Ante lo hostil de los espacios físicos, para infancias y juventudes el espacio virtual se ha convertido en el sitio principal para definirse, interactuar, experimentar, socializar y construir procesos identitarios. Eso no significa que el espacio virtual sea menos hostil. Todo lo contrario: las dificultades de supervisión, acompañamiento, las omisiones en la moderación de contenidos por parte de plataformas virtuales, así como las deficiencias educativas y la falta de espacios de desarrollo y cuidado producen que la virtualidad sea un campo minado de violencias. Ahí, niñas, niños y adolescentes son particularmente vulnerables. Redes sociales, videojuegos y aplicaciones de distinto tipo agrupan parte del universo de espacios en donde los riesgos son latentes y las amenazas tangibles. Dicho de manera directa: para la niñez y juventud en un país como México, hay mucho de realidad en los peligros de lo virtual.
De alguna manera, este texto prologa una investigación que publicaremos próximamente en el Seminario sobre Violencia y Paz: Del scroll al jale: cómo se recluta en TikTok. Se trata de la continuación de un primer informe publicado en abril pasado, días después de que la palabra “Teuchitlán” sintetizara nuestro drama, y fue publicado a días de que la Secretaría de Seguridad Pública anunciara, a través de su titular Omar García Harfuch, el cierre de 39 cuentas de este tipo. En ese momento, la autoridad describió con buen detalle la manera en la que operaban dichas cuentas para reclutar y llevar a personas desde las pantallas hasta los espacios criminales.
A partir de entonces, la agenda sobre el reclutamiento juvenil por parte de grupos criminales ha ocupado -con razón de sobra- un espacio mucho más presente en la discusión pública mexicana. En el primer informe, elaborado en colaboración con el Civic A.I. de la Universidad Northeastern y titulado Nuevas frontera en el reclutamiento digital, se realizó una descripción densa de la manera en la que se utilizan recursos narrativos propios de las redes virtuales (emojis, hashtags, canciones) para perfilar tipos de reclutamiento criminal. Lo hicimos a partir del análisis de 100 cuentas de reclutamiento criminal en TikTok.
Ahora, ya no analizamos 100 cuentas sino 100 videos. Entendimos que las cuentas pueden mutar, desaparecer o nacer en instantes, pero que el relato que construye cada video permanece y tiene la capacidad de permear en las redes y, por tanto, en aquellas audiencias que, en los comentarios, se expresan deseosas de “formar parte”. Ante tales deseos, fue inevitable preguntarnos si este tipo de reclutamiento es siempre forzado. La respuesta es rápida y sencilla: sí. La voluntad o el deseo de sumarse no provienen de un criterio pleno (pues en infancias y juventudes está aún en desarrollo), sino de una vulnerabilidad propia de la edad, y de un momento del ciclo de vida donde el juicio crítico, los filtros de riesgo y la identidad están en construcción.
En ese sentido, los relatos de reclutamiento son motivados por al menos dos formas adicionales de violencia: la estructural (que apela y se aprovecha de la pobreza, la desigualdad, la marginación y, en general, a la falta de oportunidades) y la simbólica (que se centra en capitalizar los deseos de reconocimiento, reputación, prestigio, masculinidad, sexualización, entre otras). Hasta ahora, buena parte del discurso público ha sido adultocéntrico y punitivo con las juventudes, regañando a quienes “se dejan” reclutar, como si el problema fuera falta de inteligencia y no falta de protección. No son “tontos”: son vulnerables. Y esa vulnerabilidad es el síntoma más claro del fracaso de una sociedad que les abandona -y de un entorno que les exige ser adultos sin darles comunidad, cuidado ni futuro.
El reclutamiento no habla de ingenuidad individual sino de desamparo social. Como no es su incapacidad sino nuestra responsabilidad no asumida, este fenómeno debería orillarnos a preguntarnos cómo lidiamos con nuestro irremediable drama en donde victimarios también pueden ser víctimas, y todo ello en un contexto acostumbrado a hablar de guerras, de los enemigos que las motivan, y de su anhelada destrucción (y que, por razones ontológicas, será también la nuestra).
El fenómeno no es privativo ni particular de la realidad mexicana. Al contrario. Hay suficientes experiencias a nivel mundial como para reconocer el problema como una emergencia que rebasa fronteras. En Ucrania, Global Rights Compliance ha mostrado que la captación de menores en guerra ocurre como proceso de reingeniería identitaria apoyado en canales digitales. En la región del Benelux (Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo) se ha documentado reclutamiento de menores para trabajos ilegales vinculados a tráficos ilegales en los puertos de, por lo menos, Róterdam y Amberes. En Colombia y Ecuador se han registrado casos de reclutamiento para vincular jóvenes a grupos armados violentos, sobre todo grupos criminales.
¿Qué tanto sabemos del problema mexicano? Mucho y poco. Tanto como para saber la gravedad y urgencia del problema, tan poco como para reconocer que no tenemos suficiente claridad como para avanzar en estrategias integrales. Hasta ahora existen esfuerzos notables de organizaciones como la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM) y Reinserta, y de investigadores como Rafael Prieto del Complexity Science Hub y Marisol Ochoa de la Universidad Iberoamericana. No obstante, aunque la problemática llegó a la conversación pública, la política pública aún no. Y mientras la omisión persiste, cada scroll sin disputa es una oportunidad ganada por la captura.
TikTok no es solamente un reflejo de la realidad del reclutamiento criminal, es su nueva puerta de entrada. Ahí lo forzado se disfraza de deseo, el riesgo de estética y el “jale” de identidad. Si algo hemos aprendido -aun sin comprenderlo del todo- es que el reclutamiento digital no ocurre en ausencia de voluntad, sino precisamente explotándola: captura aspiraciones, lenguajes, símbolos y vacíos que la sociedad y el Estado todavía no saben cómo nombrar ni cómo disputar.
Defender a las infancias y juventudes hoy exige pelear el scroll, desmontar la narrativa que romantiza la violencia, reconstruir comunidad en línea y fuera de ella, y entender que el territorio en juego no es solo el de la seguridad: es el de la pertenencia y el futuro. La frontera por defender es identitaria, cultural y tecnológica. Y la pregunta no es si es forzado el reclutamiento, sino qué violencias -visibles e invisibles- lo hacen posible. Si no empezamos ahí, el daño no será permanente, ya lo está siendo.
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El autor es Rodrigo Peña González, doctor en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad de Leiden y miembro del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras. Director Ejecutivo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México.