Gnozin Navarro
"Un día de estos deberías de escribir en total libertad cuanto se te venga a la mente sin importar que tenga sentido."
Genaro Navarro Rodríguez
(qepd)
SIN TÍTULO
Para empezar; el drama que sabe filtrarse por todas las partes de mi vida como el azul del cielo sabe estar por encima de todas las nubes del mundo. Tiendo a sentimentalizar las cosas y muchas veces me pierdo del aprendizaje que encierran. Repito la lección más allá de lo necesario. También me pasa como a José Alfredo: "siempre caigo en los mismos errores". Dudo de mí: ¿tendré remedio? Me rescata una respuesta: creo que sí. Recientemente me han estado cayendo algunos veintes acerca de cuestiones que hace años creí tener claras. Esa es una buena señal. ¿Madurez? Lo dudo. Creo que moriré con pocos aprendizajes reales. Estoy prácticamente resignado a ello. No me asusta ni me desmoraliza. Tampoco creo que se trate de cinismo. Un poco de descaro tal vez. Y es que si no me aburro. El aburrimiento es una clara evidencia de arrogancia. Aburrirme es echarle en cara a la vida, a Dios, a las cosas y a la gente que no se encuentran a la altura de mis expectativas. Por eso me entretengo. Me viene la cita esa de la Biblia que hace mención de que Dios aborrece a los tibios. Es que el entretenimiento es tibieza pura, no frescura. En la escala de dueñez de la propia existencia los extremos son claros: me tengo y no me tengo; la zona intermedia, esa que habito mientras me tengo o en definitiva me abandono y no me tengo, me entretengo. ¿Seré yo? ¿Seremos casi todos?
La vida es una continúa danza de nacimiento y muerte. El murmullo de la impermanencia me incita soltar todo aquello a lo que me aferro. En la medida que llego a dar por sentada la permanencia de las cosas en mi vida en esa proporción me niego la posibilidad de abrazar el misterio y aprender de él. Al hacer esto me cierro y nace en mí la codicia; que bien puedo revestirla con variados disfraces según la circunstancia.
Amar es aspirar a ser correspondido en la misma medida y el mismo sentido. Se trata de un ingenuo acto de fe. De ahí que las parejas nos comprometemos. Promesas en las que queremos creer. Depositamos nuestra fe. Ahí los franceses son más claros ya que los novios comprometidos se llaman fiancée, palabra que viene de fe. Esa certeza de lo que no se ve. Amar es una total y absoluta locura necesaria para sobrevivir.
La flora sentimental humana brota de unas cuantas claves genéticas atribuibles a las cosas cuando en realidad somos generadores de dichas experiencias: relevante/irrelevante; atractivo/repulsivo; agradable/desagradable; apreciable/despreciable; activador/depresor.
¿Te gusta tu vida? Felicidades! Hilario Recio brinca entre los bastidores de mi memoria y pregunta: ¿eres feliz? ¿Acaso son más tus dichas que tus desdichas? Siempre le he respondido que sí.
La emoción está en el riesgo. De hecho, la vida es riesgo. La seguridad es sólo un cuento que elegimos contarnos para dar el siguiente paso con certeza. Dar momento a momento el salto de fe. Y vuelve el vocablo otra vez a aparecer: FE. Sin fe no hay progreso. Fe ¿en qué? En todo. La vida. Las personas. El resto de los seres vivientes. La naturaleza. Dios. Fe en que todo ocurre por una razón. Fe en que la mano invisible que orquesta nuestros días, nuestro aliento y cada latido de nuestros corazones lo hace con alegría, amor y decoro. Fe en que a tu vida llega sólo aquello que necesitas, pides y crees que mereces. Fe en que la muerte no es el fin de una relación sino el nacimiento de comprensiones mayores.
Tarde o temprano, antes o después cada experiencia es capitalizada en beneficio propio o de la familia humana, entonces no existe tal cosa como pérdida de tiempo. El ritmo de las cosas, de las personas y de la vida es el que debe de ser, no el que yo juzgo correcto. La impaciencia es una locura de nuestros días. Aunque la cordura es sólo un convencionalismo estadístico.
Abordaremos el origen de cada uno de estos temas si acaso logro encontrar su semilla, y si no, pues no. Quedo con Dios y contigo: yosoy@gnozin.com