Así describió el Papa Francisco, en el capítulo 5 de su autobiografía, a una prostituta vecina de su barrio, a quien apodaban “La Porota”, y a quien auxilió sacramentalmente en sus últimos momentos, siendo ya Cardenal.
No debe extrañar que Bergoglio fuera cercano a personas de esa categoría, pues Jesús enseñó que entrarían antes que quienes se creían más puros: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegarán antes que ustedes al Reino de Dios”, (Mt 21,31).
Incluso, recordemos que en la genealogía de Jesús se coloca a Rahab (Mt 1,5), la prostituta que escondió a los exploradores que envió Josué a Jericó, la cual se convertiría en tatarabuela del rey David.
Por eso, Jesús, durante el tiempo de su predicación, se mostró misericordioso con María Magdalena, a quien liberó de siete demonios, y a quien en siglos posteriores se calificó como una prostituta arrepentida, aunque no conste en los textos originales.
Volviendo a la autobiografía de Bergoglio, señaló que eran dos hermanas prostitutas: “la Ciche y la Porota”. Cuando llegó a ser Obispo auxiliar de Buenos Aires, lo buscó la Porota y le dijo que ya había cambiado de vida: “Ahora tengo una pensión. Y me dedico a limpiar a los viejitos y viejitas de las residencias de ancianos que no tienen a nadie que se ocupe de ellos. A misa no voy mucho, y con mi cuerpo he hecho de todo, pero ahora quiero ocuparme de los cuerpos que no interesan a nadie”.
Cuando ya era Cardenal de Buenos Aires, la Porota lo buscó porque organizó una fiesta con unas amigas y había varias que querían confesarse. Escribió Bergoglio: “Fue una celebración preciosa”.
Antes de fallecer, le administró la unción de enfermos, y murió en paz.
¿Soy misericordioso? ¿Discrimino a las personas?