De entrada, dejemos claro que estoy de acuerdo de hacer recapitulaciones históricas y, si lo es necesario y hay consenso social, puede ser sano modificar el nombre de un sitio geográfico.
Pero, si abrimos la discusión, nunca acabaríamos. Los próceres de hoy pueden ser la incómoda duda de mañana.
Para empezar, en Sinaloa hay una presa llamada José López Portillo y otra Luis Donaldo Colosio, aunque algunos locales aún le llaman presa Huites a esta última.
En Guadalajara, un gran y excelente hospital pediátrico se llama Gustavo Díaz Ordaz, terrible figura bajo la sospecha de la represión del 2 de octubre de 1968.
Más aún, en Oaxaca, capital, hay una esquina donde hacen esquina las polémicas calles Porfirio Díaz y Díaz Ordaz.
¿Cual debe ser el criterio? He mencionado solo ejemplos de políticos mexicanos.
Pasando a la geografía y dejando de lado a las obras hechas con nuestros impuestos, el caso más penoso a nivel mundial es el del Monte Everest, a quien le ignoraron sus tres nombres locales para ponerle el de un geógrafo inglés que no estuvo ahí.
El mismo señor Everest estaba en contra de ese honor porque afirmaba que los habitantes locales no iban a poder pronunciarlo.
Aquí pudo más el aliento imperial y las ganas de quedar bien de un alumno suyo.
A la hora de renombrar, yo empezaría por Mazatlán mismo: un alcalde borró el nombre de una de las calles más antiguas de Mazatlán para ponerle la Callejón Liverpool, en honor a un respetable gusto grupo musical de los años 60 formado en dicho puerto inglés.
Aunque es un éxito para los turistas la calle Liverpool, con su instalación de los Beatles, es lamentable que esté perdido el nombre del capitán Hilario Rodríguez Malpica, uno de los pocos héroes navales de la Revolución Mexicana.
Él combatió con brío aquí en las costas de Sinaloa, siendo sepultado en el Panteón Angela Peralta.
También en ese calle vivió y fue velado luego de su asesinato el poeta Esteban Flores, según descubrió el historiador Luis Antonio Martínez Peña.
Los campeones del revisionismo fueron los soviéticos. Es famoso el mural en el cual se borró a José Stalin, que estaba pintado detrás de Lenin y durante décadas se prohibieron los nombres de Trotsky, Kamenev, Zinoviev y muchos otros comunistas defenestrados en las purgas.
Esta conducta revisionista tiene rato ya en la Ciudad de México, donde podemos ver que ya no le llaman Ángel de la Independencia al monumento que hizo don Antonio Rivas Mercado, sino que ahora se le conoce como “la victoria alada”.
En el estado laico, no se adora a los símbolos del cristianismo, pero sí a los de la cultura griega.
Pasemos a Paso de Cortés. El lugar se llamaba originalmente Cuauhíchcac, el “tajón del águila”.
Más bien, debería ser Paso de Quetzalcóatl, que por ahí nos dice el mito que la deidad de piel blanca se alejó del Valle del Anahuac para morir frente al mar de lo que hoy es Veracruz.
Los historiadores nos dicen que esa información mítica del Paso de Quetzalcóatl, y su promesa de regresar, fue lo que obligó a Cortés a cortar camino entre los volcanes, explorar el Popocatépetl y llegar por Chalco, pasando por Iztapalapa y luego a Tenochtitlan.
Si, fue una estrategia efectiva. Y le costó porque era sinuosa. Con él también marcharon un montón de tlaxcaltecas y otomíes, así que no está tan mal nuestra Presidenta al proponer ese nombre.
No podremos glorificar a Hernán Cortés porque sigue siendo una figura polémica e incómoda, aunque fue uno de los fundadores de la modernidad mexicana y permitió el mestizaje. Las heridas del conflicto y el genocidio real están patentes y latentes.
Solo podemos y debemos darle su preciso valor. Como decía Montesquieu: “Para los vivos, justicia. Y para los muertos, toda la verdad”.
Cortes, como Colón, enfrentó problemas con la corona española de la época por sus excesos al ejercer el poder, en el llamado “juicio de residencia”.
Ambos murieron cansados y enfermos de andar exigiendo un reconocimiento nobiliario y económico que juraban merecer y no llegó.
Llevaron ese castigo en vida, además de una vejez amarga.
Invoquemos mejor la figura de Martín Cortés, uno de los primeros mestizos nacidos en lo que sería México y luego marqués del Valle de Oaxaca.
Fue hijo de la relación entre Hernán Cortés y Malinalli, la primer traductora trilingüe del continente americano.
Llegaría a combatir junto a los tropas del Rey Carlos V en la famosa Batalla de Mülberg, momento inmortalizado después por Tiziano. Un caso de éxito de mestizaje e integración.
Paso de Cortés o Paso de los Pueblos Indígenas, con el tiempo veremos que el uso se impondrá sobre los decretos más allá de los debates y dislates históricos.
Todo esto será una anécdota. Nadie dice “¿fuiste a Acapulco de Juárez y no me invitaste?” o “yo vengo de Culiacán de Rosales”.
Pero tampoco olvidemos que hubo un genocidio y que no debe de repetirse la persecución inquisitoria a quienes piensan y se sienten diferentes.
Eso es lo que no debemos dejar de lado y es la mejor lección de este asunto.