Sarcasmos

BUHEDERA
14/04/2021

    No te juntes con gente negativa: tienen un problema para cada solución. (Me temo que pertenezco a este gremio de los temerosos-negativos-pesimistas; suelo ver los riesgos y los inconvenientes de todo.)

    Diosas pariendo guerreros:
    Así nacía un bebé azteca

    #NuncaOlvidesTusRaíces

    “Hoy descubriremos cómo de avanzada era la nación mexica en este aspecto ya que practicaban una medicina que nos puede llegar a sorprender incluso en la actualidad. Muestra de ello la encontramos en las obras de fray Bernardino de Sahagún (1540-1585) Códice Florentino y en la Historia General de las Cosas de Nueva España.

    Según los mexica, los niños venían del último de los cielos, el décimo tercero, donde permanecían hasta que los dioses les colocaban una “piedra preciosa y una pluma rica, que es la criatura, en el vientre de su madre”. Por tanto, que un embarazo y un parto se desarrollaran bien dependía solo de los dioses, y para que así fuera se invocaba a la patrona de los partos, Chalchiutlicue, ‘la de la falda de jade’. Otras muestras de la importancia que concedían a los dioses las encontramos en el caso de los eclipses. Los consideraban una amenaza para los embarazos al pensar que los bebés se convertirían en ‘unos monstruos de la oscuridad que se comían a los hombres’ (tzitzimines). Para evitarlo, las embarazadas no debían salir de casa y se les hacía poner en la boca una piedra de obsidiana.

    Pero no todo lo dejaban en manos de estas divinidades sino que además de invocar a los dioses existía la figura de la partera (tlamatlquiticitl) que visitaba con regularidad la casa de la futura madre haciéndole una especie de “cursillo prenatal” en el que la examinaba y aconsejaba sobre diferentes aspectos como la alimentación, no cargar peso, no darse baños demasiado calientes y mantener relaciones sexuales hasta el séptimo mes de embarazo aunque ‘templadamente, porque si del todo se abstuviese del acto carnal la criatura saldría enferma y de pocas fuerzas’.

    Con el embarazo avanzado dicha partera valoraría la posición fetal y si comprobaba alguna anomalía ‘metía en el baño a la moza preñada y la palpaba con las manos el vientre, para enderezar la criatura si por ventura estaba mal puesta. Y volvíala de una parte a otra’.

    Cuando preveían que el parto no tardaría en producirse la partera acompañaba a la mujer para prepararla y vigilar que todo transcurriera según lo previsto. En ese tiempo limpiaban la habitación acondicionándola para el alumbramiento y si era primeriza buscaban a un familiar que ayudara en las tareas de la casa. Cuanto se producía el nacimiento preparaban un baño de vapor (temazcal) con una leña que no desprendiera humo, y con plantas aromáticas que le ayudaran a relajarse. Para aliviar los dolores de parto le administraban una infusión preparada con una hierba conocida como ciopatli, que le ayudaría en los pujos, y si no dilataba le daban medio dedo de la cola de un animal llamado tlacuatzin (tlacuache).

    Cihuacóatl era la diosa de los partos.

    Para dar a luz se ponían en la posición más fisiológica para ello, de cuclillas, y la partera se colocaba detrás, sujetándola. Al recién nacido le recibían con dulces palabras como dándole la bienvenida al mundo y a continuación limpiaban a la madre llevándola de nuevo al temazcal, cuyas plantas aromáticas le ayudarían a liberar las toxinas del cuerpo, la relajarían y favorecería la subida de leche.

    La importante función de la partera no acababa aquí pues permanecería en el domicilio de la madre cuatro días más para cuidarla y vigilar algo que era vital, la lactancia materna. Su importancia radica en que el destete no se producía hasta los dos años o más, no disponiendo de ningún animal cuya leche pudiera sustituirla, siendo la leche materna fundamental para el buen crecimiento del niño.

    La placenta y el cordón umbilical no se tiraban sin más, sino que se utilizaban para otro rito muy importante. La placenta se enterraba en casa y el cordón se dejaba secar. Si el recién nacido era niño, se lo entregarían a un guerrero para que lo enterrara en suelo enemigo para así infundir valor al futuro guerrero. Si por el contrario era una niña, se enterraba junto al fuego del hogar para que fuera una buena esposa y madre. La sociedad azteca era principalmente guerrera y no se concebía otra misión para el hombre que la de batallar.

    Al igual que en otras civilizaciones y épocas, el momento de elegir el nombre del recién nacido era muy importante. Se acudía a un sacerdote experto que consultaría el libro de los destinos (Tonalamat) y se elegiría el que será el nombre más adecuado y el día más propicio para ponérselo, ya que marcaría su buena o mala ventura. Consideraban que el parto durante los últimos cinco días del año era signo de mal pronóstico y para contrarrestarlo no les ponían nombre hasta transcurrido un tiempo después.

    Resumiendo, para los pueblos prehispánicos tanto el embarazo como el parto eran controlados por las manos expertas de la matrona y aunque confiaban en sus dioses, lo hacían mucho más en estas”.