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"Alfa y omega"

"La Santísima Trinidad"
07/11/2015 11:01

    Pbro. J. Esteban González Lara

    LA PALABRA DEL SEÑOR
    En aquel tiempo, los 11 díscípulos se fueron a Galilea y subieron al monte en el que Jesús los había citado. Al ver que Jesús, se postraron, aunque algunos titubeaban.

    Entonces, Jesús se acercó a ellos y les dijo: "Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la Tierra. Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a cumplir todo cuanto yo les he mandado, y sepan que yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo" (Mt 28, 16-20).

    INTRODUCCIÓN
    Hace ocho días concluimos las fiestas pascuales. El lunes pasado iniciamos la segunda parte del Llamado Tiempo Ordinario; éste se prolongará hasta fines de noviembre, cuando iniciaremos el nuevo año litúrgico; con el Adviento preparatorio de Navidad. Hoy comenzamos la décima semana ordinaria, celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad.
    Esta fiesta es como la síntesis de todo el misterio de la encarnación y de la rendición que hemos conmemorado en los dos periodos fuertes del año litúrgico, que son Aviento-Navidad, Cuaresma-Pascua. En efecto, es Dios Padre quien nos envía a su Hijo Unigénito, el cual se encarna en María por obra del Espíritu Santo. Es también al Padre quien dispone que Jesús debe asumir la cruz, padecer y morir, para resucitar y subir al cielo, de donde nos enviará al Espíritu Santo. Este Espíritu continúa en la historia la obra redentora del mismo Jesús, por medio de la Iglesia. La Iglesia hace presente, actualiza el amor del Padre, manifestado en Cristo, por gracia del Espíritu Santo. Es decir, todo el misterio cristiano tiene su origen, su realización y su cumplimiento en la Trinidad.

    1. EL AMOR ETERNO E INCOMPRENSIBLE
    Creemos, porque así nos lo ha revelado Jesús, que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas distintas, pero no tres dioses, sino uno sólo Dios. Para nuestra mente, esto parece un juego de palabras y algo absurdo, pues tres siempre son tres y uno siempre es uno. Para un Dios no es así. Tres personas no son tres dioses, sino uno solo. Las tres personas son iguales en dignidad, en naturaleza e importancia; sin embargo, son distintas y claramente diferenciadas, pues cada una tiene su identidad y su misión. ¿Cómo se explica que no sean tres dioses? No hay explicación racional; sólo se admite por la fe. Y en la fe rebasa la razón. Lo creemos, porque así nos lo ha revelado Dios mismo, en Cristo. Si Él no nos los hubiera declarado, nadie lo aceptaría; yo no lo creería.

    Pretender llegar a una compresión del misterio de Dios es un sueño imposible. ¿Cómo queremos que toda la grandeza e inmensidad de Dios quepa en nuestra limitada mente humana? Sólo si fuéramos dioses podríamos captar toda la realidad de Dios. Pero si somos humildes, aceptamos nuestra limitación y reconocemos que no somos dioses, podremos dar el paso que requiere la fe: aceptar el misterio de Dios y postrarse ante Él, para adorarlo y glorificarlo. Los orgullosos, los que todo lo quieren demostrar con la ciencia humana, los que se creen capaces de adentrarse en todos los secretos, no llegan a ponerse de rodillas, para adorar y contemplar este misterio. Ellos se creen dioses. Les pasa como a Adán y Eva, que queriendo saber todo como Dios, sólo descubrieron que estaban desnudos y quedaron excluidos del paraíso, sin la amistad de Dios.
    La liturgia, sin embargo, no es tanto una elucubración teológica, sino la celebración de un misterio; es decir, por medio de signos se hace presente la realidad que celebramos. Por tanto, Dios Padre, Hijo y Espíritu , se hace presente y vivo entre nosotros.

    2. GLORIA AL PADRE Y AL HIJO Y AL ESPÍRITU SANTO
    Dios es nuestro Padre, que nos ama, nos crea, nos cuida, nos acompaña y quiere lo mejor para nosotros. Por eso, hemos de confiar en Él, acudir a su misericordia, presentarle nuestras necesidades y abandonarnos como un niño en brazos de su Padre y de su madre. No hay que tenerle miedo, sino temor respetuoso; pero sobre todo, una confianza total. Aunque nadie nos ame y comprenda, Él nos ama y comprende. Aunque todos nos dejen solos, Él nunca nos abandona, incluso cuando nosotros mismos lo hayamos abandonado a Él. Aunque nadie nos ofrezca consuelo. Él nos alienta y sostiene.
    Él Hijo eterno del Padre, el Verbo Encarnado, Jesucristo, es nuestro único Salvador y Redentor. No estamos perdidos ni derrotados. En Él encontramos la libertad, el perdón, la esperanza, la vida, el camino, la verdad, la salvación. A Él fuimos injertados desde nuestro bautismo, aunque lo hayamos recibido desde niños, sin tener conciencia del mismo. Es un regalo que recibimos, y los regalos no se discuten, sino que sólo se reciben. Aunque nosotros traicionemos nuestra relación bautismal con Cristo, Él permanece fiel y sigue con los brazos abiertos, esperándonos, para hacernos partícipes de todo el amor del Padre.
    El Espíritu Santo, enviado a nosotros por el Padre y el Hijo, nos lleva a su vez al Padre y al Hijo, para cerrar un círculo de comunicación profunda de vida y de amorío trinitario. Nos hace conscientes de que somos hijos del Padre y, por tanto, hermanos de Cristo. Nos enseña a comunicarnos con cada una de las tres divinas personas, nos hace caer en la cuenta de nuestras infidelidades. Nos impulsa, como un viento impetuoso y fuego vivo, para ser testigos y apóstoles del amor divino, manifestado en Jesús.

    CONCLUSIÓN
    Ante esta realidad tan profunda y tan bella, no nos queda otra actitud más que contemplar y agradecer. No pretendamos llegar a entender la totalidad del misterio. Fiémonos del amor de Dios, seguros de que esto es verdad, porque así se nos ha revelado Jesucristo, al manifestarnos esta certeza, no nos engaña. Él ha demostrado que es Dios, y por tanto su autoridad es definitiva.
    ¡Qué dicha tan grande! En Verdad, somos "el pueblo escogido por Dios" (Cfr Deut 4, 32-40 y salmo 32). Gocemos el regalo tan inmenso que recibimos desde nuestro bautismo al haber sido puestos en comunión íntima de vida con cada una de las tres divinas personas. Desde entonces, somos hijos amados del Padre, redimidos en Cristo y guiados por el Espíritu. ¡Qué tesoro tan extraordinario! No deje usted a sus hijos sin esa gracia. Tan pronto sea posible, llévelos a bautizar. Antes, para saber lo que se va a recibir, escojan padrinos casados por la Iglesia y, con ellos, acudan a su parroquia a recibir la catequesis prebautismales. Si puede, haga fiesta, pero sin excesos en bebidas. Vale la pena estar contentos, por la vida divina que se ha recibido; hay que esforzarse en no perderla por los vicios, sino en actuar como dignos hijos de Dios, y viviendo en gracia de Dios es posible construir la unidad desde nuestras diversidades.
    El día en que aprendamos a vivir la unidad dentro de las diversidades, como sucede en la Santísima Trinidad, los partidos políticos no serán para "partir" y dividir más a los pueblos, sino para diferenciar las distintas opciones que puedan se viables.
    Cuando se viva diariamente en una familia el ejemplo de la Trinidad, habrá unidad.
    Entonces, los hijos, con sus variadas características, serán una gloria para el hogar. Claro que no todo es perfección como en la Trinidad, pero si toda la familia se acerca a Dios, poco a poco lograrán una armonía semejante a lo divino.
    En la Iglesia no pretendemos todos ser de una misma tendencia, espiritualidad, eclesiología y línea pastoral, sino que reconocemos como una gracia que somos diferentes, pero todos luchando por el mismo Reino de Dios, entonces así seremos la Iglesia que Jesús quiere. Los apóstoles eran muy diferentes entre sí, pero todos estaban unidos en torno a Jesús y a su proyecto de vida para el mundo. Ojalá así sean nuestras comunidades eclesiales, parroquias, grupos y movimientos.