José Santos Torres (1934 -2012) fue un peculiar narrador radicado en Sinaloa que ejercicio el periodismo, la enseñanza de la literatura de manera efectiva informal en talleres, además de fundador de la revista Trópico de Cáncer. Publicó los libros Cáncer de lluvia y fuego y El hombre del trópico.
Nació en Jalostotitán, Jalisco, hijo de un destacado profesor de primaria cuya familia después se establecería en Aguascalientes en 1947.
Es ahí en Aguascalientes donde participa en la vida cultural desde muy joven y entra en relaciones con los poetas estridentistas, en especial con Salvador Gallardo Dávalos, Germán Liszt Arzubide y Victor Sandoval.
Cursó en esta ciudad letras castellanas en el Conservatorio Franz Liszt, además de técnicas de dibujo e historia del arte. Más tarde realizaría varios viajes a la Ciudad de México, donde en 1952 se establece en definitiva y comienza a escribir cantos poéticos para los egresados de la Escuela Nacional de Música.
Durante su estancia en la capital del país estudió periodismo en la Universidad Obrera de México. Al año siguiente, comienza a ejercer el periodismo y, con esa faceta, viaja por buena parte del país, especializándose en el tema político sin abandonar la veta cultural y reseñas de actividades artísticas.
Se establece en Culiacán en 1956, luego de unos de esos viajes a la región noroeste donde se casa en 1968 y funda su familia.
Labora en el Gobierno del Estado de Sinaloa en diferentes dependencias y encamina a varios con un taller literario en las oficinas del CREA.
Durante largos años, José Santos Torres vivió enfrascado en su novela Cáncer de lluvia y fuego, una historia total de la ciudad de Culiacán y las regiones cercanas de Sinaloa, iniciando incluso la narrativa desde la mítica fundación del antiguo Huey Colhuacan por los aztecas, durante su paso hacia Tenochtitlan.
Hoy se sabe que en realidad ese nombre fue impuesto por las tribus tlaxcaltecas que acompañaron al conquistador Nuño de Guzmán en 1531 y no hay ningún indicio arqueológico de presencia azteca en el valle de Culiacán.
Santos Torres inicia su novela con un capítulo místico, el cual no hace prever el tema del resto de la trama, más adelante plena de viñetas fuertes sobre la vida del hampa urbana y rural.
Su novela fue muy comentada incluso antes de su edición, ya que él había publicado algunos fragmentos que daban una idea general del tema. Otros episodios titulados “Sábados de asfalto y recuerdos” y “Paseo en Mónaco”, publicados en Trópico de Cáncer, entreveían que al fin Culiacán y el narcotráfico tendrían su gran novela.
La prosa de Santos Torres era muy cuidada, estilísticamente hablando, y aplicaba adjetivos no previsibles, además de usar y hasta romper con habilidad las reglas de la sintaxis.
Era un estilo enumerativo, no siempre secuencia, hábil para describir sin emplear adverbios o circunstanciales.
Lamentablemente la novela fue creciendo demasiado, víctima de su ambición, a pesar de que él la sometía a lectura de asesores externos.
Cáncer de lluvia y fuego es una novela que intenta concentrar en un solo volumen toda la historia de Culiacán y Sinaloa en una forma ultra intensa; recuerda a otras similares primeras novelas donde el autor de una provincia decide vaciar toda su energía y sapiencia, en un único gran esfuerzo, a la manera de Thomas Mann o Roger Martin Du Gard.
Hoy este libre e ilocalizable; aguarda y merece una reedición. Su apuesta artística es única en el contexto de la literatura mexicana de ese tiempo y parece anticipar las catedrales verbales de Daniel Sada, Ricardo Elizondo, además de otros escritores que, a principios de los años ochenta fueron catalogados como “La literatura del desierto”.
Un motivo porque se volcó tanto a esa novela fue porque la volvió su tabla salvadora; fue victima de un despido repentino a sus más de cincuenta años y esa situación, por supuesto, le provocó todo un cisma.
Luego de una ardua estancia de varios meses en Los Ángeles, donde se integró con un grupo de artistas chicanos a los que les escribió una obra de teatro, Santos Torres fue reinstalado en sus funciones en el Gobierno de Sinaloa.
Más adelante publicaría El hombre del trópico, en la editorial del Colegio de Bachilleres de Sinaloa, la cual fue la última institución donde se desempeñó laboralmente, hasta retirarse por motivos de salud.
Su familia resguarda varios manuscritos inéditos. También escribió la obra teatral “Busco un amigo”, donde dramatizó una historia de personas con capacidades diferentes, para ser interpretada por actores en sillas de ruedas.
Hoy Santos Torres, como muchos otros autores, aguarda y de seguro recibirá el momento de su revaloración y rescate.