A la chica ucraniana le rebota la depresión intensa en el espejo de sus ojos.
No pudo conseguir un vuelo que la devolviera a su patria después de nueve meses de navegación y haber concluido su contrato laboral en un crucero por el océano Pacífico.
Muy desesperada entreabre la puerta del más allá, la muerte la ve por la rendija y le sonríe ofreciéndole dulces como si fuera niña.
Un chorro de angustia le sacude su cuerpo, su mente fija en la intención la desconecta por las descargas eléctricas que recibe.
El mar mece al navío como niño recién nacido en su cuna.
Ella sube al quinto piso, trepa por la baranda para escalar al quinto sol y salta al vacío.
El agua la devora como fiera hambrienta.
Una estela de flores de cempasúchil quedó atrás.
En el aeropuerto de Boryspil en Kiev, su hijo de 13 años con un ramo de flores la está esperando.