La actual pandemia nos ha enseñado lo que le sucede al ser humano al perder el rumbo. Cuando la sociedad se pretende construir sin proyecto sustentable y brújula ética que lo norme, es normal que el supuesto progreso degenere en satisfactores consumistas y egoístas.
Nos movemos en un mundo altamente tecnificado, pero sin espiritualidad. Contamos con una sociedad ampliamente informada, pero tanta infoxicación conduce al estrés y la convierte en una sociedad del cansancio, como precisó Byung-Chul Han.
No percibimos que los enemigos del ser humano no atacan desde el exterior, sino que fincaron su línea de ataque desde el interior. El hombre se somete a una sociedad del rendimiento y satura completamente su entendimiento.
En efecto, el ser humano distrae su atención con múltiples actividades que no le permiten realizar una inmersión contemplativa y naufraga en el aburrimiento.
Giovanni Sartori definió al ser humano como un “homo videns”, puesto que vive absorto y clavado en la pantalla; por eso, Chul Han subrayó que urge implementar la pedagogía del mirar, la cual invita a la reflexión y desaceleración de la vida cotidiana.
Al perder el rumbo, el hombre no solamente ha experimentado un cansancio físico, sino un agotamiento solitario -sin comunión con los demás- que arrasa el alma.
Josep Esquirol afirmó que el ser humano ha perdido el rumbo desde hace tiempo: “El gobierno del mundo continúa demasiado lleno de banalidad y de intereses particulares. Y, entre todos nosotros, tras haber tratado la tierra como almacén de recursos, éstos ya casi los hemos agotado y aquélla la hemos degradado a depósito de desechos. Mientras tanto, la transformación tecnológica de la sociedad, en complicidad con el consumismo, actúa sobre nosotros a modo de narcótico y amenaza secretamente con arrojar todo por el despeñadero”.
¿Rectifico el rumbo?