¿Todos somos criminales en Sinaloa?
No éramos así; antes la rectitud valía
A la embestida indiscriminada que el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dirige contra Sinaloa, repartiendo acusaciones a diestra y siniestra, se le debe de anteponer la presunción de inocencia, pues delata la estrategia del refrán “calumnia, que algo queda” donde la intención de manchar la reputación de sirios y troyanos rebasa la obligación de presentar las pruebas. Frente a tal ardid más inquisitorial que judicial, tiene razón Ricardo Jenny del Rincón al blindarse judicialmente de la moda de quemar por igual a culpables e inocentes en piras de leña verde.
El titular del Secretariado Ejecutivo del Sistema Estatal de Seguridad Pública otea la posibilidad de que una denuncia presentada en 2024 por el Partido Sinaloense, derivada de la licitación de 18 vehículos y 48 camionetas pick up destinadas al equipamiento de la Policía, sea utilizada como paja que mantenga ardiente la narrativa que inculpa a servidores públicos por presuntos nexos con organizaciones y negocios del crimen organizado.
Dicho episodio, que se creía ya solventado y se adelanta a resolutivos de exculpación que están por emitir las instancias ministeriales y de transparencia, para nada significa la antorcha que active la llamarada que lo incinera todo y abona a la aberración de comunidad de potenciales indiciados sólo en espera de que al principal inquilino de la Casa Blanca se le ocurra agregarnos a su lista del sospechosismo. Y al paso de los días, una vez que la norma jurídica exonere a los presuntos, perdurará la mácula para los fines que a otros intrigantes convengan.
Por donde se le revise, a Jenny del Rincón se le encontrará únicamente la convicción por contribuir desde la atalaya ciudadana a que los sinaloenses vivamos seguros y veamos hacia la meta de progresar ceñidos a cánones legítimos. En materia económica ninguna necesidad tiene de lucrar con el erario ni de pagar costo político alguno por la vocación cívica pacificadora desplegada en el contexto de violencia que es peligroso para él y cualquiera.
Pero nadie se toma la molestia de conocer los procesos administrativos y judiciales que están por determinar la ausencia de irregularidades en el procedimiento de asignación del contrato para la compra de automotores destinados a mejorar la seguridad pública. Claro que la crónica de estos tiempos aciagos prescinde de reseñas respecto a desempeños honestos en el Gobierno porque no son carnada apetitosa para audiencias ávidas de escándalos.
El hobby generalizado es ahora la acusación insidiosa sin la responsabilidad de sustentarla en evidencias. A muchos les gusta utilizar el dedo flamígero y les parece ejercicio lúdico en tanto la lumbre del sospechosismo no llegue a los aparejos de ellos. Nos ha cambiado o enfermado la interminable narcoguerra a tal grado que nos hace ver un maleante por cada prójimo.
Nunca antes fuimos los inquisidores de todo y contra todos. Al contrario, la presunción de inocencia operó hasta en aquel día que unos cuantos salieron a defender a Joaquín “El Chapo” Guzmán, exigiendo su liberación cuando en 2014 fue detenido en Mazatlán. Igual nos mimetiza en la complicidad la asignación de “en algo malo andaba metido” que hacemos cada vez que el hampa ultima a quienes catalogamos como víctimas colaterales. ¿Cuándo rompimos el lazo de la fraternidad que nos hacía confiar de unos a otros?
Cuidado con las artimañas del sospechosismo que levantan humaredas densas en medio de las cuales indistintamente a cada sinaloense los golpee la maquinación fraguada en redes sociales o medios de comunicación. En el caso de Ricardo Jenny del Rincón allí están los expedientes que dan cuenta que la asignación del contrato se realizó con todas las de la Ley, comprándose las unidades al mejor precio y la mayor calidad, sin embargo, eso no interesa en el barullo que busca quién la pague antes de confirmar quién la debe.
Como sociedad tenemos que mantenernos en alerta ante la tentación e intervención de actores y factores políticos extasiados por el deporte de moda que consiste en poner bajo sospecha a quien se les ocurra, así se trate de personas o grupos de intachable trayectoria pública y privada. Con su táctica similar a los ajustes de cuentas que efectúa el narcotráfico al atacar sólo por el hecho de creer que alguien pertenece al bando enemigo, así segmentos e individuos se asumen como modernos inquisidores con hogueras dispuestas para zanjar fobias febriles.
En el caso que nos ocupa, Jenny del Rincón no se sentó de brazos cruzados a esperar que la insidia lo vulnere y procedió a ampararse contra cualquier treta inculpatoria. La razón jurídica y las barreras testimonial y moral están de su lado y el tiempo se encargará de certificarlo.
Como un asalto a la razón,
Y desdén a la inteligencia,
Involucran a Jenny del Rincón,
En ardides de maledicencia.
Aquí a Sinaloa y la mayor parte de México llegan de pronto las listas negras de las autoridades de Estados Unidos entablando cargos contra personas o grupos reeditando la práctica de tatuar “acusaciones” que en la mayoría de los casos quedan en dichos, pero marcan de por vida a los inscritos en el padrón de los sospechosos. Es la “tómbola” de las barras y las estrellas que ayer volvió a girar hacia el lado de Culiacán, esta ciudad una y otra vez estigmatizada por el narco.