Sinaloa y los muertos de cada día
Flores hoy, contra balas del narco

OBSERVATORIO
02/11/2026 04:02
    La conmemoración del Día de Muertos nos notifica que los sinaloenses somos la sociedad que en todo momento y en cualquier lugar coexiste con la muerte emanada de las reyertas entre narcos. De forma directa o colateral sentimos la agresión letal que quita hálitos de vida al prójimo por la única razón de no habitar en territorios seguros

    Por los muertos de la narcoguerra en Sinaloa no será suficiente este día una oración u ofrenda si no ocurre el perdón que el Estado mexicano ofrezca a las víctimas y sus deudos, con la garantía de que después de casi dos años y dos meses de atrocidades ininterrumpidas va a cesar la barbarie y empezará la construcción de paz a corto y lejano plazo. Es que en alguna colosal fosa clandestina fueron enterradas también la fe en las instituciones y la posibilidad de servidores públicos preocupados y ocupados en hacer valer la Ley, primero respetándola ellos mismos.

    La viñeta punzante que madres que buscan a sus hijos desaparecidos estamparon el sábado frente al Palacio Municipal de Mazatlán, al hacer la representación de la vía dolorosa la cual todos los días recorren ellas, impide dar por viva la sensibilidad del Gobierno y la obligación legal de éste por buscar hasta encontrar a las personas que la delincuencia empoderada privó de la libertad de manera ilegal. La representación de familias que viven con el sufrimiento implícito en la interrogante ¿dónde están? denuncia el montaje de autoridades que prefieren llevar el peso en sus conciencias antes que activar las respuestas a esta crisis humanitaria.

    La conmemoración del Día de Muertos nos notifica que los sinaloenses somos la sociedad que en todo momento y en cualquier lugar coexiste con la muerte emanada de las reyertas entre narcos. De forma directa o colateral sentimos la agresión letal que quita hálitos de vida al prójimo por la única razón de no habitar en territorios seguros. Y junto al inmolado acaece la percepción de creernos protegidos porque no habíamos pensado que el monstruo criminal devorara a sus creadores y adquiriera la corpulencia que aplasta al domesticador.

    Sin embargo, que el sufrimiento permita leer las posibilidades que nos mantengan vivos antes de recitar los epitafios en memoria de los abatidos. Que la fuerza innata que nos hace resurgir cuando el infortunio parece arrasar con todo, emerja otra vez fortalecida por la memoria de los seres amados que no se han ido, que aquí están, incitando a que el imperio de la vida invariablemente se imponga ante los señoríos de la muerte. Apesadumbrados e intimidados también se puede derrotar a aquellos que insisten en mantenernos muertos en vida.

    Por ellos, por nosotros, en el estado de más de 4 mil homicidios dolosos y 4 mil 500 personas privadas de la libertad hoy gritarán las ánimas que vuelven a implorar la paz de los sepulcros y la vida con certidumbres para los sobrevivientes de la peor escalada criminal que haya padecido Sinaloa. El cempasúchil y la cera ardiente serán la orientación que indique el camino por el que retomen los fieles difuntos el descanso eterno, y la senda a recorrer por los vivos como entes capaces de alzarnos como sociedad en el impostergable movimiento que exija y logre la pacificación.

    La tierra de los miles de cenotafios, suelos que expelen cadáveres y asesinados que en algún lugar baldío conforman la cifra negra del salvajismo inenarrable por el choque entre células que pretenden el control del Cártel de Sinaloa, posibilitará hoy el grito silencioso de los faltos de gobierno. En los hogares cercenados por la violencia las madres, los huérfanos, los hermanos y toda la estirpe agraviada reeditarán los momentos en que la ausencia de autoridad los llevó al laberinto del luto e impotencia.

    Cómo duelen los inocentes que le han arrebatado a Sinaloa los sicarios del narcotráfico, que por cada ciudadano inmolado se elevan por encima de las fuerzas armadas y las corporaciones de seguridad. La infamia de los crímenes y la impunidad que acompaña a los perpetradores sobrepasa la capacidad de resistencia de un pueblo reconocido por su estoicismo frente a las adversidades, ahora obligado a la resiliencia a ras de la desesperación.

    Los panteones, los mausoleos improvisados en las calles, las fosas clandestinas y los cuerpos aún sin encontrar narrarán el llanto colectivo debido al debilitamiento de la esperanza de paz, a no ser que estemos condenados a aceptar como último reducto la apacibilidad de los sepulcros. Donde quiera que estén nuestros muertos significarán el exhorto unánime a dejar de llorar por ellos y comenzar a luchar por nosotros, los que pudimos resurgir entre el plomo y la sangre, la bestialidad y el extravió de todo modelo de coexistencia pacífica fundado en la legalidad y gobernabilidad.

    Reverso

    Por qué a Sinaloa estruja,

    Tu ataque sangriento, huesuda,

    Y permites que nuestra paz cruja,

    Con la narcoguerra testaruda.

    El reino del ojalá

    Está probado que después de bucles de violencia de alto impacto, o redundancia de la inseguridad que se manifiesta en las horas previas de la llegada a Sinaloa de los altos mandos militares o civiles, viene una burbuja de atenuación en homicidios dolosos. El martes 27 de octubre mientras llegaba a Sinaloa el Secretario de la Defensa Nacional, Ricardo Trevilla, y la delincuencia colocó restos humanos en el edificio del Ayuntamiento de Mazatlán, el estado reportó 15 de las 49 muertes con armas de fuego ocurridas en el País, y de allí de adelante el miércoles sucedieron cuatro asesinatos, dos el jueves, tres el viernes y dos el sábado. Sea lo que sea, esos espacios con menor ofensiva de la narcoguerra alientan la estructuración del eterno “ojalá” que se trate de la tregua que inicie períodos largos de seguridad pública y de recuperación de condiciones de tranquilidad para retomar los quehaceres legítimos de los sinaloenses. Ojalá que así sea.