Los antiguos latinos definieron al ser humano como “Homo sapiens”, designando la capacidad impresa, en él, de ser poseedor de una inteligencia, lo cual, a pesar de las limitaciones de su naturaleza física, lo coloca en un nivel de superioridad con respecto los otros seres vivos pertenecientes al reino animal.
Esa capacidad pensante distingue al hombre, partiendo de un misterio desde el cual surge distinto al entorno de todos los seres creado, al poseer una impronta originada desde un misterio por el cual existe la existencia: El misterio de Dios.
Anclados, por ahora en el mundo material tangible para nosotros, nuestra capacidad de observación se limita hasta donde nuestra percepción alcanza a llegar, más allá de eso estamos en el campo de la especulación, elaborando hipótesis y teorías.
Desde nuestra parcial percepción de las cosas, todo es explicado con la nuestra capacidad experiencial con la cual pretendemos dar una definición recurriendo a analogías para dar una explicación, de acuerdo a nuestra experiencia, de quien es: El totalmente otro.
Los atributos divinos se convierten, de esta manera, en explicaciones humanas, con una orientación hacia la verdad infinita, que no puede ser encerrada dentro de las limitaciones de la comprensión humana.
¿Quién o cómo es Dios? ¿Dónde está Él?, las explicaciones humanas, con una relativa erudición y acompañadas con un alto porcentaje de elocuencia, buscarán penetrar el misterio con trilladas explicaciones analógicas.
Paradójicamente, al pretender dirigir nuestra mirada hacia Dios, nuestro diálogo y nuestras peticiones, revelan nuestra limitante realidad, motivados por nuestra propia experiencia, convirtiéndolo, a Él, en una definición, que es extensión de nuestra naturaleza humana, con nuestros atributos y debilidades. Así Dios se arrepiente de sus obras y además es iracundo, vengativo, como nosotros lo hacemos.
Solo la revelación, que Él mismo nos da, puede permitirnos penetrar en una dimensión, la cual nosotros no seriamos capaces de descubrir y aun así no nos es fácil de asimilar.
La humildad es el único camino para alcanzar o más bien dejarse alcanzar por el misterio de la divinidad.