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"¿Qué tenemos en común?"

"¿Qué tenemos en común?"
14/11/2015 08:23

    Jesús era llamado Maestro porque sus preguntas, sus respuestas y sus acciones causaban admiración, pero sobre todo porque con su presencia y actitud cautivaba a quien tenía la oportunidad de tratarlo.
    La sabiduría de sus palabras quizá sólo fue apreciada entonces por unos pocos; sin embargo, muchos descubrieron y muchos más seguimos encontrando en ellas una gran bondad, un mensaje de ayuda, de paz y esperanza.
    A través de sus parábolas, hizo llegar la idea de justicia, de lealtad, de generosidad, de perdón y de amor a todos los que quisieron escucharle. Su propósito era entregar al mundo el mensaje de Amor del Padre, y lo hizo con toda su vida.
    "El hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino a servir y a dar la vida en rescate por los demás". Mateo (20,28).
    Servir es la forma más concreta de expresar el amor al prójimo y a Dios. En estos días, el Papa Francisco decía que ayudar a los pobres y a los enfermos atendiéndoles en sus necesidades de curación, de aseo, de cuidado, es tocar la carne de Cristo.
    Una persona que necesita ser auxiliada en este sentido puede ser un niño, un anciano, un joven o alguien muy querido para quien le atiende, pero también puede ser una persona no grata (un delincuente, alguien que ha hecho mucho daño, pero que en ese momento, por sus circunstancias depende de la ayuda y la compasión que su dolor pueda merecer a quien lo ve).
    Cuando Cristo curó a los leprosos no les preguntó antes cómo había sido su vida, ni qué pecados habían cometido, sin duda lo sabía y los perdonó y los curó. Los evangelios no narran ninguna escena en la que Cristo le haya negado su ayuda a alguien porque fuera un pecador.
    ¿Qué tenemos en común con Cristo los maestros y los padres de familia?
    Ellos, los maestros de hoy –como los de épocas pasadas- tienen la oportunidad de sembrar en el corazón y en la mente de los niños, y los pensamientos y la visión del mundo que les transmitan podrá ser el sustento para construir una vida buena, generosa y feliz de querer y poder hacer el bien.
    Todos los padres somos maestros para los hijos. La convivencia con ellos es un tiempo para ayudarles a descubrir y a sacar todo lo bueno que Dios ha puesto en el alma de cada uno. Del amor que les expresamos, del sentido como vemos y vivimos la vida, del trato respetuoso que los hijos ven que nos merece cualquier persona… De todo eso depende la calidad humana con que los hijos se van formando.
    Las palabras de Jesús son portadoras de una respuesta para cualquier circunstancia: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn. 23,34).