Estas dos palabras se confunden frecuentemente, pero encierran grandes diferencias, como hizo notar Jaime Nubiola en su obra: “El taller de la Filosofía”.
En efecto, erudito es quien domina una gran base de datos, conocimientos, libros y ciencias. El concepto deriva del latín: “ex rudis”, que significa dejar de ser rudo, tosco o áspero a través de la instrucción. La persona erudita puede citar muchos libros y dominar un gran cúmulo de conocimiento; sin embargo, eso no garantiza que forzosamente se convierta en una buena persona y lleve adelante una excelente práctica de vida, ya que el mucho saber puede inflar a cualquiera.
Además, la excelente información y base de datos que se pueden obtener hoy a través de internet y las redes convierte al erudito en un personaje del pasado, pues la memoria biológica se auxilia, y es desplazada muchas veces, por la memoria digital.
Por eso, lo que sigue siendo urgente conservar y desarrollar es la sabiduría. Para lograrlo, es necesario poner un tope o dique al exceso de información, que sólo conduce a dispersión y a la neblina mental. De ahí que, frecuentemente, se proponga el ejercicio de una dieta digital (de información y de exceso de exposición a los medios electrónicos), mediante la cual se pueda discernir lo que se ingiere, cómo se ingiere y las cantidades exorbitantes de datos que consumimos.
La sabiduría, en cambio, desde la antigüedad se ha concebido más como un arte de vivir, que el solo estudio de una ciencia o materia. Por desgracia, afirmó Nubiola, existe un “desgarramiento moderno entre pensamiento y vida... Quien se dedica a la filosofía necesita un estilo de vida que facilite el crecimiento personal... El filósofo no sólo anhela saber más, sino sobre todo anhela ser mejor”.
¿Practico la sabiduría?