Ayer murió Ray Bradbury, en pleno momento del tránsito de Venus ante el Sol, quizá como una manera de rubricar su partida con un notorio suceso estelar.
Antes de que los vehículos descendiesen a Marte en los años 70, los escritores ya habían estado ahí. Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 22 de agosto de 1920 - Los Ángeles, 5 de junio de 2012) con sus Crónicas Marcianas abrió el camino a los científicos y a los humanistas.
No podemos negar el impulso de la ciencia ficción al avance de la ciencia moderna. Cuando el Mars Pathfinder recorrió en 1996 el pedregoso valle de Ares, estaba llegando al sitio donde la previa imaginación de un artista situó la batalla final entre Flash Gordon y el desalmado Ming.
Los jóvenes que vigilaron esta operación desde la Tierra decidieron darle a la misión el nombre de un científico que, a su vez, era excelente escritor, Carl Sagan, quien en su obra Cosmos, reconoció que por su amor a la astronomía surgió de una saga que acontecía en Marte y que tenía el extraño nombre de Barsoon.
Esta mente inquieta vivió 91 años y no sólo vio al hombre pisar la Luna, sino que alcanzó a conocer los avances recientes, donde gracias a las mediciones del telescopio Hubble y las ecuaciones del origen del Big Bang, los astrónomos no sólo han encontrado ya el fin y el principio del universo, sino que también, entre la materia oscura y las nubes de gases estelares, afirman haber adivinado la huella digital de Dios.
Ray Bradbury tuvo la mala suerte de publicar dos obras maestras entre los 30 y los 33 años. Así que luego de la aparición de Crónicas marcianas -1950- y Farenheit 451 -1953-, aun cuando era un reconocido máster de la ciencia ficción, su obra posterior quedó prácticamente enterrada por un tiempo en la clasificación de los géneros y poco a poco cayó en el olvido.
Hay gente que desconfía de los escritores de ciencia ficción; pero Ray Bradbury, el autor de Crónicas Marcianas, es un escritor completo cuya obra alcanza grandes registros humanos y poéticos, más allá de la fabulación científica
Encontrar hoy a una persona que vea a un escritor como algo más allá de una criatura de feria, puede ser algo tan especial como encontrar agua en Marte.
Bradbury se definió a sí mismo con una frase que me encanta: "soy esa rareza de feria: el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo".
Cada escritor es un mundo aparte, una fuerza en movimiento que a veces no lleva rumbo, que se guía por relámpagos y actúa impulsado por la obra de arte o la perfecta recreación de su memoria en lo que antes fuera una página en blanco.
Hoy para no pocos de nuestros congéneres, estar tres horas sin internet equivale a trasladarse a una isla desierta o ser teletransportados a las llanuras del planeta Marte.
Sigo con el cronista marciano: su novela Fahrenheit 451 es un clásico en donde vemos un mundo donde la lectura está prohibida y, en un bosque secreto, viven ocultas las personas que aman a los libros.
Para salvarlos, cada quien ha memorizado un volumen de manera total y se lo pasan de generación en generación para evitar su olvido.
Así que cada persona era un libro vivo. Por ahí andaba La Ilíada. Allá caminaba Romeo y Julieta.
Ese niño sentado allá era El principito. Aquel anciano era El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
En mi época de reportero, al entrevistar a escritores, no les preguntaba cual eran los 10 libros que se llevarían a una isla desierta. Primero les preguntaba si conocían la novela de Bradbury y, si era así, mi pregunta se vestía de sencillez cómplice: Y usted, ¿cuál libro sería?
No voy a decir la nómina de respuestas, aunque un día don Jacobo Zabludovsky me dijo que él sería El Quijote, no por afán de nombrar un gran título, me aclaró, sino porque ese era un libro que comentaba mucho su padre y él ha releído a lo largo de su vida.
Bradbury tuvo suerte con el cine. Farenheit 451 fue dirigida por nada más y nada menos que por el cineasta francés Francois Truffaut. Y las crónicas en los años 70 fueron adaptadas en una excelente miniserie donde Rock Hudson era el comandante de la expedición.
Hoy, como decía Shakespeare, este escritor navega con las estrellas.
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