La frágil línea entre el bien y el mal
Surgido del supremo bien que es Dios, el hombre busca el bien como algo natural, en su búsqueda para encontrar la felicidad.
En un ya largo recorrido como ser pensante, cualidad que lo distingue entre todos los demás seres de la creación, haciéndolo tender hacia el bien, el hombre se encuentra continuamente nublado en su visión acerca de lo más conveniente para el logro de este fin y así caminar con pasos inciertos, muchas veces entre la confusión y el caos.
Objetivamente el bien es lo más conveniente para el hombre y a simple vista parece algo simple de reconocer y ubicar su distinción, pero al tener en cuenta la subjetividad, esta cuestión ya no es tan sencilla, dada la diferenciación de criterios, generados por la acumulación de personales experiencias a través del transcurrir del tiempo.
Sembrada la semilla del bien en el mundo, narra la parábola evangélica, empezó a crecer con ella la cizaña, mezclándose ambas, de una manera difícil de separar, por lo que es aconsejable dejarlos crecer juntos hasta la madurez, entonces se separaran, para darle a cada uno su destino final.
Esta sencilla analogía nos muestra la compleja tragedia de la existencia y convivencia con el mal en este mundo, pues el mal no es algo lejano y fácil, a simple vista, de diferenciar, pues muchas veces está dentro de nosotros y no es fácil de evitar; “Hago el mal que no quiero y evito el bien que sí quiero”, así lo expresa el apóstol San Pablo.
Distinguir ambas realidades, como si fueran tonos blancos y negros, es un idealismo romántico, alejado de la realidad, pues cada uno tiene una manera de concebir el bien, según la escala de valoración producida por la educación y las experiencias recibidas, así lo valioso para uno, pudiera ser despreciable para el otro.
La enseñanza del Divino Maestro es una invitación a tener una mirada compasiva, pero también prudente a quienes han caído en el abismo de la maldad y muchas veces entablan una continua lucha consigo mismo a causa del mal en el que están metidos.
No hay casos puros, en este mundo, porque nadie es capaz de ser completamente malo, pero también no hay una persona tan buena que nunca pueda ser capaz de cometer un acto considerado como malo. Tanto el bien como el mal se sitúan a cada lado de una línea sobre la cual transcurre nuestra existencia.
Vigilar en cada momento los propios actos y motivaciones con las cuales nos movemos y sobre todo evitar prejuicios y condenas sobre los demás deberá de ser una actitud constante en la lucha por vencer el mal y vivir, pero sobre todo vivir en la gracia de Dios.