Cuando llegamos a experimentar por primera vez la muerte de un ser querido, por lo general nos preguntamos si ese dolor tan fuerte es normal. Todos anteriormente hemos visto manifestaciones externas de dolor, pero cuando la experiencia es personal, y vivimos el dolor en carne propia, podemos llegar a dudar de si son normales.
Las reacciones ante las pérdidas dependen de numerosos factores, culturales, también depende de quien muera y como era mi relación con esa persona, en que circunstancias murió, que tipo de enfermedad, si fue accidente, o causa natural, acto violento, o por suicidio, aunque en todos los casos “el dolor, duele”.
Si la muerte se ha producido inesperadamente, las reacciones iniciales tienen más que ver con el shock, la rabia, el aturdimiento, la negación. La incredulidad, “no es posible”. También se pueden presentar reacciones físicas como, por ejemplo: sollozo, dificultad para respirar, rigidez física, falta de apetito, temblores, desvanecimientos, dolor de cabeza, insomnio, dolor de pecho, debilidad generalizada, falta de deseo sexual, inquietud, problemas gástricos, mareos, entre otros. Este “duelo del cuerpo” debe de ser tomado en cuenta y atendido, para que no se genere en una enfermedad física o mental.
En el ámbito emocional, la variedad de sentimientos es muy grande: rabia, tristeza, ansiedad, desinterés, irritación, vacío, culpa, shock, aturdimiento, incredulidad, rechazo, agresión, entre otras, y todas son reacciones normales, mientras que no se dañe a terceros.
No es nada fácil aceptar inmediatamente, una pérdida significativa de esas que en verdad duelen, por eso nos rebelamos y de alguna manera, y se nos disparan ciertas expresiones como “no es justo”, “precisamente ahora que....”, “porque a él y no a todos esos....”, “si lo hubiéramos internado en otro hospital....”, “si lo hubiera oído cuando callo”, “ si yo hubiera estado en casa”, “porque a mí?”, “¿Por qué ahora?”.
Es muy frecuente el sentimiento de culpa, no solo por cómo fue vivida la relación o como se vivió la última etapa, son experiencias que pueden ser especialmente significativas, y se corre el riesgo de quedarse grabado intensamente en el recuerdo del superviviente. El sentimiento de culpa en muchos casos puede permanecer más tiempo, hasta experimentarse culpa incluso por estar superando el duelo.
A veces la culpa es vivida cruelmente porque la muerte ha arrebatado la posibilidad de pedir perdón o de perdonar. Y no queda más que perdonarse o perdonar, hacer la paz dentro de sí mismo. Se puede hacer un ejercicio del perdón en varias formas: por escrito, oralmente, con un dibujo que exprese aquello que se quiso decir, imaginarse a la persona y/o verbalizarlo.
La tristeza es el sentimiento más comprensible cuando sucede una pérdida de un ser querido, su manifestación en el llanto es la expresión social más aceptada y comprendida. La tristeza está asociada directamente a una experiencia de vacío y de soledad, aunque se esté rodeado de un buen grupo de apoyo social. Es una soledad muy íntima, muy personal, experimentada muy internamente.