El silencio tiene orillas, muy parecidas a las comisuras de tu boca siempre cerrada,
a los hilvanes de sábanas descoloridas
sobre una cama tendida en invierno.
Es sonido constante,
de olas arrastrándose en la arena
de la lengua de tu mar desvanecido,
que no alcanzó a besar un grano de mi arena.
Mensajes que no necesitan explicación,
años que cayeron inyectando
clavos a rajatabla sobre la rutina.
Silencio que no calla,
que explota en sus linderos,
que muerde,
que entorpece,
que destroza como huracán
el hábitat del corazón.