Un castigo a la pobreza

    Las condiciones en las casas de pobres eran tan duras que muchas personas, aunque cumplieran con todos los requisitos para ser admitidos en ellas, preferían vivir en la calle a expensas de la caridad ajena, apuesta que, por cierto, era difícil de ganar en una sociedad que atravesaba una grave crisis económica.

    Las “Leyes de Pobres” promulgadas por la reina Isabel en 1596 fueron objeto de una enorme polémica y disputa parlamentaria. De sus más y sus menos, podemos decir que estas leyes fueron una de las tantas herramientas que Inglaterra utilizó para romper los círculos viciosos desatados por la enorme crisis económica que enfrentaba en aquel tiempo.

    Uno de esos círculos se entendía en los siguientes términos: en la medida que las condiciones económicas se volvían más adversas para la población, la fuerza productiva mermaba, en grado tal, que resultaba prácticamente imposible reactivar el sistema económico. En la medida que la economía se contraía, la población se volvía más pobre, más vulnerable, convirtiéndose en presa fácil de las muchas contingencias derivadas de la guerra, epidemias y catástrofes naturales.

    Por ello, el estancamiento económico de zonas que habían sido muy prósperas trajo consigo un enorme retraso, y uno realmente catastrófico en zonas que ya se encontraban económicamente deprimidas. El desempleo, como era de esperar, creció de modo galopante y con la falta de trabajo llegó la ausencia de ingresos, la desnutrición, la enfermedad y las pandemias.

    El desabasto de alimentos y de algunos productos indispensables para afrontar la crudeza del invierno, provocaron un descenso de la población y la esperanza de vida. La subsistencia en el campo se volvió más precaria, al tiempo que las ciudades dejaron de ser un espacio donde era posible acceder a una mejor calidad de vida, por ello la pobreza y la marginación se vivieron con la misma intensidad en el contexto rural y el urbano.

    La crisis representó un retroceso significativo en la producción y el despliegue económico de la isla. Si desde el Siglo 16 la producción industrial era incipiente, la crisis del Siglo 17 sofocó las posibilidades de expandir la naciente industria que ya se dejaba entrever en algunas innovaciones productivas realizadas desde los modestos talleres artesanales. La gravedad de la situación forzó a una reorganización laboral, que condujo a Inglaterra a retomar esquemas de producción agrícola que había empleado durante la primera etapa de la era feudal.

    Y así como buscaban romper el círculo vicioso arriba descrito, las “Leyes de Pobres” también buscaban romper otro derivado de la pobreza: los vicios y pereza que vienen de la mano con el tiempo de ocio del que dispone un desempleado. Siendo el ocio la madre de todos los vicios, en tiempos de crisis, nadie que tuviera la capacidad de trabajar debía pasar las horas sin hacer nada. Solo aquellas personas que realmente estaban incapacitadas para trabajar podían recibir ayuda gubernamental a través de las casas de pobres, las cuales garantizaban a sus moradores techo y, al menos, una comida al día.

    Ganarse un espacio en estas casas no era fácil. Quien quisiera ingresar a ellas debía demostrar que no tenía ninguna otra salida, porque no contaba con familiares que pudieran ayudarle, estaba impedido física o mentalmente, le aquejaba una enfermedad que lo obligaba a permanecer en cama durante un largo periodo de tiempo o cualquier otra desgracia inherente a la pobreza extrema.

    Las condiciones en las casas de pobres eran tan duras que muchas personas, aunque cumplieran con todos los requisitos para ser admitidos en ellas, preferían vivir en la calle a expensas de la caridad ajena, apuesta que, por cierto, era difícil de ganar en una sociedad que atravesaba una grave crisis económica.

    Por ello, en el imaginario de lo que fue la antesala a la Revolución Industrial, la única salida eficaz a la pobreza era el trabajo remunerado. Cuando los miembros de una sociedad trabajan, se decía, esta se vuelve próspera, digna y feliz, porque en ella hasta el más modesto de los obreros tendría los recursos necesarios para mostrarse ante los demás miembros de la comunidad, “vestido con una camisa de lino y unos zapatos de cuero”. Nadie que fuera considerado un miembro digno de esa sociedad podría vivir por debajo de ese umbral.

    En ese contexto, al igual que las fábricas, el transporte público jugó un rol clave. Era imposible que la sociedad se industrializara, si los obreros no contaban con los medios para llegar a tiempo a sus puestos de trabajo. La vitalidad de la economía urbana bullía a la par de la eficacia de sus medios de transporte. Además de Londres y París, también dieron muestra de esta correlación ciudades estadounidenses como Detroit, Chicago o New York, donde el sistema de trenes ligeros y el Metro jugaron un papel clave.

    La Ciudad de México no fue la excepción. Desde hace más de 50 años, la red del Metro ha movido en masa, a un precio accesible, a la mayor parte de su fuerza productiva. Sin embargo, reducirlo a una red de transporte para la base trabajadora, sería restarle mucho de su enorme valor simbólico. Me explico.

    En “Apocalipstick”, el último libro de crónicas escrito por Carlos Monsiváis, se dice: “El Metro es la Ciudad... Casi al pie de la letra. Es la vida de todos atrapada en una sola gran vertiente, es la riqueza fisonómica, es el extravío en el laberinto de las emociones suprimidas o emitidas como descargas viscerales. Y es el horizonte de las profesiones y los oficios, de las orientaciones y las desorientaciones, de los empleos y los desempleos. Y es la Ciudad más palpable, la que se verifica a sí misma sin necesidad de la televisión. El Metro no es un rasgo de la Ciudad, es, insisto, la megalópolis en su esplendor [...] Es el vertedero de almas en pena o en regocijo, la precipitación del silencio ruidoso. [...] Es la alegoría del mundo felizmente suspendido entre la estación Génesis y la estación Apocalipsis”.

    Imposible pensar otro nombre para la última estación de llegada porque, como nos recuerda el también literato Xavier Velasco, “hace muchos años que el Metro es un chiquero y abordarlo supone una aventura ingrata. Es decir, un castigo a la pobreza. Quienes de por sí deben recorrer distancias inmamables para llegar al trabajo o la escuela, tienen que hacer de tripas corazón para sufrir la afrenta cotidiana de ir y venir de espaldas al decoro y la seguridad, por cortesía de gente poderosa que fue del adanismo al neronismo buscando reparar lo que no estaba roto... y acabó por dejar en calidad de escombros aquello que una vez fue sobre ruedas”.

    Y por no dejar, van unas cuantas preguntas al margen: ¿De qué manera el gobierno indemnizará a las víctimas? ¿Tienen las agallas para reparar, como se debe, el daño generado? ¿Más allá de sus balbuceos absurdos, en qué momento las autoridades se avocarán a ello?