Vi al fuego crecer entre las sábanas
y no pude apagarlo,
poco a poco se fue consumiendo
en el aire sin oxígeno
encerrado en la recámara.
Mis manos ardían
mi piel roja buscaba
una bocanada de ternura
en los moribundos rayos de la luna
que se posó en la ventana.
Vi al fuego crecer
como si le doliera la palabra renuncia
y a la vez calcinar
el amor de tantos años.
Fue un fuego sin voz ni canto,
sin encuentro luminoso
que solo consumía la rutina
de una noche desvelada.
Yo no avivé su llama
ni le hice danza.
Esa noche dormí
abrazada a su ceniza.