Junto al mar
La larga línea se extiende en difusa e irregular manera, dos mundos se unen y se separan a partir de ella, albergando en su interior intensa variedad de diferente vida, pero complementaria entre sí.
La visión de éxtasis y nostalgia penetra desde un ambiente de temperatura abrasadora, pero mitigado con un fresco saludo de la brisa marina.
En lentitud aparente, los distantes viajeros en el líquido horizonte, hacen parecer estático a un mundo donde se esconde, en su interior, una intensa actividad, que escapa a nuestra mirada. Arrullo monótono de inquietas olas en vaivén continuo, signo de la fugacidad del tiempo o la contemplación de lo eterno, donde el devenir transcurre sin transcurrir.
En otro lado de la incierta línea, la vida se abre en la continua vuelta al Creador, los hombres en sus llamadas razas, se aglomeran, cual cardumen, en terrestre movimiento.
Dentro del desierto líquido, de apariencia estéril, la vida bulle en gamas de variadas formas, con caleidoscópica intensidad; “El Espíritu de Dios se cierne sobre las aguas”.
Indefinida frontera, umbral de la eternidad, hombres que conviven en eterno pasado, en un dinámico presente, cambiante movilidad, en apertura perenne hacia los demás, en musical concierto de las olas, fijando la mirada las maravillas de lo creado, para centrarla en obra máxima de la creación.
Un agreste ambiente, por su cercanía a lo natural, exhibe la libre rebeldía de lo auténtico, sin sobreponer los remedos ficticios de la pretensión, amplio escenario donde el espíritu aprende al solo contemplar la obra plasmada por el Creador.
Vencida la resistencia de los sutiles hilos que la retienen en regresión, el ser humano se ve impelido a despojarse del atávico ropaje, viene la sensación de torpeza para caminar al natural, trastocando lo bueno con lo malo y lo malo con lo bueno, pues no se conoce el lenguaje de Dios.
Las inquietas olas continúan su jugueteo y el rugido lejano del viento llega hasta la candente arena, refrescada por el acariciante baño de salobres aguas, dejando el singular moteado de nácar con los fragmentos de las conchas de mar.
Suelto el espíritu camina por el camino del mar, cual ribera de Genesaret, en el encuentro con Jesús, la mirada en los hombres, los ve, como los vio Jesús y no superfluas apariencias, que no marcan sustancial distinción y que solo pueden responder a las preguntas de lo superfluo; ¿Qué dice la gente?, la pregunta queda en el aire, sensiblemente viene otra más penetrante y personal; ¿Qué dices tú de mí?
¡Gracias Señor, porque aquí junto a tu mar yo te puedo ver, yo te puedo conocer, yo te puedo tener!