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"'Bailo para ser feliz, sé que nunca seré rico'"

"Moisés Himmelfarb es egresado de la escuela de Delfos y ex miembro de Kibbutz, una de las 10 mejores compañías de danza del mundo"
15/11/2015 06:42

    MAZATLÁN._ El bailarín profesional Moisés Himmelfarb catapultó su talento artístico en el puerto, pues recién graduado de la Escuela Profesional de Danza Contemporánea de Mazatlán, fue aceptado en Kibbutz, la mejor compañía de danza contemporánea de Israel y una de las 10 más importantes a nivel mundial. 

    "Yo no hago danza porque me conviene económicamente, si yo fuera racional con respecto a mi carrera, no hubiera decidido ser bailarín, es un trabajo mal remunerado, quién quiere vivir en una realidad social injusta, quién quiere matarse trabajando y recibir una bicoca a cambio", dijo. 

    "Me conviene emocionalmente, porque me da salud sentimental, estoy rodeado de personas como yo, que les gusta lo creativo y la emoción de descubrir cosas nuevas en tu interior y fuera de ti y usar la danza para hablar de ellas". 

    Moisés fue el más destacado alumno de su generación, la décima egresada de la escuela mazatleca. Su talento no sólo se vio reflejado en el desarrollo técnico de sus movimientos, también lo hizo en el sentido de la creación coreográfica, el diseño de ropa, sus propuestas de artes visuales y literatura alcanzaron niveles de calidad profesional y marcaron un hito en la Escuela de Delfos. 

    Para Moisés, la danza es una necesidad, no puede vivir sin estar relacionado con este arte física y espiritualmente. 

    "Cuando decidí dejar la compañía Kibbutz, en donde estuve dos años, primero como bailarín y después como maestro y ejecutante, lo hice porque estaba cansado, no había parado de bailar y trabajar en la parte creativa en seis años, los cuatro de mi carrera y los dos que estuve en la compañía israelí, que es muy demandante, sobre todo físicamente", compartió. 

    "Decidí parar un tiempo, quería ayunar de danza, lo hice por tres meses, al cuarto mi salud física se empezó a deteriorar: tosía, mi tono muscular se fue perdiendo, tenía dolores y empecé a estar triste sin motivo. Tenía todo para ser feliz, estaba en Ámsterdan, mi ciudad favorita del planeta y tenía la oportunidad de descansar, fue cuando se me reveló mi verdad. 

    "Me di cuenta que no me estaba rebelando contra los deseos de mi abuelo, como tantas veces me lo habían dicho, él siempre deseó que fuera economista o politólogo; no fue así, no fue un capricho, la danza es algo que yo necesito hacer para estar bien física y emocionalmente. Me da energía, salud, alegría, vida, me da un círculo social, plenitud".

    Con el juicio familiar
    Como en el caso de la mayoría de los jóvenes que se quieren dedicar profesionalmente a cualquier disciplina artística, la familia de Moisés vio con recelo su interés por la danza. 

    "Siempre tuve la presión familiar de tener una carrera que ellos consideraban que era de verdad, y siempre escuché las frases: 'del arte no se vive', 'hay que ganar dinero para sobrevivir', esas cosas que todos los que estudiamos danza tenemos que oír", comentó. 

    "Todos estos prejuicios están basados en una realidad, es muy difícil que un economista y un bailarín o coreógrafo tengan el mismo sueldo, eso es imposible, no pasa". 

    Moisés intentó darle gusto a su familia, estudió dos años Economía en el ITAM y luego se cambió a Comunicación para tener una profesión que tuviera que ver con la creación, por lo que ingresó a la Universidad Iberoamericana por dos años más. 

    La pasión, la necesidad entrañable de crear, de moverse es lo que define la vocación de un bailarín y Moisés le hizo caso, escuchó su naturaleza. 

    "Si yo me hubiera puesto a pensar profundamente si iba a tener dinero para vivir holgadamente o una casa de playa a los 30 años ejerciendo mi profesión y le hubiera hecho caso a lo racional, no hubiera sido bailarín y quizá no hubiera encontrado equilibrio en mi vida. Me dejé llevar por mi pasión, quería ser feliz, necesito de la danza para sentirme vivo".

    Su acercamiento a la danza
    Moisés nació en el Distrito Federal, su primer contacto con la danza la tuvo siendo niño. 

    "Una tía bailo en el Ballet Nacional de Guillermina Bravo en los años 80 y se casó con Tom Hebert, que fue primer bailarín de Paul Taylor. Ambos se fueron a Washington y crearon su propia compañía", compartió. 

    "Cuando me vieron de pequeño me hicieron ponerme en primera posición y les dijeron a mis papás que tenía las aptitudes físicas para el baile, ese fue mi primer contacto con la noción de que había una profesión que se llamaba danza". 

    La comunidad judía de la Ciudad de México le dio la oportunidad de tener experiencias con la danza . 

    "Mi hermana se metió a un curso de baile en secundaria y cuando la vi me sentí muy atraído. A los 12 años empecé a tomar clases en la comunidad judía de México, tiene un festival de danza que se celebra cada año en el Centro Deportivo Israelita en primavera, primero fue danza folclórica israelí y después, en la preparatoria, participé en la categoría de danza contemporánea", comentó. 

    "La danza folclórica es muy importante para la comunidad judía, el folclor judío está muy vivo, se baila en bodas, su faceta escénica ha evolucionado y es muy importante para la comunidad. Tuve la oportunidad de hacer grandes espectáculos porque el club israelita tiene un presupuesto importante para el Festival de Primavera, hace un concurso y mis coreografías ganaron varias veces el primer lugar". 

    Moisés fue acogido bajo el manto y el conocimiento del maestro Óscar Ruvalcaba, que le dio su primer clase de ballet, le enseñó técnica.

    Encuentra su camino
    "Un amigo me invitó a trabajar en una propuesta coreográfica de su universidad en Austin, hice mis maletas y le ayudé con el vestuario y apoyé la parte creativa. Me gustó el ambiente y decidí ingresar a la Facultad de Danza de la Universidad de Texas", mencionó. 

    "Los maestros de esa institución, cuando se enteraron que me iba a inscribir me dijeron que la mejor escuela de danza contemporánea estaba en Mazatlán y que la dirigía el grupo Delfos". 

    Moisés no lo pensó, vino directo a Mazatlán y se inscribió en la Escuela Profesional de Danza Contemporánea del puerto. 

    "Mi primera experiencia cuando entré a la escuela fue una cachetada, un balde de agua fría. Yo llegué creyéndome un coreógrafo, mi actitud fue la de: 'les estoy haciendo un favor de inscribirme en su escuela'. Ellos me enfrentaron a lo que es realmente hacer danza contemporánea", expresó. 

    "Fueron cuatro años de trabajo muy duro, de aprendizaje, de crecimiento y reinventarme desde mis cenizas. Cuando llegué a Mazatlán tenía poco de haber muerto mi mamá de cáncer, mi vida familiar se entintó de enfermedad y nostalgia y yo me sentía desolado. Delfos significó adquirir una seguridad fundada en algo real, que es adquirir una verdadera técnica, tanto con ellos como con Zoila Fernández y Margarita Naranjo, mis maestras de ballet". 

    Moisés sigue creando coreografías, recientemente ofreció un curso a los alumnos de la Escuela de Danza Contemporánea de Mazatlán sobre el nivel de disciplina que se maneja en la compañía Kibbutz.
    Actualmente su vida está empedrada de felicidad gracias a la danza.


    Moisés Himmelfarb
    Fue miembro de la prestigiada compañía de danza contemporánea Kibbutz, de Israel, por dos años, entró como bailarín y posteriormente le asignaron algunas horas como maestro de sus compañeros. 

    En esos dos años bailó 70 funciones en las que interpretó obras del repertorio que ha hecho famoso a Kibbutz en el mundo. 

    Su interés es bailar sus propias obras coreográficas y que otros interpreten sus creaciones. 

    Ha creado una serie de clases de formación de bailarines en donde el ballet es el epicentro de donde se deriva un serie de adaptaciones que Himmelfarb diseñó para potenciar el desarrollo técnico de los estudiantes. 

    Moisés Himmelfarb tiene 29 años y es egresado de la décima generación de la Escuela Profesional de Danza Contemporánea de Mazatlán, dirigida por Delfos.