Ser Juez no es fácil

    No me estoy refiriendo a que el trabajo que hace un juez aplicando o interpretando la ley para resolver un caso sea un trabajo difícil, que en ocasiones lo es.

    Más bien me refiero a lo difícil que es ser un “buen juez”, entendiendo por esto no a una persona que tiene amplios conocimientos jurídicos y los usa para dictar sentencias.

    Me quiero referir al difícil trabajo que tienen los jueces, magistrados y ministros, al tener que dejar de lado sus rencores personales para resolver con imparcialidad un asunto. Ese es el “buen juez”.

    He tenido la fortuna de conocer a jueces, magistrados y ministros, que combinan los atributos necesarios para ser considerados “buenos jueces”. Pero también he conocido a varios que son todo lo contrario.

    Les puedo decir que el conocimiento legal amplio solo es la mitad o menos de la ecuación y que son más importantes los valores personales del juez.

    Algunos de los que he conocido, la mayoría, no solo tienen conocimientos legales sólidos y se preparan constantemente, sino que tienen valores personales que los hacen admirables.

    El mejor Juez de Distrito que ha pasado por Mazatlán se llama Mario Roberto Cantú Barajas. Hoy es Magistrado de Circuito a menos que ya se haya jubilado.

    El Magistrado Cantú Barajas conocía muy bien la ley y la jurisprudencia, pero tiene un rasgo que lo distingue: es extremadamente humano y eso le permite aplicar la ley no mecánicamente sino con sentido humanista.

    Ese humanismo, necesario en todos los jueces, los lleva a someter sus pasiones personales (rencor o envidia hacia el abogado de alguna de las partes), su soberbia y tentación de abusar del “poder de la pluma” a algo superior al juez: La aplicación de la ley y la búsqueda de la justicia.

    Cuando un juez resuelve un caso buscando cómo “darle palo” a una de las partes no porque la ley no esté de su lado, sino porque le cae gordo su abogado o porque asume que el abogado va a ganar millones de pesos, estamos hablando del peor de los jueces.

    Alguien tan ruin y bajo, que no le importa torcer la ley con tal de darle en la madre al abogado que le cae mal o al que envidia inconsciente o conscientemente.

    Ese tipo de jueces le hace mucho daño a la función judicial porque están resolviendo los asuntos con el estómago, y lo saben, de manera injusta.

    Ese tipo de jueces se creen virreyes y piensan que todo mundo les debe de rendir pleitesía y someterse a sus caprichos. Son abusivos con los integrantes de su equipo y los acosan laboralmente.

    Ese tipo de jueces odian a los abogados que osan no rendirles pleitesía y que son inmunes a su “poder”.

    Ese tipo de jueces toman las cosas personalmente y olvidan que, el mayor de sus atributos debe ser la “imparcialidad” conforme al cual, deben dictar sus sentencias imparcialmente, aunque aborrezcan a alguna de las partes o a su abogado.

    Nada de difícil para un juez es dictar sentencia de manera imparcial cuando no tiene algo personal con alguna de las partes o su abogado.

    Lo difícil es dictar sentencia de manera imparcial cuando siente coraje o rencor por alguna de las partes o su abogado. Eso sí requiere un carácter elevado y un alma luminosa para someter la tentación de venganza.

    El buen juez entiende que el acceso a la justicia que consagra el artículo 17 constitucional, le exige que se conduzca con probidad y honradez, y sobre todo, con imparcialidad.

    Juez que dicta sentencia o cualquier resolución judicial con el estómago, con coraje o “para darle una lección” a un abogado, no merece ser juez y es tan o más corrupto que el juez que acepta dinero y “vende” sus sentencias.

    La importancia de la función judicial requiere que los exámenes para ser juez no solo sean de conocimientos legales, sino de valores humanos, salud mental y emocional.

    Les aseguro que, si a algunos de los actuales jueces o magistrados locales o federales, les aplican un examen para conocer si tienen bien establecidos los valores de justicia, imparcialidad, honor y servicio público, salen reprobados.

    Como abogados, tenemos completa libertad para ser soberbios. Pero los jueces no tienen tanta suerte. Ellos deben someter sus pasiones personales a valores más altos, pues la función judicial así se los exige.

    Juez que abusa de su posición y abusa de su poder es un corrupto porque corrompe la impartición de justicia y la función judicial. Quien siendo así no reconozca su error, no tiene el menor sentido de la decencia.

    Mi admiración y respeto para los buenos jueces que afortunadamente son la mayoría, pero mi desprecio más profundo para los abusivos y corruptos.

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