aunque cada familia tiene sus diferencias, todos se sienten parte de lo mismo. Pero de pronto, los líderes viejos de la colonia (esos señores que apagaban los pleitos antes de que crecieran) desaparecen. Al mismo tiempo, la colonia crece tanto que ya es imposible saber quién es quién. Los lazos se empiezan a aflojar. Los de la entrada ya no le hablan a los del fondo. La confianza se pierde y, en unos pocos años, lo que era un vecindario unido se divide en dos bandos enemigos que se miran con odio a través de la calle.
¿Les suena familiar esta historia? Lo anterior no es un recuento de lo que ha ocurrido en los últimos años en nuestra querida Sinaloa, ni el guion de una serie de televisión, esto es exactamente lo que le pasó a la comunidad de chimpancés más grande del mundo en Ngogo, Uganda. Un impresionante estudio científico de 30 años, publicado por la prestigiosa revista Science (doi: 10.1126/science.zp43e5t), documentó cómo un grupo de casi 200 simios, que antes cazaban y se cuidaban juntos, se dividió en dos facciones y desató una auténtica “guerra civil”.
El equipo de científicos, liderado por el antropólogo Aaron Sandel, descubrió algo inédito, los chimpancés no se empezaron a matar por falta de comida, ni por territorio, ni por “ideologías”. Se mataron porque se murieron los machos alfa que hacían de puente entre los grupos y porque la comunidad creció tanto que se perdió el pegamento social (el conocimiento directo del otro, el acicalamiento diario, el saludo). Al no haber líder o líderes conciliadores que mediaran las tensiones, los simios se refugiaron en tribus más chicas. El vecino con el que un chango había compartido comida un año atrás, al año siguiente se convertía en el enemigo mortal al que había que emboscar en la frontera del territorio.
Los científicos llaman a esto la hipótesis de la dinámica relacional, y es un espejo crudísimo para nosotros (los humanos), y muy especialmente para la realidad que vivimos.
Cuando las instituciones se debilitan y la gente deja de confiar en la ley o en sus autoridades, el tejido social se desfondaba de la misma manera que en Ngogo. Nos empezamos a atomizar, a encerrar en nuestras propias “privadas” o círculos pequeños para sobrevivir, y el resto del mundo deja de importarnos. Nos acostumbramos tanto a la fricción y a vivir a la defensiva que normalizamos el conflicto interno. Nos volvemos indiferentes al dolor del vecino de al lado; si a alguien le pasa algo, la reacción inmediata suele ser el silencio o el “en algo andaba”, rompiendo esa empatía básica que nos hace humanos.
La gran lección que nos deja el estudio de los chimpancés de Ngogo es que las sociedades no caen en la violencia por una especie de maldición o porque la gente sea mala por naturaleza. Caen en la barbarie cuando abandonan las estructuras y las reglas que las sostienen.
Para Sinaloa, el reto del 2027 no se va a resolver con más patrullas, ni con discursos emocionales que dividan más a la gente, ni con dos señores que “mantengan el orden” (pax narca). Necesitamos urgentemente reconstruir ese “pegamento social” que los chimpancés perdieron y que los sinaloenses hemos ido perdiendo. Para lograrlo, la política tiene que madurar. Ya no estamos para liderazgos de redes sociales, de esos que buscan el aplauso rápido provocando pleitos o haciendo espectáculos mediáticos.
El futuro del estado no se va a rescatar con activismo de redes sociales ni con la estridente política local de todos los días. Ocupamos el perfil de quien ya conoce las entrañas del Estado mexicano; alguien que haya demostrado consistencia y seriedad, representando la voz de los sinaloenses. Se necesita templanza y trayectoria institucional intachable, con la sensibilidad social necesaria para gobernar con el corazón en la tierra y la mente en el orden jurídico.
Pero el gobierno es solo la mitad de la tarea. La otra mitad nos toca a nosotros en las calles, en las aulas, y en las casas. Ocupamos un desarme cultural y dejar de aplaudir la cultura de la prepotencia, el dinero fácil y el “gandallismo”, para empezar a indignarnos por el sufrimiento del otro, sea quien sea. Sinaloa ya demostró que es un pueblo fuerte que sabe resistir los peores tiempos; ahora nos toca demostrar que tenemos la inteligencia colectiva para dejar de pelear entre sinaloenses y empezar, finalmente, a evolucionar.