Sinaloa, la riqueza que no siempre se ve

BANCO DE ALIMENTOS
20/04/2026 04:00

    Cuando hablamos de Sinaloa, casi siempre pensamos en las mismas cosas: los tomates que se van a Estados Unidos, los campos verdes que parecen no tener fin y esa fama de que aquí se produce comida para todo el país.

    Nos gusta decir que somos el granero de México, y la verdad es que sí, es un orgullo. Pero hay otra parte de nosotros que es mucho más valiosa y de la que casi no platicamos.

    Es esa forma de ser que tenemos los sinaloenses de no dejar abajo a los demás. No es algo que salga en los mapas, pero es lo que realmente nos hace fuertes.

    Si te fijas bien, en Culiacán tenemos una costumbre muy nuestra: echarle la mano al vecino. No necesitas que alguien te lo pida con un discurso elegante; simplemente, si ves que alguien la está pasando mal, buscas cómo ayudar. Esa es nuestra verdadera riqueza. No se trata de cuánto dinero hay en el banco, sino de cuántas manos están dispuestas a levantarse cuando alguien se cae.

    Lo curioso es que a veces pensamos que para ayudar hay que ser millonario o tener una empresa grande, pero eso es un error. La ayuda más real es la que viene de la gente que sabe lo que cuesta ganarse la vida.

    En Sinaloa pasa algo que es muy difícil de creer: se tira muchísima comida a la basura todos los días. Estamos hablando de millones de kilos al año. Mientras eso pasa, hay gente en nuestras propias colonias que no sabe si va a tener para cenar.

    Es algo que no tiene sentido, especialmente en un estado donde la comida brota de la tierra por todos lados. Por eso, el trabajo de lugares como el Banco de Alimentos es tan importante.

    No solo se trata de repartir despensas porque sí, se trata de rescatar lo que todavía sirve y moverlo rápido hacia donde hace falta.

    Hay que entender una cosa: una cosa es dar una moneda por lástima y otra muy diferente es organizarse para que nadie pase hambre.

    La caridad ayuda un ratito, pero lo que realmente cambia las cosas es tener un plan.

    Cuando un agricultor decide que sus verduras, aunque no estén bonitas para la foto del súper, deben llegar a la mesa de una familia, está haciendo algo mucho más grande que un simple regalo. Está rompiendo ese ciclo donde preferimos tirar las cosas antes que compartirlas. Eso es ser generoso y práctico al mismo tiempo.

    Pero hay que ser honestos con nosotros mismos. A veces los sinaloenses somos muy de arranques.

    Si hay un huracán o una noticia triste, todos corremos a ayudar, nos tomamos la foto y nos sentimos bien. El problema es que el hambre no se quita solo cuando hay una emergencia o cuando es Navidad; el hambre está ahí todos los lunes, martes y miércoles del año.

    El verdadero reto es ser constantes. El apoyo no debería ser como un fuego artificial que brilla un segundo y se apaga, sino como una luz que siempre está prendida.

    Tenemos todo para lograrlo, pero nos falta creérnosla un poco más. También nos falta dar ese gran paso que tanto hemos mencionado y que tanto anhelamos: construir ese Banco de Alimentos más grande y moderno que nuestra ciudad necesita.

    Tenemos todas las esperanzas y el esfuerzo puestos en que para el año 2027 este proyecto sea una realidad terminada. No es solo un edificio nuevo, es la herramienta que nos va a permitir que nuestra ayuda sea tan grande como nuestro corazón.

    Si somos capaces de enviar la mejor verdura del mundo a otros países, ¿cómo no vamos a poder asegurar que ningún niño en Culiacán se duerma con la panza vacía?

    Nuestra fama como estado debería ser esa: la del lugar donde nadie se queda atrás. No se trata de dar lo que nos sobra como si estuviéramos limpiando el clóset, sino de compartir lo que tiene valor.

    Al final, lo que nos hace grandes no es lo que guardamos para nosotros, sino lo que ponemos en la mesa de los demás.

    Ser de Sinaloa debería significar eso: ser el que siempre tiene un lugar extra en la mesa y una mano lista para ayudar al de al lado.

    Es lo más valioso que tenemos y es lo que nos toca cuidar a nosotros.

    Cuando hablamos de Sinaloa, casi siempre pensamos en las mismas cosas: los tomates que se van a Estados Unidos, los campos verdes que parecen no tener fin y esa fama de que aquí se produce comida para todo el país.

    Nos gusta decir que somos el granero de México, y la verdad es que sí, es un orgullo. Pero hay otra parte de nosotros que es mucho más valiosa y de la que casi no platicamos.

    Es esa forma de ser que tenemos los sinaloenses de no dejar abajo a los demás. No es algo que salga en los mapas, pero es lo que realmente nos hace fuertes.

    Si te fijas bien, en Culiacán tenemos una costumbre muy nuestra: echarle la mano al vecino. No necesitas que alguien te lo pida con un discurso elegante; simplemente, si ves que alguien la está pasando mal, buscas cómo ayudar. Esa es nuestra verdadera riqueza. No se trata de cuánto dinero hay en el banco, sino de cuántas manos están dispuestas a levantarse cuando alguien se cae.

    Lo curioso es que a veces pensamos que para ayudar hay que ser millonario o tener una empresa grande, pero eso es un error. La ayuda más real es la que viene de la gente que sabe lo que cuesta ganarse la vida.

    En Sinaloa pasa algo que es muy difícil de creer: se tira muchísima comida a la basura todos los días. Estamos hablando de millones de kilos al año. Mientras eso pasa, hay gente en nuestras propias colonias que no sabe si va a tener para cenar.

    Es algo que no tiene sentido, especialmente en un estado donde la comida brota de la tierra por todos lados. Por eso, el trabajo de lugares como el Banco de Alimentos es tan importante.

    No solo se trata de repartir despensas porque sí, se trata de rescatar lo que todavía sirve y moverlo rápido hacia donde hace falta.

    Hay que entender una cosa: una cosa es dar una moneda por lástima y otra muy diferente es organizarse para que nadie pase hambre.

    La caridad ayuda un ratito, pero lo que realmente cambia las cosas es tener un plan.

    Cuando un agricultor decide que sus verduras, aunque no estén bonitas para la foto del súper, deben llegar a la mesa de una familia, está haciendo algo mucho más grande que un simple regalo. Está rompiendo ese ciclo donde preferimos tirar las cosas antes que compartirlas. Eso es ser generoso y práctico al mismo tiempo.

    Pero hay que ser honestos con nosotros mismos. A veces los sinaloenses somos muy de arranques.

    Si hay un huracán o una noticia triste, todos corremos a ayudar, nos tomamos la foto y nos sentimos bien. El problema es que el hambre no se quita solo cuando hay una emergencia o cuando es Navidad; el hambre está ahí todos los lunes, martes y miércoles del año.

    El verdadero reto es ser constantes. El apoyo no debería ser como un fuego artificial que brilla un segundo y se apaga, sino como una luz que siempre está prendida.

    Tenemos todo para lograrlo, pero nos falta creérnosla un poco más. También nos falta dar ese gran paso que tanto hemos mencionado y que tanto anhelamos: construir ese Banco de Alimentos más grande y moderno que nuestra ciudad necesita.

    Tenemos todas las esperanzas y el esfuerzo puestos en que para el año 2027 este proyecto sea una realidad terminada. No es solo un edificio nuevo, es la herramienta que nos va a permitir que nuestra ayuda sea tan grande como nuestro corazón.

    Si somos capaces de enviar la mejor verdura del mundo a otros países, ¿cómo no vamos a poder asegurar que ningún niño en Culiacán se duerma con la panza vacía?

    Nuestra fama como estado debería ser esa: la del lugar donde nadie se queda atrás. No se trata de dar lo que nos sobra como si estuviéramos limpiando el clóset, sino de compartir lo que tiene valor.

    Al final, lo que nos hace grandes no es lo que guardamos para nosotros, sino lo que ponemos en la mesa de los demás.

    Ser de Sinaloa debería significar eso: ser el que siempre tiene un lugar extra en la mesa y una mano lista para ayudar al de al lado.

    Es lo más valioso que tenemos y es lo que nos toca cuidar a nosotros.