Una antigua locución latina señala: “Errare humanum est” (es propio de los seres humanos errar). Sin embargo, con el tiempo se le añadió una conclusión: “sed perseverare diabolicum” (pero, perseverar en el error es diabólico). Incluso, el poeta inglés Alexander Pope, en 1711, en su Ensayo sobre la crítica, expresó: “Equivocarse es humano, perdonar es divino, rectificar es de sabios”.
En otras palabras, no debemos tener miedo a equivocarnos, ya que el error no debe ser considerado como un estrepitoso fracaso, sino como alterna puerta que permite la exploración de nuevas y virginales rutas, así como inusitadas vetas de oportunidades que no habíamos ensayado.
El error tiene la función de abrir la llave del torrente que permite la efusión de la flexibilidad mental. En efecto, señaló la filósofa Catherine Z. Elgin: “Revelando no sólo que nos equivocamos sino también dónde nos equivocamos, los errores nos orientan hacia la dirección que hace avanzar nuestra comprensión. Qué afortunados somos de estar predispuestos a cometer tales errores”.
De hecho, desde los albores del pensamiento filosófico, Sócrates no se avergonzaba y no dudaba en afirmar categóricamente: “Yo solo sé que no sé nada”. De igual forma, muchos siglos después, Nicolás de Cusa haría gala de su “docta ignorancia”. Por eso, los actuales científicos han modificado la aserción inicial de “errare humanum est”, por “errare scientificum est”.
El filósofo y poeta indio Rabindranath Tagore fue claro y tajante al escribir: Si cerráis la puerta a todos los errores, también la verdad se quedará fuera”.
Estas reflexiones volvieron a mi mente al asistir a la cómica obra de teatro, “La obra que sale mal”, puesta en escena en el Teatro Pablo de Villavicencio gracias a la colaboración SAS-ISIC y al patrocinio de otras empresas.
¿Comprendo y asimilo la sabiduría del error?