"Las flores de las amapas"
Era un bellísimo pequeño amor carmesí en un pueblo que apenas y se nombraba. Era un amor como un secreto a plena luz del día. Atesorado y cuidado sólo por ellos mismos. Privado. Y ambos confiaban ciegamente en ese amor que juraron, como lo hacen los trapecistas en la red de seguridad que se extiende entre ellos y el abismo bajo sus pies. Era un amor joven y resuelto, que se fugaba por las noches hacia las espigas de los trigos; tras barandas y cercos. Comprendían mejor que muchos la naturaleza de sí mismos y lo que les unía.
Es lo que él está rememorando, mientras que la duda corre por sus dedos frente a la puerta de la casa de la mujer que adoró. Y el amor sigue ahí. Sí, algo tienen, ese lugar y esa época de ellos, es que son eternos. Por alguna razón no está el pulso eléctrico que vigoriza su mano para llamar a las puertas, aunque su corazón retumbe de deseos por hacerlo. Giró su cabeza calle arriba y miró las flores de las amapas ser arrastradas por el aire hacia él, hacia abajo. Algunos pétalos, secos, rasgaban el apacible silencio hasta perderse o atascarse en las esquinas.
De nuevo era la temporada de las rosadas hojas de los árboles de amapa. Diez años después. Un verano distinto. La puerta se abrió, de repente, para traer la inevitable invitación a entrar. Su voz había cambiado, pero seguía siendo dulce.
Ahora, como un hilo de estambre, no tanto la seda que él recordaba. Ella sostenía una sonrisa. Él entro. Ambos se sentaron.
"Diez años", dijo ella, planchando la falda de su vestido con la mano.
"¿No tienes sed?"
Él guardó silencio, mirándolo todo con una tranquilidad que no esperaba de sí.
"Traeré agua", dijo ella y se levantó.
"¿Qué pasó en esa carreta?", preguntó él, al fin.
Los pasos no se detuvieron por el pasillo. En la cocina se escuchaba agua en la lumbre y luego el choque de cristal contra cristal.
Él se quedó helado, sin saberse ignorado o, siquiera, comprendido. Alguien tomó su voz, la arrugó como papel y la tiró a un cesto de basura.
"Todo lo que se dice es verdad", dijo ella con los vasos en la mano, por la ventana del fregadero.
"Todo lo que digas es verdad".
Él se acercó por el pasillo a la cocina. Apresaba con su mano derecha el reloj en la muñeca opuesta, con los hombros caídos hacia el frente. La miró de espaldas frente a la ventana del fregadero con el mentón pegado al cuello de su blusa.
"Yo no tuve la culpa", dijo ella.
"No hay forma de saberlo", arremetió él.
Jamás se habrían imaginado, aquel día, con los pies descalzos, llenos de lodo y tomados de la mano que la entrada de esa caravana de circo en una fiesta graciosa y colorida del otro lado, del último corral del pueblo, les tomaría 10 años de su vida.
Jamás pensaron esos jóvenes valientes y plenos, el uno a gracia del otro, que desde el primer momento en que cruzaron la lona de esa carpa en una noche de mayo enfrentarían la única verdad que llevarían, imborrable, en el pensamiento, hasta su muerte.
"Si se me permitiese presentarme, para su fortuna, mi nombre es Darío Fortuna, mago, ilusionista, descubridor y adivinador y a cualquiera de este público puedo ponerle a prueba su imaginación", decía el actor.
"Escucho ruido, silencio por favor. En este momento trato de concentrarme en algo muy específico. Algo que ronda la mente de mi estimado caballero, Antonio Dávalos. ¡Antonio! ¿Te encuentras por aquí? Aquí está. Díganme, humildes damas y caballeros de este pueblo pintoresco, ¿conocen ustedes al señor?"
Darío Fortuna hizo una radiografía de muchos de los asistentes, trucos de cartas, dos hipnosis y una levitación, envuelto todo en un oropel de historias magníficas: un mentalista turco que guardaba el secreto de los sueños, una tribu entera en el Himalaya que, decía, le había entregado el secreto del dominio de su propio peso.
Cuando el mago hubo recogido su magia, para salir de la carpa en una nube de humo, por fin ella pudo dar descanso a la mano de la que se comía las uñas. El siguiente acto fueron payasos y leones. Afuera la euforia de la gente podía respirarse en el aire junto al olor de las palomitas de maíz, la melaza y, por debajo, el sutil hedor del estiércol al que todos se habían acostumbrado.
Un foxtrot gitano se oía en los megáfonos de los postes.
Un par de manos se separó entre las atracciones y, para cuando la mano de él hubo ganado, por gracia de un rifle de copitas, un buen regalo para la mano de ella, se dedicó a buscarla entre la gente. Y lejos de la gente la encontró sostenida gentilmente entre los dedos del hombre alto con mostacho cincelado por dos finísimos golpes sobre los labios que recién había sido visto con un sombrero de pipa enfundado sobre la cabeza.
Fue llevada dentro de la carreta con el nombre de Fortuna pintado sobre una lona. Para cuando aquella otra mano salió apoyándose en el marco de la puerta para bajar de las escaleras, se vio destinada a jamás ser tocada por la compañera que se había distraído sujetando un rifle, la que le abrazaba a diario, la que le abría el paso y le llevaba. La mano que se habría dedicado a espulgarle las lágrimas, siempre.
Y ya no más. Porque esa mano estuvo ocupada desde ese instante. Ya no fulminando patos de latón sino cortando aprisa el aire, llevando toallas hervidas, moliendo pastillas con tazas, cubriendo con sábanas hasta los hombros. Tomaba el pulso, espantando las moscas, cavando tumbas, cubriendo con sábanas hasta las frentes, ahogando gritos, alejando la tuberculosis.
"¿Qué dijiste?", preguntó él a ella.
Podías acercarte cuanto quisieras, pero lo debías hacer calladito, quietito, hasta que quitaran la cortina y entonces lo veías líquido, eterno y azul. Nadie lo recuerda así, pero no sé por qué lo recuerdo así, azul, justo como esto. Como se ve el mundo, pero azul, sin inscripciones en el marco ni niebla en su superficie. Algunas motitas negras que te permitían aferrarte a rememorar que el mundo no es así, que el mundo estaba de este lado y que no era, como en ese espejo, azul. Y entonces le entraban a uno los nervios, porque se te había advertido guardar silencio hasta que se te ordenara.
Y sin más.
"Llámale".
"Espejo", decía uno.
"Ya, ahora dile una verdad".
Y la decías, se sentía que algo en ese mundo azul se ocultaba para cambiarse. Una maquinaria. Un silencio que nada aseguraba que todo siguiera igual. Un amigo que guarda un secreto que crees poder adivinar.
"¿Se va a quedar ahí escuchando lo que diga?"
"No hay nada que yo pueda hacer una vez que hayas dicho lo que le quieras decir", protestaba siempre para estar ahí, por curiosidad.
"Siempre".
La cortina volvía a su sitio. Te levantabas, contento, sin saber por qué. Y el hombre que aguardaba a unos pasos de la silla en que te sentaste presumía en sus labios una sonrisa enmarcada por dos finísimos trazos y el pelo recogido sin haber terminado de salir de personaje.
"Así termina", le decía a uno.
Eso dijo el propio mago cuando la mano de él volvió a tomar el rifle para ponérselo enfrente, a ocho años y 540 kilómetros de distancia de aquella noche en que el circo llegó entre las flores rosadas. Darío Fortuna invitaba a ver el espejo a una sola persona por función y jamás regresaba a un pueblo visitado antes. Había terminado roto. Él mismo lo rompió. Tanteaba en la oscuridad, bota en mano, para matar un ratón. Toda la mala suerte que se podía desear por quebrar un espejo. La magia de ese espejo particular empeoraba las consecuencias. No. No toda la magia es falsa. A veces podía desviar la atención de la gente, jugar con la percepción. Todavía no puede explicarse cómo el espejo podía engañar al universo mismo. Todo cambia.
"¿Qué dijo ella?"
Ahora más viejo, Darío Fortuna, no lo recordó. Demasiados pueblos y demasiadas voces. Y vio el mago, a través de lo que sus ojos amoratados le permitían, cómo él caía sobre sus rodillas, con el rifle en el suelo, para espulgarse las lágrimas de los ojos entre las ruedas de las carretas de otro circo. El 49 fue un mal año. Los dos años siguientes fueron peores. Los cuerpos se apilaron y tuvieron que ser enterrados allá en los campos, lejos del pozo.
"Se suponía que debían decir una verdad", fue lo único que soltó el mago antes de ser dejado a su suerte.
"Ella debió decir una verdad, so pena de maldición. Lo sabían".
"Fuiste la única de aquí", insiste él a ella, ahora.
"Una verdad para ser puesta en la memoria de todos al despertar. Algo que nadie jamás recordaría haber escuchado y, sin embargo, sabrían".
"¿Y la tisis?", arroja él.
"¿Me culpas de traer la muerte al pueblo? ¿A mi familia? No fue mi culpa".
"So pena de maldición".
El fuego en la estufa calentaba la cazuela ya sin agua. El reloj no se detenía, impertinente. Y ella desea jamás haber perdido el tacto de aquella mano callosa. De pronto recuerda que se sueña ciega siempre en un bosque lúgubre y frío, sin luna, senda ni camino. Tropieza con las hojas y las raíces de los árboles. Y sabe que el bosque está vivo porque puede escucharlo, crujir, ulular y aullar. Sabe que hay una salida, aunque no haya ruta alguna. Lo sabe, tendida en su apacible cama de soltera, que necesita de la mano que luchaba contra la plaga y la frustración. Porque es la única ruta que importa.
"Dímela ahora a mí. Dime que no me hiciste...", un chillido sale de su garganta interrumpiéndolo para quebrantar su voz.
"Que no enterré a nuestros amigos por lo que dijiste a ese espejo. A todos los que enterré".
"Dije la verdad".
"No, dímela", ambos pares de ojos se humedecieron. Mudos, miraban el suelo.
Ella giró su rostro para ver las fotos junto al televisor. Esa mañana, como todas, había tenido esos marcos entre sus manos y los había limpiado y sacudido. Se aclaró la voz, suspiró y lo miró.
"Siempre", le dijo a él.