|
Columna

El Apóstol Juan en las bodas de Caná

EVANGELIZACIÓN, EDUCACIÓN Y CULTURA
15/11/2022 16:35

    La noticia llegaba, allá en la rivera del rio Jordán un joven predicador, con vehemencia anunciaba la llegada de un reino liberador, el mismo predicado por los profetas de Yahveh, la fuerza del carácter de este personaje se trasmitía en su mensaje, invitando a un radical cambio.

    Juan, a quien llamaban El Bautista, después de anunciarles su mensaje, los sumergía en las aguas del río, cuando se vio venir a otro joven de su misma edad y de su parentesco, quien se suma a los que se hacían bautizar, fascinado por estas escenas, un asistente a este evento, también llamado Juan, le hace una seña a su hermano Santiago y ambos se acercan al recién llegado tratando de indagar quien era y de donde venía, este como respuesta le dijo, “vengan a ver”.

    Un grupo con diferentes caracteres aceptarían, después, la invitación, de aquel a quien llamaban Jesús, el Maestro, siguiéndolo en los momentos en los cuales sus actividades y sus familias se lo permitían, pero le seguían tratando de asimilar una ilusión que aún no alcanzaban a comprender

    En la distancia del tiempo, Juan, entonces joven y ahora con el paso y el peso de los años, es el más viejo aún con vida del grupo de los que siguieron al maestro, llamado Jesús. Su memoria recopila los recuerdos entre ilusiones y fracasos que lo habían conducido por un camino que nunca había imaginado transitar.

    “Cuando eras joven tu ibas a donde querías, cuando seas viejo otro te llevara a donde no quieras ir”, alguna vez escucho estas palabras dirigidas al apóstol Pedro, anunciándole un destino que este se reusaba a seguir, pero que después el mismo aceptaría de una forma total.

    El mismo Juan y todos sus compañeros, aterrados por el miedo, habían abandonado a su maestro, en el momento crucial de su pasión, solo las mujeres, junto a su madre le habían seguido hasta el final. La madre de Jesús le contaría después a juan lo que aconteció en esos cruciales momentos y como desde el patíbulo le había encargado el cuidado de la comunidad de sus seguidores a quien el Maestro llamaba; “El Discípulo Amado”,

    Visos de tragedia ahora de vislumbraban sobre la capital de los judíos, las exaltaciones de grupos disidentes de la ocupación de los opresores abandonaban la prudencia, manifestándose y ya se rumoraba que se acercaban contingentes de tropas, dirigidas por el general Vespasiano, la tragedia se haca inminente.

    Juan, el apóstol, apresuradamente sale de Jerusalén, con María, la madre de Jesús, llegando a la ciudad de Éfeso, donde permanecerá un tiempo, mientras pasan los trágicos acontecimientos. María le abre su corazón, descubriéndole la profundidad de su amor como esposa y como madre, sus sueños junto a su esposo José, entre luchas y desilusiones, afrontando el vivir de cada día, mientras veían crecer al hijo de sus amores; Jesús.

    Juan recoge las experiencias vividas por la madre de Jesús, plasmándolas en el inicio de su evangelio.

    “Allá en Caná de Galia”, la añoranza surca la distancia del tiempo, vuelve a su ya lejana juventud, reviviendo el inicio de su aventura, hubo un matrimonio, María, la amante esposa y madre estaba ahí, era una celebración festiva, en la cual Jesús se autorreveló como portador del anuncio de la salvación.

    En la sacralidad del amor humano de dos jóvenes esposos, el apóstol retoma la ilusión que el mismo una vez vivió, contemplado en la sacralidad del matrimonio, en donde se manifiestara el renacer por el agua bautismal, llenando el vacío de la antigua ley, junto al derroche de amor derramado en la sangre, simbolizado el nuevo vino.

    Aquel matrimonio, símbolo de la nueva alianza, de cuyo fruto nacerá el discípulo amado: La iglesia