Hay encuentros con el pasado que producen una extraña sensación de familiaridad. Eso me ocurrió al volver a los Sonetos del doctor Joaquín Blengio y Molina, mi antepasado por línea paterna. Nacido en Campeche en 1834, estudió medicina en París, participó activamente en la vida pública de su Estado y, aunque no era abogado, llegó a desempeñarse como juez del Supremo Tribunal de Justicia de Campeche. Fue también poeta y miembro correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua. Su descendencia llega a mi abuelo, José Joaquín García Blengio; a mi padre, el doctor José Manuel García Habif, y finalmente a quien esto escribe.
Me emociona el parentesco, desde luego, pero mucho más descubrir en sus versos ideas que, escritas hace más de siglo y medio, parecen interpelar al México contemporáneo. Particularmente reveladores son los ocho sonetos que tituló Al Pueblo. El 15 de septiembre de 1867. La fecha es fundamental: acababa de caer el Segundo Imperio y la República había triunfado. Blengio, liberal y partidario de la causa republicana, podía haberse limitado a celebrar la victoria. Prefirió advertir sobre los peligros que subsisten después de ella.
“Haz que tus gobernantes, los primeros, / obedezcan tus leyes sacrosantas”, escribió. Difícilmente podría formularse con mayor sencillez una de las premisas esenciales del Estado de Derecho: la ley no obliga solamente al gobernado; obliga, antes que a nadie, a quien ejerce el poder. No basta con tener Constitución, instituciones y derechos reconocidos. Blengio advertía también que las garantías podían ser burladas y exhortaba al pueblo: “Tus derechos conoce”. La distancia entre reconocer formalmente un derecho y hacerlo efectivo sigue siendo uno de los grandes problemas del constitucionalismo mexicano.
Hay otro verso extraordinario: “El Estado eres tú. De sus acciones / cuenta pide a tus mismos soberanos”. Medio siglo antes de nuestra Constitución de 1917, Blengio expresaba poéticamente lo que hoy establece su artículo 39: la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. El Estado no es patrimonio del gobernante y el ciudadano no es súbdito de quien temporalmente ejerce el poder. Si el poder procede del pueblo, quien lo ejerce debe responder ante él.
Pero la intuición más poderosa de aquellos sonetos quizá sea otra. Blengio comprendió que sustituir una monarquía por una república no garantiza por sí mismo la libertad. Haber derrotado a un emperador tampoco inmuniza a los vencedores contra el autoritarismo. Por eso escribió una frase cuya actualidad resulta incómoda: “La Democracia tiene sus Nerones; / También en la República hay tiranos”.
La advertencia merece ser leída en el México de nuestros días. La legitimidad democrática es indispensable, pero no ilimitada. Ganar elecciones no suprime la división de poderes, no convierte las mayorías en titulares absolutos de la Constitución ni vuelve prescindibles los contrapesos. Una democracia constitucional no se agota en contar votos: requiere jueces independientes, autoridades sometidas a competencias previamente establecidas, derechos efectivos, rendición de cuentas y espacios institucionales capaces de contener al poder. La democracia responde quién debe gobernar; el constitucionalismo agrega una pregunta igualmente importante: ¿hasta dónde puede gobernar?
México atraviesa transformaciones institucionales profundas: la elección popular de integrantes del Poder Judicial, la modificación del sistema de organismos constitucionales autónomos y una participación creciente de las Fuerzas Armadas en funciones originalmente civiles, entre otras. Se puede estar a favor o en contra de cada una de ellas. Lo indispensable es conservar la pregunta que Blengio formulaba en 1867: ¿permanecen efectivos los límites al poder? Porque una mayoría democrática puede equivocarse y un gobernante electo puede excederse. Precisamente para esos momentos existen la Constitución y sus contrapesos.
Hay una dimensión personal que no quiero ocultar. Mi abuelo José Joaquín García Blengio fue abogado y juez; mi padre, José Manuel García Habif, médico cardiólogo. Yo terminé dedicándome al Derecho. No creo que las ideas se transmitan por la sangre ni pretendo encontrar explicaciones genealógicas donde no las hay. Pero me produce profundo afecto descubrir que un hombre de mi familia, médico de profesión y juez por responsabilidad pública, escribía hace 159 años sobre asuntos que ocupan buena parte de mis propias preocupaciones: libertad, legalidad, igualdad, derechos y límites al poder.
Quizá leer a nuestros antepasados no consista en buscar en ellos nuestras respuestas, sino en descubrir que algunas de nuestras preguntas vienen de mucho más lejos. La que Joaquín Blengio y Molina dejó formulada en 1867 sigue abierta. Conviene recordarla cada vez que alguien confunda mayoría con poder ilimitado, gobierno con Estado o victoria electoral con autorización para prescindir de los límites constitucionales:
“La Democracia tiene sus Nerones; también en la República hay tiranos.”
Ante Notario
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El autor es notario público y analista en temas jurídicos y económicos.