En concordancia con la estrategia de divide y vencerás, toma cada oportunidad, como lo hizo Trump, para alimentar la discordia y el pleito y para ensanchar en lugar de estrechar las diferencias.

    Los buenos líderes -políticos, empresariales o sociales- unen en lugar de dividir. Si se acepta este parámetro para juzgar a López Obrador, deberíamos concluir que el Presidente no es un buen líder, que debería comenzar a cambiar su estrategia y alejarse del postulado atribuido a Julio César de divide y vencerás o divide para reinar.

    Tanto la literatura sobre política como la empresarial o la de psicología, hablan de dos estrategias dominantes: “divide y vencerás” o “unifica, crea una ambición común, encuentra la manera en que todos colaboren y construye un legado”.

    La primera busca amasar el mayor poder posible y la forma de alimentar atributos que se alejan de la democracia como método para conciliar diferencias: personalismo, segmentación entre buenos y malos, intolerancia, pensamiento único, sordera, mentira, culto a la personalidad y hasta fanatismo.

    La estrategia puede ser ganadora y duradera. Los gobernantes que se acercan más a esta estrategia, construyen narrativas convincentes independientemente de que puedan demostrarse los fracasos atribuibles a ellos. Ahí está el caso de Cuba. En 1962 Castro auguraba que en 10 años su país tendría un nivel de vida superior al de los Estados Unidos y que Cuba alcanzaría el nivel de vida más alto del mundo. Ni uno ni otro. Ni en 10 ni en 60 años logró su promesa. Hoy Cuba carece de una economía fuerte, de democracia y de índices de bienestar medianamente decentes pero el régimen sigue. Cuando el cálculo falló, la culpa no estuvo en las decisiones tomadas ni en su negativa a rectificar. La culpa siempre fue de “los otros”.

    Así pasará con México. No tendremos, como lo afirmó López Obrador desde 2018, un sistema de salud y un servicio médico “de primera”, similares a los de países como Dinamarca o Suecia. Los primeros culpables fueron los gobernadores: “¿saben quién maneja una parte de los servicios de salud? Los gobiernos estatales; así no se puede, vamos centralizar los servicios para brindar un mejor servicio”. Luego fueron los gobiernos del neoliberalismo que le dejaron un sistema en ruinas. Finalmente, la carencia de medicamentos, sin los cuales, ningún sistema de salud puede operar, fue culpa de las farmacéuticas. A tres años de gobierno no se ha avanzado un ápice. No hubo una estrategia que se construyera sobre lo mucho rescatable que tenía el sistema de salud como los institutos nacionales y sus directivos. No hubo medicamentos suficientes para atender los requerimientos de los hospitales: desde gasas y paracetamol hasta quimioterapias. De un plumazo desapareció el Seguro Popular que atendía a 53 millones de personas sin cobertura médica y lo reemplazó con el Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI) que proveería atención gratuita sin necesidad de afiliación. Hoy son menos las personas que gozan del derecho a la salud porque se sustituyó un programa -perfectible sin duda- por una ocurrencia con la pretensión de tener un sistema de salud nacional y universal por decreto. La culpa de este fracaso se atribuyó a un sistema fragmentado y desintegrado heredado por el neoliberalismo, el escaso mantenimiento a la infraestructura física de clínicas y hospitales y la falta de contratación de los recursos humanos necesarios. Hoy, ni siquiera sabemos cuántas personas tienen cobertura, cuántas contrataciones se han hecho y qué tanto se ha invertido en infraestructura. Lo que sí sabemos es que en 2019 y 2020 hubo subejercicio en salud del orden de 8 mil millones de pesos. Lo mismo ocurre en otras áreas neurálgicas como la seguridad, la educación, la producción de energías limpias, la impunidad ...

    El Gobierno no quiere oír hablar de estrategias alternativas. Menos aún de conjuntar esfuerzos con empresarios, expertos y grupos de la sociedad civil que comulgan con los propósitos de disminuir la desigualdad, atenuar la violencia, incrementar la inversión productiva, proteger a grupos vulnerables, avanzar las causas de las mujeres, mejorar el medio ambiente, reducir la corrupción y la impunidad o promover la cultura y la ciencia. A todos estos grupos se les ha debilitado, ignorado y alienado.

    En lugar de escoger como socios a la unidad y la colaboración, le parece más interesante tener como asociados a la división y la confrontación.

    En concordancia con la estrategia de divide y vencerás, toma cada oportunidad, como lo hizo Trump, para alimentar la discordia y el pleito y para ensanchar en lugar de estrechar las diferencias. Como él, se alimenta “de agravios, simplifica los problemas y encuentra a los culpables”.

    Los resultados están a la vista.

    ¿Hay bases para el optimismo? Difícilmente: el pasado es el mejor predictor del futuro y López Obrador le ha dicho de manera persistente y por todos los medios a quien tiene conocimiento y disposición de ayudar a un mejor desempeño del gobierno y a un mejor futuro, que NO quiere su asistencia.