Miguel Sandoval Fernández
A la mayoría de los estudiantes de medicina y muchos médicos jóvenes les es difícil comprender que la farmacología con sus conocimientos de farmacocinética y farmacodinamia que manejan hoy en el tratamiento de sus enfermos. Lo que les voy a narrar les va a parecer increíble o inconcebible, lo que utilizaba en el Siglo 20 (en los primeros años) la mayoría de los pobladores de México.
Lo que se escribe a continuación fue tomado de pláticas de pobladores que vivieron en esa etapa y que viven afortunadamente hoy, y que están vivos debido a que en ellos actuó la selección natural pura y fue gente a la que la suerte les ayudó.
Además se comentó con médicos que se han dedicado a la historia de la herbolaria, como es el doctor Rubén Castro García, uno de los que saben de la tecnología de punta de este tiempo y actual.
La enumeración será breve y sin ningún comentario agregado. Solamente al final se agregará algo que la población en general ha notado, pero que no ha particularizado lo que se va a venir en el Siglo 21, en la evolución de la medicina.
A continuación enumero los medicamentos y enseguida el padecimiento que cura:
Hojas de retama machacada: cura el empacho.
Té de cáscara de guamúchil: cura la diarrea.
Té de hojas de guayabo: cura la cruda.
Coacha de vaca prieta: la calvicie.
Emplaste de lodo de barrial: para quitar lo panzón.
Gotas de leche de berraco: para las verrugas.
Polvo de cáscara de copalquín (tostadas): para cicatrizar heridas.
Ayale curado con mezcal: para la temblorina.
Gotas de limón con miel de colmena: para la tos.
Té de guaco con panocha: para la picadura de alacrán.
Hierba sin raíz: para la picadura de alacrán.
Oler piedra machacada: para la picadura de bitache.
Sobar la mollera: deshidratación infantil.
Levantar la mollera: cuando se cae la mollera.
Pulsera de listón rojo: para los niños pujones.
Calzón rojo en mujeres embarazadas: para que no se coma el eclipse al niño y salga tencuache.
Cabalgar en burro aparejado: para quitar lo estreñido. Etcétera.
Por último existe la impresión en la población de que lo comenta en forma dispersa y de distintos estratos sociales se preguntan si nuestra cultura universitaria habrá quedado impregnada de ese verbalismo inclemente y retórico, con el que fabricamos una realidad virtual hecha meramente de palabras, de diplomas acumulados en las paredes de las oficinas y no en las neuronas del exponente.
Es posible, y eso se trasluce en el prestigio social y que entre nuestros pueblos, probablemente y hasta hace muy poco alcanzaban "los picos de oro" y los charlatanes de cátedra que encandilaban al auditorio mucho más por la facilidad de palabra que por la importancia de las ideas.
Rasgo que provocó la frase de Eugene D'Ors: (ya que no podemos ser profundos, seamos por lo menos oscuros).