Nuestro nuevo informe, Geografías de la crueldad, nos está llevando a replantear las formas en que entendemos lo que ocurre en México. Transitamos de lecturas fragmentadas de las violencias y los delitos hacia enfoques que buscan integrar fenómenos, caracterizarlos y dimensionarlos desde nuevas perspectivas.
Las dos jornadas y media, a finales de noviembre de 2025, en las que escuchamos a más de 30 especialistas relatar atrocidades sustentadas en evidencia recogida en múltiples territorios, nos provocaron una sacudida profunda frente a una pregunta ineludible: ¿ante qué estamos?
Esta semana, en conversación con una periodista, volvimos a esa pregunta a propósito de material videográfico recientemente viralizado en el que se muestran mutilaciones. Ella nos interpelaba -con razón- sobre nuestra responsabilidad personal al decidir ver o no esa ventana al infierno. Le propuse, además, otra clave de análisis: el poder político del terror ejercido a través de la crueldad.
En efecto, el informe desnuda territorios del País conectados por violencias atroces que se expresan en el lenguaje de la crueldad y que tienen como propósito el dominio mediante el control social. La crueldad comunica, así, un proyecto de poder: un ejercicio de dominación basado en la propagación del terror.
En los inicios del sexenio de Felipe Calderón, cuando comenzaron a circular videos de decapitaciones, el discurso oficial sostenía que se trataba de “un puñado de violentos” que serían sometidos. Dos décadas después, lo que observamos es una disputa política en territorios específicos por la imposición de órdenes sostenidas en el terror.
Los videos de entonces, como los de ahora, comunican proyectos de poder. Son violencias que producen más violencias y crean inercias a favor de sus representaciones. Hemos acumulado décadas en las que se agudizan y diversifican las violencias en México, al tiempo que se consolida su impunidad. El saldo es desolador: a más violencia no corresponde más Estado de derecho, sino más violencia material y simbólica.
Quien hoy sostiene que México avanza hacia el sometimiento a la ley no lo hace con base en evidencia, sino por decisión de creerlo. Basta observar los informes recientes sobre la persistencia de una cifra oscura casi absoluta, que engloba delitos no denunciados y delitos no resueltos.
Tal vez no supimos anticipar -cuando era posible hacerlo- la persistencia de la impunidad; quizá tampoco dimensionamos lo que implicaría la socialización de las violencias como formas constitutivas de la convivencia; ni previmos los efectos acumulados de la contracción del Estado frente a la expansión de mercados criminales de alcance global. Hoy, sin embargo, sabemos un poco más al observar los trazos territoriales que dibuja Geografías de la crueldad.
La crueldad se comunica para aterrorizar; el terror paraliza; la parálisis subordina; y la subordinación inhabilita progresivamente el ejercicio de derechos, abriendo cada vez más espacio a los poderes salvajes, en el sentido del jurista italiano Luigi Ferrajoli: poderes que operan sin control alguno.
Son geografías ocupadas por hegemonías de la crueldad.