Hay preguntas que incomodan porque no tienen una respuesta sencilla. Una de ellas me ha perseguido durante semanas, ¿qué le falta realmente a Sinaloa? La respuesta fácil es seguridad, y sí, sería absurdo negar el daño que ha provocado la violencia. Ha arrebatado vidas, inversiones, tranquilidad y oportunidades, pero también sería un error pensar que esa es toda la explicación, hay regiones del mundo que han enfrentado conflictos profundos y, aun así, han encontrado la forma de construir instituciones fuertes, economías competitivas y sociedades capaces de mirar hacia adelante.
Por eso creo que la verdadera pregunta es otra, ¿cómo puede un estado con una de las agriculturas más productivas del continente, con cientos de kilómetros de litoral, empresarios exitosos, universidades de calidad, deportistas de élite, artistas reconocidos y una enorme capacidad para emprender, seguir sintiendo que vive por debajo de sus posibilidades?
No creo que el problema sea la falta de recursos, tampoco la falta de talento, el problema es que nunca hemos terminado de ponernos de acuerdo sobre el estado que queremos construir.
Mientras otras regiones discuten cómo competir dentro de 20 años, nosotros seguimos atrapados resolviendo la siguiente crisis, mientras otros diseñan ecosistemas de innovación, nosotros administramos emergencias, mientras otros construyen proyectos colectivos, nosotros seguimos esperando que alguien más los construya y esa diferencia parece pequeña, pero cambia absolutamente todo.
Las sociedades no avanzan únicamente porque tengan dinero, avanzan cuando existe una visión compartida capaz de ordenar los esfuerzos individuales hacia un mismo destino.
Sinaloa produce empresarios extraordinarios, produce científicos, produce médicos, produce deportistas, produce artistas, produce talento en prácticamente cualquier disciplina, la pregunta incómoda es por qué ese talento, cuando se convierte en liderazgo, rara vez logra transformarse en un proyecto colectivo para el estado, quizá porque durante demasiado tiempo entendimos el éxito únicamente como un logro individual, construimos empresas, construimos patrimonios, construimos carreras pero dejamos de construir comunidad y cuando una comunidad deja de imaginar su futuro, termina viviendo únicamente reaccionando a su presente. Eso explica, en parte, por qué cada crisis parece sorprendernos como si fuera la primera, discutimos mucho sobre los síntomas, pocas veces discutimos sobre el rumbo y hace unos días pensaba en una frase que resume esta diferencia, un territorio no cambia cuando cambia su gobierno, cambia cuando cambia la conversación que sostiene consigo mismo, cuando empresarios, universidades, organizaciones civiles, medios de comunicación, investigadores y ciudadanos empiezan a compartir una misma ambición, no porque todos piensen igual sino porque todos empujan hacia el mismo horizonte, y esa conversación todavía está pendiente en Sinaloa, seguimos hablando demasiado del corto plazo, de la coyuntura, del conflicto, del escándalo de la semana y muy poco de la Sinaloa que queremos entregar dentro de treinta años.
No necesitamos unanimidad, necesitamos dirección, porque una sociedad sin dirección puede tener recursos y seguir estancada, puede tener talento y seguir perdiendo oportunidades, puede tener riqueza y seguir sintiéndose pobre en posibilidades, lo más esperanzador es que nada de eso está escrito, los grandes cambios casi nunca comienzan con una obra monumental, empiezan cuando un grupo suficiente de personas decide dejar de administrar el presente para empezar a diseñar el futuro, quizá ahí está el verdadero desafío para quienes hoy ocupan posiciones de liderazgo en Sinaloa.
No se trata únicamente dirigir empresas, no únicamente generar utilidades, no únicamente administrar instituciones, también asumir la responsabilidad de imaginar el estado que todavía no existe, porque el liderazgo no se mide solamente por lo que una persona construye para sí misma, se mide por lo que deja construido para los demás, y tal vez el mayor riesgo para Sinaloa no sea la violencia, el mayor riesgo sería acostumbrarnos a creer que nuestro destino está condenado, porque cuando una sociedad deja de imaginar un futuro distinto, deja también de trabajar para alcanzarlo y yo me resisto a creer que ese sea nuestro destino.
Sinaloa ya demostró que puede producir personas extraordinarias, ahora hace falta demostrar que también puede producir un proyecto extraordinario de estado, porque los recursos explican el potencial, pero es la visión la que determina el futuro.
Gracias por leer hasta aquí, nos leemos pronto.
Es cuánto.