|
Columna

Día a día

03/03/2026 12:19

    Yo soy tan cotidiana que me baño por la mañana para refrescar mi cerebro. Desayuno huevos, leche y pan todos los días. Después reviso mi lista de pendientes, dejo indicaciones para mis trabajadoras domésticas y salgo a trabajar desde temprana hora.

    El amor se me da en el transcurso de la mañana, con la sonrisa de los niños, las travesuras de los jóvenes de secundaria, las preguntas inquietas de los de preparatoria y en la plática seca y escasa con mi marido. Lo que llena de emoción y anima mi ser es el contacto directo con la creación que se diversifica en proyectos de festivales escolares, en pequeñas clases repletas de anécdotas y chispeantes aprendizajes claves, en el contacto íntimo de la pluma con el papel, en el delicado teclado de mi iPad que va plasmando mis imágenes en pequeños poemas, en ver el sol, en admirar el mar paseando a medio día por la costera, en ser la Uber de mis tres pequeños nietos porque tengo siete, en inventar un nuevo platillo y cómo presentarlo para que salive la boca, compartir con Menina mi perrita palomitas de maíz o frituras al ver una buena película de una hora y media o leer una historia que me asombre por su tema o personajes.

    Y cada día me levanto y me acuesto elevando mis ojos a la imagen del Cristo que tengo de cabecera para darle las gracias con un padre nuestro y sentirme con la salve una verdadera hija de María. Ese es mi día que termina con la ingestión de un somnífero para mi apacible sueño. Soy tan simple como el beber un vaso de agua con 7 pastillas. Y no es rutina sino la cotidianidad de la vida.