Padre Esteban González Lara
En aquel tiempo, estaba Juan el Bautista con dos de sus discípulos, y fijando los ojos en Jesús, que pasaba, dijo: "Este es el cordero de Dios". Los dos discípulos al oír estas palabras, siguieron a Jesús. Él se volvió hacia ellos, y viendo que la seguían, les preguntó: "Qué buscan". Ellos le contestaron: "Dónde vives, Rabí?" (Rabí significa "maestro"). Él les dijo: "Vengan a ver".
Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con Él ese día. Eran como las cuatro de la tarde. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron lo que Juan el Bautista decía y siguieron a Jesús. El primero a quien encontró Andrés fue a su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Mesías" (que quiere decir "el Ungido"). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él la mirada, le dijo: "Tú eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás (que significa Pedro, es decir "roca") (Jn. 1, 35-42).
INTRODUCCIÓN
Hoy empezamos una nueva etapa en la liturgia, después de haber celebrado las fiestas de la Navidad y la Epifanía. Iniciamos la primera fase del llamado "Tiempo Ordinario", que dura hasta que empecemos la Cuaresma. Durante este año, escucharemos los textos más importantes del Evangelio según San Marcos, aunque en algunos domingos se proclamará el de San Juan, como hoy; San Marcos nos centra en lo fundamental del misterio de Jesucristo.
De acuerdo al texto evangélico de este domingo, lo que a Juan Bautista le importa es señalar a Jesús como el "Cordero de Dios", como el único camino de salvación y de vida eterna.
1. EL ÚNICO SALVADOR ES JESÚS
El único cimiento de la Iglesia es Jesús; el único camino de vida eterna es Jesús; por ello, nuestra misión es que todos lo conozcan, lo amen, lo acepten de corazón, se hagan sus discípulos y traten de impregnar su vida con el Evangelio; es decir, que lleguen a vivir según el estilo de Jesús. Nosotros somos sólo como el Bautista: preparamos el camino al Señor; somos sus colaboradores y sus instrumentos. En ese sentido, Jesús nos dice que, cuando hayamos hecho todo cuanto se nos encomendó, no hemos de presumir ni exigir una recompensa, sino que sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer (Cfr Lc 17, 7-10).
Este es el gran ejemplo que hoy nos da Juan Bautista: no pretende considerarse el Mesías, ni que darse con sus propios discípulos, sino que éstos los lleva ante Jesús, les señala al Mesías, al esperado, al Salvador, al "Cordero de Dios". Muchas personas pensaban que Juan era el Mesías, y por eso lo seguían; sin embargo, Él con toda claridad afirma que su misión es sólo preparar el camino al Señor y que, al llegar a Jesús, él ha de desaparecer, pues no se considera digno ni siquiera de desatar sus sandalias. Es muy consciente de su misión y no pretende quitarle a Jesús su lugar ni competir con él.
Esto es lo mismo que nos corresponde a los sacerdotes y agentes de pastoral: que Jesús crezca en los fieles y que nosotros vengamos a menos, como dice el Bautista: "Es necesario que Él crezca y yo disminuya" (Jn 3, 30). Con esto no nos menospreciamos, sino que nos justipreciamos; es decir, adquirimos nuestro verdadero valor: ser apóstoles de Jesús.
Juan Bautista convence a sus propios discípulos, Andrés y Juan, de que sigan a Jesús y no reduzcan su vocación a admirar y seguir al Bautista. Andrés, una vez que conoce a Jesús, no se queda con la gran noticia sólo para sí, sino que inmediatamente la comparte con Pedro y lo lleva ante Jesús; se hace un apóstol apasionado de Jesús. Pedro es llamado también, y se le confiará la gran misión de presidir la Iglesia, a pesar de sus limitaciones.
Esta gran tarea confiada a Pedro, la continúan hoy el Papa, quien está dispuesto a desempeñarla hasta que Dios le conceda vida.
2. LA VOLUNTAD DE DIOS NOS GUÍA
Por otra parte, en la liturgia de este domingo se proclama un texto sobre la vocación del profeta Samuel. Reconoce que Dios lo llama, por medio del anciano Elí, para una tarea muy concreta ante el pueblo. Su respuesta es inmediata: "Habla, Señor, tu siervo te escucha" (1 Sam 3, 3-10). Esta es la actitud que hemos de tener todos los cristianos, particularmente los consagrados, los sacerdotes. Lo que nos ha de guiar es la voluntad de Dios, descubierta con la ayuda de otros seres humanos, aunque Dios nos manifieste a través de sus legítimos representantes. Por ello, el Salmo 39 nos invita a cantar: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".
Esta es la actitud que Jesús tuvo durante toda su vida. En el huerto Getsemaní, supo trascender las intrigas de quienes lo rodeaban, y descubrir lo que Dios Padre le pedía en ese momento. Aceptó la voluntad del Padre, aunque humanamente era inexplicable y sin sentido. Aceptar esta decisión le provocó gran angustia, reflejada en los gruesas gotas de sangre que sudó, como narra el médico y evangelista Lucas (Cfr Lc 22, 39-44).
Ojalá sea ésta también la actitud de quienes hemos decidido seguir el camino de Jesús, y no nos contagiemos de quienes sólo se dejan llevar por sus criterios pasionales, de quienes destilan rebeldías, recriminaciones, desconfianza y descalificaciones. Hemos de estar siempre dispuestos a decir: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".
CONCLUSIÓN
Lo que importa es que Jesucristo sea conocido y amado. Lo que más debemos procurar no es nuestro interés personal, sino que muchos vivan como nos enseñó Jesucristo, con dignidad, sin rencores, ni opresiones, sino en hermandad. A los sacerdotes y religiosos se les puede cambiar de parroquia o comunidad; pero el Señor Jesús se queda siempre entre sus fieles, y es a Él a quien servimos y por quien vivimos. Nosotros no somos el centro; no somos los salvadores; no somos imprescindibles.
Lo que anhelamos es que muchos se decidan a conocer a Jesús, seguirlo, vivir conforme a su Evangelio y hacerse sus apóstoles. Todo lo demás es muy secundario y relativo. Lo que la Iglesia pretende no es obtener poder, sino acercar a todos hacia Jesús. Es el ejemplo del apóstol Andrés, quien una vez que conoce al Maestro, convence a su hermano Pedro para que vayan a conocerlo. Esto es lo que más nos interesa: entusiasmar a muchas personas para que sean discípulos de Jesús.
¿Somos capaces de decir: "Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad?".