Hace unos días escuché una pregunta que no he podido sacarme de la cabeza, la hizo Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado de Estados Unidos por Michigan, ¿Qué sociedad construiríamos si realmente asumiéramos que todos los niños son nuestros hijos?
No es una propuesta política, ni siquiera hace falta compartir su ideología para entender la profundidad de la pregunta, así que, por favor, piénselo por un momento. Si todos los niños fueran nuestros hijos, ¿qué escuelas construiríamos? ¿Qué parques? ¿Qué hospitales? ¿Qué ciudades? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a tolerar antes de decir basta?
Pensaba en eso cuando conocí la historia de Juan Alejandro, tenía un año y cuatro meses, murió en Culiacán después de quedar en medio de un ataque armado, un bebé.
Hay algo profundamente roto en una sociedad cuando una oración como esa puede escribirse y, sin embargo, continuar el día, hemos aprendido a hacerlo, leemos el número de muertos, identificamos la colonia, tratamos de averiguar si había algún objetivo del ataque, preguntamos quiénes eran los involucrados, seguimos deslizando la pantalla.
Nos hemos construido mecanismos para sobrevivir emocionalmente a la violencia, probablemente los necesitamos, porque sería imposible vivir sintiendo cada asesinato como sentimos la muerte de alguien propio, pero quizá también ahí comienza una parte del problema, porque Juan Alejandro era hijo de alguien, alguien conocía el peso exacto de su cuerpo cuando se quedaba dormido en sus brazos, alguien sabía qué lo hacía reír, qué comida le gustaba, cómo sonaba cuando lloraba, alguien imaginó su primer día de escuela sin saber que nunca llegaría.
Su madre dijo después una frase devastadora: “Mi hijo no nació en guerra”.
Y tiene razón, ningún niño de Sinaloa nació en guerra, los adultos construimos esto, nosotros permitimos que durante décadas la violencia se normalizara, que el poder criminal creciera, que las armas circularan, que matar se convirtiera en espectáculo, que la corrupción debilitara instituciones y que demasiadas veces midiéramos una tragedia dependiendo de quién había muerto, los niños no hicieron nada de eso, pero están pagando las consecuencias. Por eso vuelvo a la pregunta de El-Sayed, ¿Qué pasaría si de verdad creyéramos que todos los niños son nuestros hijos?
Si Juan Alejandro hubiera sido nuestro hijo, 61 casquillos encontrados en una calle de Culiacán no serían una estadística, serían 61 razones para exigir respuestas, si el niño de 9 años que resultó herido fuera nuestro hijo, no discutiríamos si la violencia aumentó o disminuyó porcentualmente respecto al mes anterior, querríamos saber qué vamos a hacer para que pueda volver a salir a la calle sin miedo, si los niños que regresaron esta semana a las escuelas de Sinaloa fueran nuestros hijos, todos, probablemente nuestra conversación sobre seguridad sería distinta, porque hay una diferencia enorme entre administrar la violencia y considerarla inaceptable.
Durante estos años hemos escuchado explicaciones, estrategias, operativos, despliegues, estadísticas y promesas, algunas cosas seguramente han evitado tragedias mayores, otras claramente han fracasado, pero quizá antes de discutir otra estrategia necesitamos recuperar algo todavía más elemental, la capacidad de sentir que lo que le pasa al hijo de alguien también nos pertenece, eso es el bien común.
No significa que todos seamos responsables individualmente de criar a todos los niños, significa entender que existe una parte de su destino que sí depende de todos nosotros, la escuela pública a la que asistirán, la calle por la que caminarán, el parque donde jugarán, la policía que deberá protegerlos, las instituciones que tendrán que defenderlos, la ciudad que les vamos a entregar y también la violencia que decidamos tolerar, tal vez una sociedad comienza a romperse cuando deja de reconocer a sus niños como algo sagrado y quizá comienza a reconstruirse cuando vuelve a hacerlo.
No conocí a Juan Alejandro, la mayoría de nosotros tampoco, pero tenía un año y cuatro meses y durante el tiempo que estuvo aquí fue uno de nuestros niños.
Tal vez deberíamos empezar por asumirlo, porque si todos los niños fueran nuestros hijos, la muerte de uno solo tendría que ser suficiente para obligarnos a cambiar.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.