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Columna

Luis Flores y Pedro Zúñiga, beatos

EVANGELIZACIÓN, EDUCACIÓN Y CULTURA
30/06/2026 14:15

    Flamenco de nacimiento, Luis Flores vio por primera vez la luz de este mundo en 1570 en Amberes Bélgica, su apellido original era Frayrian y siendo aún un niño su familia se trasladó a España. Se desconoce el nombre de sus padres.

    Ya en la Nueva España, ingresó a la orden de los dominicos, en el convento de san Jacinto y en 1592 fue ordenado presbítero. En 1598, con la intención de partir hacia Filipinas como misionero, tuvo que cambiar su apellido de Frayrian al castellanizado de Flores. En Filipinas realizó su misión evangelizadora por más de 20 años

    En 1604 su espíritu misionero lo impulsó a dirigirse a Japón para continuar con su objetivo de expansión de la fe cristiana en ese lugar.

    Pedro Zúñiga, nació en 1585, originario de la ciudad de Sevilla, España, de ahí, su padre, Álvaro Manrique de Zúñiga y Sotomayor emigraría, al ser nombrado el VII virrey de la Nueva España, por ello, el entonces niño Pedro, se quedó a vivir en su país de origen con la hermana de su padre, su tía Leonor.

    Ingresó en la orden de los agustinos el 2 de octubre de 1604 y recibió el presbiterado.

    Cuando el vicario provincial de las misiones de Filipinas y el Japón, Diego de Guevara, solicitó misioneros para esas tierras, Pedro Zúñiga se apuntó como candidato aun contando con la oposición de varios personajes, al tener en cuenta su linaje y el peligro de persecución a la Iglesia católica que existía en Japón. Finalmente, se le concedió dirigirse a Filipinas y participar en la misión de Japón.

    En Filipinas a donde llegó por un tiempo el 6 de junio de 1610, realizó la misión evangelizadora de su ministerio presbiteral, del 1614 a 1617, en un poblado llamado Pórac y fue superior en el convento de Sesmoan, pero conociendo los progresos de la evangelización en Japón, también tuvo noticias de los obstáculos y hasta el martirio de los evangelizadores de esas tierras, aun así, tuvo el deseo de partir a esa tierra a pesar del peligro existente

    En 1618 se embarcó rumbo a las tierras japonesas, llegando a Nagasaki el 12 de julio, ahí llevo su misión pastoral, ocultando su estado de religiosos por la persecución desatada en esas tierras.

    Finalmente, fueron descubiertos y en diciembre de ese año el gobernador de ese lugar, llamado Gonrocu, ordenó la persecución, pero con un gesto humanitario le avisó a Pedro para que abandonara la isla y así regreso a Manila, a donde llegó en 1619.

    En 1620, ante las suplicas de los cristianos de que volviera a Japón, porque extrañaban sus cuidados pastorales, el provincial decidió permitirle que regresara, a pesar de los peligros existentes, ocultando su identidad por la de mercaderes, esta vez iba acompañado por Luis Flores.

    Una tormenta los desvió hacia Formosa, de donde continuarían su viaje, pero fueron interceptados por unos piratas ingleses, entregándolos estos a unos holandeses, quienes al descubrir su identidad de religiosos los entregaron a los japoneses.

    Fueron llevados como prisioneros a la isla de Ykinoxima y de ahí a Nagasaki, donde el gobernador decretó su sentencia de muerte, siendo quemados vivos el 19 de agosto de 1622.

    Luis Flores y Pedro Zúñiga, dos mártires que, sin ser nacidos en nuestra patria, ofrecieron su vida como un testimonio de fe, convirtiéndose en semilla de una nación destinada a convertirse en un testimonio viviente de fe.