Son muchos y célebres los romances que narra la literatura universal. Empero, uno de los más clásicos es el amor imposible de consolidar entre dos amantes de familias enemistadas de la ciudad de Verona, Italia. En efecto, ¿quién no conoce la trágica historia de Romeo y Julieta, que narró estupendamente William Shakespeare? Después de miles de peripecias y cuando todo parece caminar sobre rieles, en lugar de una cita amorosa, el encuentro entre los enamorados se convierte en una cita con la muerte.
Pero, no solamente en la literatura universal se cuecen habas de esta categoría, también en nuestro entorno encontramos ejemplos de apasionado amor entre novios y esposos.
Permítanme recordar una columna en donde Francisco Gil Leyva relata una cita con su amada (publicada el 2 de noviembre de 1977): “Hoy tengo una cita con mi amada. Y le diré lo que ella ya sabe: que con impaciencia espero que llegada sea la hora en que yo haya de reposar a su lado (su amada esposa falleció el 4 de abril de 1976, a los 52 años de edad), para triunfar sobre la muerte que ha tenido la osadía de intentar separarnos. Mi amada ya lo sabe. Pero, como toda palabra de amor y de esperanza, hay que pronunciarla una y otra vez y otra vez”.
El 10 de agosto de ese mismo año, ya había escrito en su columna un importante consejo y recomendación: “Cuídala, mímala, paisano. Que te lo dice quien se retuerce en el profundo pozo de la soledad; en noches insomnes que reviven con nostalgia las horas felices de tiempos ya idos. Idos para siempre. Cuídala, mímala, paisano. Que en ello te va la vida”.
¿Concierto la cita en vida? ¿Esquivo el furtivo beso de la muerte?