¿Por qué para algunos mexicanos el estar a bordo de un vehículo les hace sentir poderosos, imbatibles y con la idea de que las leyes y las normas de cortesía no se aplican a ellos?
Lo mismo se aplica al romántico trailero que se metió con todo y un vehículo de su trabajo a la zona de Playa Norte, en Mazatlán, que a la señora empoderada en su Windstar, en doble fila afuera del colegio o el chico del Uber que no se estaciona para dejar pasajeros.
Este fenómeno del coche que nos vuelve Mad Max o “El Borras” deberá tener una explicación psicológica o quizás antropológica, desde el tiempo que éramos una horda de primates salvajes en algún lugar de África.
Lo del turismo es algo que bien podríamos llamar el Efecto Acapulco, un destino en el pasado muy glorioso y hoy lleno de hoteles en ruinas, contaminación en sus playas y visitantes vandálicos.
Hace poco provocó en las redes sociales un escándalo el ver a decenas de motociclistas de bajo presupuesto, provenientes del centro del país, armando caos en Acapulco, incluso drogándose con una nueva combinación que se inyecta dentro de una guayaba para disfrutarla mejor. Chicas menores de edad lo hacían frente a las cámaras sin pudor y con la mirada perdida.
Procedo a definir lo que llamo “Efecto Acapulco”, luego de haber viajado a ese puerto a dar un curso de novela por algunas semanas diferidas, hospedándome en diferentes sitios y alimentándome en los más diversos escenarios.
Hace días, aquí en Mazatlán, vimos una nota sobre un grupo de turistas quejándose de que la policía los detuvo por andar en la vía pública con unas cervezas en la mano, con su consecuente “malentendido” con los representantes de la ley.
Desde el punto de vista de los agraviados, ellos no estaban haciendo nada malo. De antemano, entiendo que las leyes de alcoholes varían de un sitio a otro; por ejemplo, en el DF, uno puede comprar cerveza en una tienda de abarrotes, pero en cambio, no nos dan ningún vaso “para llevar” a la salida del antro porque es infringir la ley, mientras qué en Acapulco, todo se vale.
En buena parte del inconsciente colectivo del nuevo turista, yace la premisa de que, en los sitios de playa los reglamentos y las leyes son cuestión flexible, incluso digna de ignorarse.
La primera vez que fui a Acapulco en el marco del curso que impartí, me sorprendió ver que uno de mis anfitriones estacionaba su vehículo en un sitio prohibido. Fue una parada breve, para mirar una plaza histórica, y al ver una patrulla, le sugerí a mi amigo que se moviera.
La respuesta de mi anfitrión fue de tranquilidad. Cómo su vehículo tenía placas del DF, nadie nos iba a molestar. Los turistas eran los bienamados visitantes que podían desacatar las leyes.
Y así fue: los agentes de la ley y el orden no nos hicieron la menor observación. Ni siquiera encendieron brevemente las torretas, como a veces sucede en Mazatlán cuando uno se detiene en doble fila.
De ahí que una gran cantidad de turistas que hayan tenido como primera experiencia Acapulco mantengan la idea de que ese estatus sea válido en todo el territorio nacional vecino al litoral. Y en Sinaloa creemos que se puede meter un tráiler en la playa, como lo hacen en la sierra, para lavarlo y echarse unas cervezas en el río.
Vandalismo de ese tipo es fenómeno en crescendo: recordemos el visitante que rayó la estatua de Antonio López Sáenz delante de sus propios hijos, acción que por fortuna fue denunciada por otros turistas conscientes del agravio. O el otro, que tumbó el venadito de Olas Altas solo por hacer alarde del poder de su camioneta, llena de adolescentes, por cierto.
Mi amigo Gerardo Osornio, reconocido periodista radiofónico de Culiacán, afirmaba que muchos de sus paisanos tienen problemas cuando se hospedan en hoteles de Guadalajara o México porque creen que, por ser hotel, pueden comportarse como si estuvieran en Mazatlán en Semana Santa.
Sé que los acapulqueños que lean esta nota no se sentirán ofendidos: ellos mismos ya están cansándose de los estragos que algunos turistas cometen y la permisividad de algunas autoridades. Durante un tiempo, me cuentan algunos de ellos, fue muy común el abuso y prostitución de menores en el zócalo del puerto y, hasta hace poco, se colocó un sistema de cámaras para prevenirlo.
La Playa Norte, donde aconteció el incidente del transportista hoy glorificado por algunos, fue un hito de la vida mazatleca. Ahí estuvo el primer sitio de desembarque y de recreo. Aún se le sigue llamando la bahía de Puerto Viejo.
Ahí nacieron grandes balnearios en los años veinte, cuando estaban de moda los balnearios en todo el mundo y la gente no iba a la playa sin asegurarse tener donde cambiarse y comer en forma. Existen fotos de gente nadando ahí con trajes completos, de rayas blancas y negras, ante damas con quitasol de encaje.
En los 40, la playa de los Monos Bichis tenía más arena y era muy extendida. Hasta más profunda.
Un cronista de mi clase, el señor Antonio Aguirre, me contó que ahí fondeaba el buque tanque que traía combustible a Mazatlán y él de niño jugaba con sus amigos a llegar hasta él, siguiendo a nado la manguera.
Aparte, les encantaba nadar entre las manchas de aceite que se esparcían como gigantescas burbujas submarinas. A nadie le molestaban.
En los 70, fue el tiempo de ese gran cantinón que era La Perla, desde donde se transmitía en vivo a las 12 del día el programa Alegría frente al Mar, con música de banda en vivo, un anfitrión de voz amable y de fondo las voces de los bebedores que habían ido a echarse una media con la botana y, ya felices, mandaban saludos a La Barrigona o a poblados del norte de Nayarit.
Hace diez años el Ayuntamiento hizo su parte en sanear el área, instalar el gimnasio al aire libre y los mazatlecos hicieron su parte al asistir al club de natación. Va un reconocimiento póstumo al arquitecto Héctor Peña Tamayo, originario de Culiacán, quien fue uno de los tenaces impulsores del área y la adoptó como un proyecto personal.
Debemos cuidar nuestro presente. “Cuándo el pasado no ilumina el futuro, el espíritu camina entre tinieblas”: Alexis de Tocqueville